San Caprasio: un eremitorio en el desierto de Monegros

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Interior de la cueva refectorio (Eremitorio de San Caprasio)

licencia-cc Lydia Morales Ripalda

La comarca aragonesa de Los Monegros, famosa por la cruda aridez de su paisaje semidesértico, es un territorio de 246.000 hectáreas que se halla a caballo entre las provincias de Zaragoza y de Huesca. De sureste a noroeste la cruza un cordal montañoso –la Sierra de Alcubierre– que ejerce de linde natural entre ambas provincias y es la muela más alta de cuantas bordean la depresión geográfica ocupada por Zaragoza. Se trata de una sierra seca, agreste, de poca vegetación y mínima humedad. Su relieve está compuesto por materiales del Mioceno (yesos, calcitas y areniscas) que presentan una forma escalonada: un primer escalón que llega hasta los 500-600 metros de altitud, un segundo está en torno a los 700 metros y el último a 800. Las alturas máximas de la sierra son San Caprasio (838 m), coronada por una edificación donde la tradición cuenta que vivió el santo homónimo, y el Monte Oscuro (822 m).

El clima extraordinariamente duro constituye uno de los rasgos definitorios de este territorio. Las temperaturas extremas (gélidas en invierno, abrasadoras en verano), los vientos violentos, las nieblas y la escasez de lluvias convierten a esta comarca en la más árida de España junto con algunas zonas de Almería y del centro de la Meseta Norte. Los suelos desnudos, descarnados y con frecuentes eflorescencias salinas de los llanos dejan paso a una vegetación algo más variada en la Sierra de Alcubierre. Pinos carrascos con enormes muérdagos colgando de sus ramas, encinas y sabinas son acompañados por arbustos como la coscoja, el romero, el tomillo y el escambrón, además de por un catálogo de plantas vasculares entre las que se encuentran bastantes de uso medicinal. En la sierra la oscilación termométrica es feroz, pudiendo registrarse temperaturas de hasta -15ºC en los días más crudos del invierno y hasta 45ºC en los más tórridos del verano. La fauna del lugar incluye jabalíes y zorros (antaño hubo lobos, hoy desaparecidos) y aves como águilas de diversas familias (real, culebrera o calzada), cernícalos, palomas silvestres, abejarucos, collalbas, alondras, calandrias o cogujadas.

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Vista de la Sierra de Alcubierre, una muralla montañosa rodeada por el desierto monegrino

En este territorio inclemente se encuentra un lugar realmente singular: un eremitorio de verdad, aún en uso. «¿Hace falta una cueva?», se planteaban en Cave in the Snow, el libro que relata la peripecia vital de Tenzin Palmo, una reputada maestra mahayana de origen británico que se ordenó monja budista en 1964. Tenzin Palmo pasó doce años como ermitaña en una cueva del Himalaya y se le preguntaba si era necesaria la experiencia del eremitorio para profundizar en una vía espiritual o cultivar la vida interior. «La ventaja de irte a una cueva es que te ofrece tiempo y espacio para concentrarte totalmente», señalaba la religiosa. «Las prácticas contemplativas son complicadas y contienen visualizaciones detalladas. Las prácticas yóguicas internas y los mantras también requieren tiempo y aislamiento y eso no se puede conseguir en medio de una ciudad. Retirarse da la oportunidad de que la comida se cueza. El eremitorio es como una olla a presión: todo se cuece mucho antes. Por eso se suele recomendar. Puede resultar de ayuda, incluso, realizar un retiro durante periodos cortos. A muchas personas les sería de gran ayuda disponer de un tiempo de silencio y soledad para realizar una instrospección y descubrir quiénes son de verdad, cuando no están ocupados desempeñando papeles sociales o familiares. Es muy saludable tener la oportunidad de estar solo con uno mismo y ver quién se es en realidad tras todas esas máscaras». De la misma opinión era David Alvear Morón, autor de un interesante estudio sobre el movimiento de los Padres del Desierto, los fundadores del eremitismo cristiano. «Para superar las pasiones y tomar conciencia de los mecanismos psicológicos automatizados, una opción sumamente útil podía ser la de retirarse a una celda en el desierto. Al sumergirse en semejante quietud, los pensamientos, emociones y patrones corporales que acompañan a dichos mecanismos automatizados emergen con fuerza, pudiéndose observar sin los autoengaños ni los estímulos distractores de los que se encuentran plagadas las zonas habitadas». Montaña y desierto han sido desde siempre los espacios preferentes de la aventura eremítica, esos lugares de soledad inhóspita donde el contemplativo, como decía san Juan de la Cruz, puede «no sufrir compañía», salvo quizá la de algún otro compañero de camino. Para una sociedad que «no comprende o desprecia el valor del retiro, del silencio y del sacrificio ascético», que ha perdido «el sentido de lo sagrado, de lo sublime y ha dado la espalda al espíritu» –como se lee en el prólogo de Psicología del Desierto, la montaña y el desierto de los eremitas son exotismos temporal y geográficamente lejanos. Cosas de tierras remotas; o cosas de tiempos pasados.

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San Caprasio (Sierra de Alcubierre), mirando al desierto de Monegros, con las cuevas primitivas al fondo.

Y sin embargo, San Caprasio –a la vez montaña y desierto– es un lugar apartado, pero no remoto: está a apenas 50 kilómetros de Zaragoza, la quinta ciudad más grande de España. Tampoco es un lugar del pasado: es un eremitorio del siglo XX que todavía se sigue usando como tal y cuya razón de ser fue servir de «olla a presión» para la interiorización, el autoconocimiento y la experiencia de lo numinoso arriba descritas. Su historia como espacio contemplativo empezó en 1956 cuando los Hermanos de Jesús, la orden fundada por el vizconde Charles de Foucault, tuvo que huir de Argelia ante la persecución del fundamentalismo islámico, que se había sustanciado ya con el asesinato de varios monjes. El viaje de regreso a Francia fue por mar desde Argelia hasta España y, una vez en nuestro país, por carretera. Al cruzar las tierras de Monegros el prior y otro monje se percataron de cuánto se parecía el desierto aragonés a aquel que acababan de abandonar. Así que solicitaron los permisos eclesiásticos pertinentes y recorrieron la comarca con un sacerdote de la zona en busca de una nueva sede para el noviciado internacional de su orden. Hallaron el lugar que buscaban en la localidad de Farlete, en cuyos aledaños, junto a la pista que sube a la Sierra de Alcubierre, se encontraba Nuestra Señora de la Sabina, un santuario del siglo XVIII. La construcción, de tamaño bastante grande, era perfecta para acoger la nueva casa de los novicios de la orden. Y había un atractivo añadido. Nueve kilómetros de camino por un terreno seco y duro al principio, boscoso después, llevaban desde el santuario de Nuestra Señora de la Sabina al pico de San Caprasio, donde moró un legendario eremita que adoptó ese nombre porque era pastor de cabras. Arrancando desde allí se bajaba por un sendero colgado sobre el precipicio hasta un conjunto de grutas, abiertas en la cara de la sierra que miraba al desierto, desde las que se divisaba un paisaje tan desnudo como imponente para una mirada contemplativa.

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Iglesia del Eremitorio de San Caprasio. Cueva de la Salud.

Las cuevas habían sido durante siglos refugio de pastores y guarida de bandidos, pero los monjes quedaron sorprendidos por la fuerza telúrica de aquellos espacios. No podía haber mejor lugar para que los novicios hicieran la experiencia del desierto, central en el carisma de la orden de los Hermanos de Jesús. Así que decidieron de inmediato convertir aquello en un eremitorio, en un espacio consagrado, con su iglesia, su refectorio y, diseminadas por los precipicios yesosos, varias celdas individuales para retirantes. La iglesia se encuentra en la cueva de la Salud, la más grande, y fue construida por los quince primeros novicios de la orden que llegaron a Farlete. La convirtieron en una larga sala, entibada por robustos troncos a la manera de las galerías de las minas, que terminaba en una cabecera de forma absidial. A los lados, unos bancos corridos de piedra dejaban desnudo todo el espacio central para sentarse o tenderse sobre el suelo enlosado a orar y meditar. El trabajo de entibado fue dirigido por un novicio asiático, llegado desde las lejanas tierras de Corea, que había sido minero en su vida profana previa.

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Cueva refectorio. Eremitorio de San Caprasio.

En la cueva vecina a la de La Salud los Hermanos de Jesús construyeron el refectorio del eremitorio. El centro del mismo está ocupado por una gran mesa octogonal rodeada por una bancada de madera usada para las comidas de los monjes. Toda la pared de la cueva, salvo un pequeño tramo con una mesa-repisa para dejar los platos que se iban a consumir, está recorrida por bancos de piedra que se usaban para dormir o descansar. La cueva tiene un espacio diáfano que hacía las veces de cocina y despensa y en donde aún se pueden ver las estanterías de madera utilizadas por los monjes para guardar los alimentos y el menaje. Al lado del refectorio hay un par de cuevas más que fueron utilizadas para almacenar enseres y cobijar las cisternas de agua de boca del complejo eremítico. El gran problema para la estancia en estos parajes es la falta absoluta de agua para consumo humano, porque no hay ni una sola fuente, ni un solo manantial, en todo el entorno de San Caprasio. Por tanto, el agua debía ser traída desde los pueblos cercanos (Farlete o Alcubierre) y almacenada en cisternas.

Las cuevas de la iglesia y del refectorio están hoy abiertas, son fáciles de encontrar siguiendo las pistas que llevan hasta la cima de San Caprasio y se pueden visitar libremente. Las cuevas individuales de los retirantes, sin embargo, están más apartadas y cerradas al público. Hace años ya que los Hermanos de Jesús dejaron el Santuario de Nuestra Señora de la Sabina, cuando la orden decidió que los novicios hicieran su periodo de aprendizaje en sus países de origen y no en un noviciado internacional centralizado. En Farlete sólo quedan hoy tres miembros de la orden, dos monjes en ejercicio y uno secularizado y casado con una mujer de la zona. Son ellos los que se ocupan –más o menos– del mantenimiento del eremitorio y quienes custodian las llaves de las celdas de retirantes. A ellos hay que dirigirse si se desea pasar unos días de retiro en alguna de esas cuevas. Es recomendable hacer una visita previa si el retiro va a ser de varios días, porque a veces se necesita una desinsectación antes de entrar, especialmente si la cueva ha estado largo tiempo cerrada. Estas celdas de retiro están dedicadas a ilustres contemplativos de la tradición judeo-cristiana ligados al desierto, como el profeta Elías, Juan el Bautista o María Magdalena, más una dedicada a Santiago, el apóstol de España. Todas son cuevas, excepto la de María Magdalena, que es una pequeña cabaña de piedra empotrada bajo unos pinos retorcidos por los violentos vientos de la sierra. Una rudimentaria cisterna recoge de su tejado las escasas lluvias que caen en San Caprasio. El retirante tiene que administrar como si fuera oro el preciado tesoro del líquido elemento. No muy lejos de las ermitas de Elías y María Magdalena se encuentra la curiosa letrina para aguas mayores, un pedestre apoyo para los pies y las manos, de nalgas al vacío, que manda el material de desecho cortado abajo.

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La Cueva de Elías y, un poco más abajo, la Ermita de María Magdalena (Eremitorio de san Caprasio).

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Entrada de la Ermita de María Magdalena (Eremitorio de San Caprasio)

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Interior de la Ermita de María Magdalena (Eremitorio de San Caprasio)

A la Cueva de Santiago, la más grande de las celdas de retiro, se llega por un estrechísimo desfiladero colgado sobre el precipicio que parte desde la Cueva de Elías. El acceso no es apto para personas con vértigo, aunque a cambio del mal rato, el retirante que opte por esta cueva puede estar seguro de que allí sólo Dios (o sus demonios interiores) van a venir a visitarlo. La zona de retirantes es, sin duda, uno de los lugares más mágicos de San Caprasio.

 

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Vista del estrecho desfiladero de acceso a la Cueva de Santiago, con la Cueva de Elías y la Ermita de María Magdalena al fondo, entre los pinos. (Eremitorio de San Caprasio)

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Cueva de Santiago (Eremitorio de San Caprasio).

¿Es de verdad San Caprasio un espacio de silencio y de retiro hoy, todavía? La respuesta es sí, aunque no siempre. A finales de abril los vecinos de las localidades cercanas celebran una ruidosa romería. En primavera y en otoño, cuando las condiciones climáticas son menos agresivas, son frecuentes los excursionistas y los aficionados al ciclismo de montaña los fines de semana.  De modo que si se quiere pasar un día de contemplación y de silencio auténticos en las cuevas abiertas al público lo mejor es ir en un día laborable o en lo peor del verano o del invierno. Sea cual fuere la temperatura en el exterior, las cuevas suelen tener una temperatura constante durante casi todo el año que resulta fresca en verano y cálida en invierno.

Aquellos que quieren hacer un retiro de verdad suelen quedarse un fin de semana o tres o cuatro días en las celdas restringidas y muchos aprovechan para acompañarlo de un ayuno depurativo. Algunos hay que se atreven con periodos más largos hasta llegar, incluso, a los cuarenta días, imitando el relato evangélico de la estancia de Jesús en el desierto. Proveerse de agua de beber es absolutamente esencial en esos casos. Si se quiere tomar alimento cocinado, huelga decir que no se debe encender fuego. La sequedad de la zona, los vientos y la falta de agua elevan el riesgo de incendios, así que se debe ser muy prudente con cualquier cosa que accidentalmente pueda provocarlos. Las muchas horas de insolación hacen de San Caprasio un lugar perfecto para probar a cocinar con el sol.

Para terminar, una nota negativa. Fue el naturalista Carlos de Prada quien calificó en una ocasión al Hombre contemporáneo como un «violador de toda pureza, de toda virginidad», empezando por las suyas propias y siguiendo por las de todo cuanto toca, personas, naturaleza y espacios sagrados incluidos. Lamentablemente, una parte de los excursionistas que pasan por San Caprasio tiene un comportamiento irrespetuoso, incívico e, incluso, profanador. Esa violación parece ser el signo de los tiempos: basura y desperdicios en el refectorio; grafitis estúpidos u obscenos en las sagradas cuevas; gritos, parloteos banales y una superficialidad inconsciente en los lugares de contemplación… Entristece que algunas personas pasen de un modo tan poco fecundo por un espacio tan evocador y pensado para la transformación interior. Por eso, si usted es un visitante respetuoso, lleve bolsas de basura, una escoba e incluso una lata de pintura de cal y dedique unos minutos a dignificar el lugar si se lo encuentra mancillado. Es el mínimo agradecimiento que podemos mostrar por el don del silencio y la soledad contemplativos que nos regala San Caprasio.

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Fotografías de Eduardo Serrano licencia-cc

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BIBLIOGRAFÍA

ALVEAR MORÓN, David: Psicología del Desierto. Aproximación psico-personológica al movimiento subcultural de los Padres del Desierto, Mandala Ediciones, Madrid, 2009.

FUIXENCH NAVAL, José-María: Santuarios rupestres del Alto Aragón, Prames, Zaragoza, 2002.

GRESHAKE, Gisbert: Espiritualidad del Desierto, PPC, Madrid, 2018.

MACKENZIE, Vicki: Una cueva en la nieve. La búsqueda espiritual de Tenzin Palmo, RBA-Integral, Barcelona, 2000.

VARIOS: «Los Monegros», Geografía de Aragón, Diario 16 de Aragón, Zaragoza, 1989.

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Bilbilis: la ciudad perdida de Marcial

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Ruinas de las termas de Bilbilis

licencia-cc Lydia Morales Ripalda

Hace décadas, cuando los escolares estudiaban los gentilicios de las localidades españolas, uno que siempre les preguntaban era el de los naturales de Calatayud, la segunda ciudad más importante de la provincia de Zaragoza. Los alumnos aprendían que la denominación «bilbilitanos» procedía del nombre romano de la ciudad, Bilbilis, y que el topónimo actual derivaba del árabe Qal’at-Ayyûb (o alguna de las seis transcripciones parecidas documentadas de ese nombre[1]) que quería decir algo así como “fortaleza de Ayub”. A quién se refería ese Ayub era asunto en discusión. La versión tradicional era que aludía a Ayyub ben Habub al-Lahmi, valí de Al-Andalus que gobernó interinamente durante seis meses en el año 716 y que supuestamente ordenó construir una fortaleza en el lugar. Pero las investigaciones posteriores pusieron en cuestión esa interpretación, porque la fortificación musulmana de Calatayud fue de edificación más tardía. El emir Muhammad I mandó al señor de Calatayud y Daroca Abd al-Rahman el Tuyibí (856-886) que la erigiera para contener las acometidas de los grandes terratenientes del Valle del Ebro desde época romana: los Casius, un linaje hispanorromano que primero hizo el tránsito del paganismo al cristianismo para mutar finalmente en Banu Qasi tras la invasión árabe de España, cuando abrazaron el islam por interés para seguir manteniendo sus latifundios y su poder.

A pesar de los gentilicios, basta ver dónde está Calatayud y dónde el yacimiento arqueológico de Bilbilis para constatar que en realidad se trata de dos ciudades sin relación entre sí, una en el llano y otra encaramada sobre tres cerros, separadas por seis kilómetros de distancia. La ciudad romana fue abandonada casi por completo en el siglo III sin que mediara destrucción catastrófica, o eso al menos es lo que deducen los arqueólogos a partir de los exiguos restos que quedan de ella. Fundada en tiempos de Augusto sobre un poblado celtíbero precedente, durante un siglo Roma dedicó un notable esfuerzo a levantar lo que los expertos consideran una civitas sobredimensionada cuyo principal fin fue ser escaparate del poder del Imperio y afirmación de su dominio romanizador ante la población indígena de la zona. La localización elevada, visible desde muchos kilómetros a la redonda y desde la calzada que unía Caesaraugusta (Zaragoza) y Emerita Augusta (Mérida), parecía obedecer a ese mismo objetivo «educativo» y propagandístico, aunque a efectos prácticos el lugar no era el más adecuado para levantar una urbe de entre tres mil quinientos y cuatro mil habitantes. Los arqueólogos creen que fue esa falta de idoneidad práctica  ̶ había un problema serio: la escasez de agua ̶  lo que en último término hizo que Bilbilis fuera abandonada. La correspondencia entre Paulino de Nola y Ausonio atestigua que en el siglo V era ya un lugar totalmente deshabitado. En cualquier caso, la ciudad que hoy llamamos Calatayud surgió ex novo en la Edad Media, sin otra relación real con aquella urbe romana fantasma que la de que Bilbilis fue la cantera de Calatayud durante siglos hasta el punto de que apenas quedó piedra sobre piedra de la localidad donde nació y murió Marco Valerio Marcial, uno de los grandes literatos de Roma.

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Degustación de recetas de un banquete romano durante las jornadas Bilbilis Renascentis

Todos los años, durante un fin de semana de julio, el Museo de Calatayud y el yacimiento arqueológico de Bilbilis celebran unas jornadas de conferencias y recreaciones históricas llamadas Bilbilis Renascentis. En 2017 se conmemoró una efeméride importante para las investigaciones bilbilitanas: el centenario de los primeros trabajos arqueológicos oficiales en el yacimiento. En 1917 el Museo Arqueológico Nacional envió a Narciso Sentenach Cabañas con dos mil pesetas de la época para hacer el primer reconocimiento del terreno. Ya era demasiado tarde para encontrar piezas de la entidad suficiente para un gran museo arqueológico como el Nacional. Primero, por el arrasamiento a que los siglos, las necesidades de las gentes y la animadversión de las nuevas cosmovisiones sometieron a la abandonada urbe pagana. Y segundo, porque los cazadores de tesoros, brutos o refinados, ya habían arramblado con lo poco de valor que le quedaba al lugar. Se sabe que entre 1750 y 1765 los jesuitas de Calatayud se tomaron el trabajo de rebuscar en el solar de Bilbilis y reunieron una colección arqueológica interesante que literalmente se volatilizó cuando se produjo la expulsión de la orden de España en 1767. Dónde y a qué manos fueron a parar aquellas piezas se desconoce. Casi siglo y medio después Carlos Ram de Víu y Quinto, conde de Samitier, reunió durante una década su particular colección bilbilitana. Pero la desidia de sus herederos hizo que el catálogo se desmembrara. Uno de los lotes acabó en el Museo Provincial de Zaragoza, pero a buena parte de las piezas se les perdió la pista para siempre. Y en 1933, en fin, aparecieron por el solar de Bilbilis dos alemanes, un arqueólogo llamado Adolf Schülten y un militar, el general Lammerer, que durante varias semanas levantaron planos y realizaron prospecciones cuyos resultados se desconocen. Hace unos años aún quedaba vivo algún lugareño veterano que recordaba a los dos alemanes aceptando un buen trozo de chorizo y un porrón de vino mientras medían los cráneos del tío Perico o del tío Juan…

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El teatro de Bilbilis se construyó aprovechando el barranco que había entre la colina de Santa Bárbara y el cerro de Bámbola

Por increíble que parezca, hasta 1965 no hubo ningún otro trabajo oficial en Bilbilis después de aquel breve de Sentenach para el Museo Arqueológico Nacional. El estudio sistemático del yacimiento arranca, en realidad, en fecha tan tardía como 1971, cuando la Universidad de Zaragoza promueve los primeros trabajos serios de investigación y excavación al mando del profesor Manuel Martín-Bueno, que lleva cincuenta años vinculado al estudio de la ciudad de Marcial. Es entonces cuando el plan urbanístico a base de terrazas de la perdida Bilbilis empieza a redibujarse sobre los cerros de Bámbola, Santa Bárbara y San Paterno. Aparecieron restos del foro, un teatro, unas termas (lujo civilizatorio extraordinario en un secarral como aquel), muros de casas, talleres y tiendas y un sofisticado sistema de cisternas (de momento se han encontrado 68) unidas por tuberías de plomo o de cerámica para recoger y canalizar el agua de lluvia y de dos cursos subterráneos de los cerros. El carácter escalonado de sus viviendas y calles fue resaltado por Marcial, que calificó a su ciudad natal como pendula tecta o acutis pendentem scopulis, haciendo referencia a los techos en pendiente y a que los terrados de unas viviendas servían de suelo a las siguientes. Sorprende el esfuerzo constructivo que se realizó en levantar una ciudad no exenta de toques suntuosos (el aforo del teatro, por ejemplo, era mayor que la población entera de Bilbilis) para que al final esta acabara estando operativa menos de trescientos años.

 

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Una de las cisternas de agua de Bilbilis fue reutilizada siglos después como ermita

Marcus Valerius Martialis, conocido modernamente como Marcial, nació en Bilbilis en el año 40 d.C. Hispania produjo en el siglo I un notable grupo de escritores latinos que se asentaron y prosperaron en la capital imperial. Fue bajo la protección del más ilustre de todos ellos −el filósofo, político y escritor Séneca, senador y tutor del emperador Nerón− que el joven Marcial abandonó la vida provinciana y llegó a Roma a los veinticuatro años para completar sus estudios jurídicos. Sin embargo, sólo un año después Séneca cayó en desgracia y fue condenado a muerte por Nerón, de modo que Marcial quedó desamparado y en la pobreza. Decidido a sobrevivir en la capital, el joven bilbilitano comenzó una vida bohemia y humillante como adulador a sueldo y parásito acompañante de ricos y poderosos que duró treinta y cinco años. En ese lapso de tiempo Marcial consiguió el favor de los emperadores Tito y Domiciano, la amistad de escritores como Juvenal, Plinio el Joven y el gran rétor Marco Flavio Quintiliano (también hispano) y, sobre todo, la celebridad literaria, ya que sus obras se leían en todos los rincones del Imperio. Recibió un puñado de honores, participó como caradura vividor de la vida disipada de los poderosos y juntó y perdió varias veces una pequeña fortuna. Su fama como escritor se fundamentó en el ingenio satírico de sus epigramas y en el retrato penetrante que hizo en sus composiciones de la sociedad romana de su tiempo, utilizando registros que iban desde la lírica más refinada a la obscenidad más arrastrada, pero siempre con una ausencia de sentido moral que le acompañó también en la vida.

La edad y los cambios de fortuna no suelen perdonar a este tipo de vividores y tampoco perdonaron a Marcial. Los dos primeros emperadores de la dinastia antonina, Nerva y el hispano Trajano, ignoraron al literato y a partir de ahí los demás protectores fueron desapareciendo. A los cincuenta y ocho años, arruinado y amargado, aceptó el dinero que le ofrecía su amigo Plinio para que se volviera a Hispania. En su Bilbilis natal una admiradora llamada Marcela le cedió una finca para que pasara allí sus últimos años. Insatisfecho impenitente, en Roma añoraba la vida sana y sin malicia de la Bilbilis de sus años mozos y cuando por fin regresó, no dejó de lamentarse de haber perdido la vida libertina de Roma y la cercanía a los poderosos y a sus fastos. El escritor murió seis años después de su retorno y Plinio glosó así su figura cuando se enteró de su fallecimiento:

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Fotografías de Eduardo Serrano licencia-cc

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NOTAS

[1] Otras transcripciones documentadas del topónimo son Qal at Ayyüb, Qál’at Ayyúb, Qala’t Ayyub, Kalat-Ayub y Calat-Ayûb. En Miguel Ballestín, Pascual et alii: Los nombres de Aragón: sus poblaciones, Heraldo de Aragón, Zaragoza, 2011.

 

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Purujosa, el nido de águilas del Moncayo

Purujosa panorámica

Fotografía de Manuel Barrera

licencia-cc Lydia Morales Ripalda

La localidad aragonesa de Purujosa es un municipio de apenas cuarenta habitantes censados sito en la comarca del Aranda, en la provincia de Zaragoza. Purujosa está en la ribera del río Isuela, que nace pocos kilómetros más arriba, y casi todo su término municipal se halla integrado en el espacio protegido del Parque Natural del Moncayo. Es la última localidad aragonesa antes de llegar a tierras castellanas y se la conoce como «El Nido de Águilas» por su espectacular ubicación enriscada a 976 metros de altitud. El caserío se apiña en el espolón que separa el río Isuela del barranco de la Virgen y desde el merendero que está junto al río hasta las casas más elevadas del pueblo hay cien metros de desnivel. La localidad es estación señalada de una ruta rural muy interesante para quienes gustan de visitar lugares con resonancias ancestrales, pero desconocidos para el turismo convencional. La ruta del Moncayo oculto comienza en Mesones de Isuela, sigue por Tierga, Trasobares, Calcena y Purujosa (todos ellos municipios de la provincia de Zaragoza) y termina en Beratón y el robledal de Cuevas de Ágreda, ya en tierras castellanas, en la provincia de Soria.

Los primeros pobladores de Purujosa se remontan a la prehistoria. En los barrancos que rodean la localidad, y en sus numerosas cuevas, se han encontrado restos de neandertales de la Edad de Bronce. En la Edad Antigua fue un poblamiento celtibérico posteriormente romanizado. La tradición dice que el lugar fue visitado por el emperador Constantino el Grande en uno de sus viajes por la Hispania del siglo IV y que la cueva sagrada que utilizó como lugar de pernocta es el emplazamiento de la actual ermita gótica de Nuestra Señora de Constantín. La talla de la Virgen es muy antigua (siglo XII o XIII) y, según el patrón legendario tan repetido, fue encontrada en el tronco de una gruesa carrasca vecina a la cueva (o en la cueva misma, según otras versiones) por un pastor tras la Reconquista. A esta advocación mariana se ha acudido durante siglos para pedir las lluvias y es creencia tradicional que «la Señora», suerte de diosa de la naturaleza, castiga a la comarca con granizadas destructivas los años en que no se le organiza la correspondiente romería. El trazado del caserío que hoy conocemos se remonta a la Edad Media, época de la que proceden las primeras menciones documentales de la localidad -denominada entonces Puy Rosa- como posesión del poderoso monasterio cisterciense de Veruela. La iglesia parroquial de San Salvador es una modesta construcción románica muy transformada. En el siglo XIV las tierras de la localidad se convirtieron en patrimonio de la gran familia nobiliaria que dominó toda esta zona, los Luna.

En el entorno de Purujosa hay numerosas cavernas habitualmente tomadas por grandes colonias de murciélagos. Algunas de las cuevas más amplias y benéficas telúricamente fueron habilitadas por los pastores que durante milenios se han dedicado a la ganadería ovina y caprina en la zona. Atendiendo a las grandes dimensiones de las construcciones pastoriles troglodíticas que se conservan, parece que ya desde tiempos prehistóricos el volumen de cabezas de ganado movidas por esta actividad debió ser muy considerable. Dos cuevas son especialmente dignas de visitar: la de Liendres y la de Cuartún, preparadas ambas para cobijar a centenares de animales con corrales interiores, parideras, rediles para los pequeños corderos y cabritillos y espacios para los pastores.

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Barranco de Valcongosto (fotografía de Berrún)

El patrimonio natural es valioso, como puede esperarse de un municipio que está dentro del Parque del Moncayo. Su barranco de Valcongosto es el más espectacular cañón calizo del macizo. Se trata de un paraje salvaje, abrupto y solitario dominado por un silencio sólo roto por las voces de la naturaleza. Se accede a él por el sendero que lleva a la fuente del Col y una vez dentro del cañón la senda desaparece, por lo que hay que avanzar por el interior del cauce, que fluye constreñido entre las paredes rocosas del congosto. En las oquedades anidan un buen número de especies de aves, desde rapaces como el buitre leonado o el cernícalo a rupícolas como el avión roquero o el vencejo real. Las fuertes oscilaciones estacionales del cauce impiden el desarrollo de especies piscícolas, pero a cambio el cañón es un hábitat propicio para anfibios y reptiles. La belleza de este paraje de roca viva, solitario y elemental, no deja indiferente a ningún contemplador sensible.

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Cuevas de los Pilares (fotografía de Los Moncayicos)

En el término municipal de Purujosa hay lugares de gran interés geológico. El relieve de la zona se gestó en la era mesozoica. «Durante el Jurásico, hace unos 195 millones de años, el mar invadió la zona y en su fondo se formaron grandes espesores de caliza que afloran en las planas de Purujosa. A finales del Jurásico y comienzos del Cretácico se dejarán sentir los primeros movimientos de la orogenia alpina, cuando emergerá el Moncayo y se retirará el mar. A lo largo del Terciario los movimientos tectónicos serán muy importantes y servirán para modelar el macizo». (G. Pérez García). En 2011 se encontró en el término de la localidad el mayor yacimiento del mundo de fósiles de trilobites enrollados, un extinto grupo de artrópodos que pobló los mares del Paleozoico. Purujosa y su vecina Calcena son, además, un lugar privilegiado para la práctica de la espeleología. Abundan las simas, las grutas y las galerías con estalactitas y estalagmitas. Además de las cuevas pastoriles ya citadas de Liendres y Cuartún, son llamativas las siete cuevas de la Pared del Morrón, también llamadas Cuevas de los Pilares por sus formas características. En esa misma pared, y en los roquedos de la parte alta del pueblo, hay abiertas varias vías de escalada. El término municipal tiene una cuidada red de senderos por los territorios del parque que permite admirar las muy variadas especies de flora y fauna moncayina.

Durante siglos la población del Nido de Águilas vivió fundamentalmente de la ganadería ovina y caprina, actividad que completaba con la pequeña agricultura en las huertas de la vega del Isuela, la pesca fluvial, la apicultura, la recolecta de hongos y el aprovechamiento forestal. La miel era uno de los productos emblemáticos de la zona y dio lugar a recetas típicas de la comarca como el aguamiel, un dulce festivo hecho con miel reducida, harina, nueces y anís en rama. Como en los restantes pueblos de la comarca del Aranda, Purujosa participó también de una tradición alfarera que producía un tipo de cántaro formalmente diferente a cualquier otro, no sólo de Aragón, sino de toda España. Se trataba de una pieza bitroncocónica con una sola asa, ancha por el centro y estrecha en la base y en la boca, que se hacía en tres tamaños y sin utilizar el torno. La técnica utilizada recibía el nombre de urdido y consistía en  hacer gruesas tiras de barro que los alfareros unían con las manos y con la ayuda de sencillas herramientas. Las piezas de la alfarería arandina nunca llevaban decoración pintada y solían ser completamente lisas o con incisión de sencillos motivos geométricos.

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Cántaros bitroncocónicos de la comarca del Aranda (fotografía de Eduardo Serrano)

Para ser una localidad tan minúscula y aislada, Purujosa tiene un largo repertorio de anécdotas e historias curiosas. El pueblo aparece mencionado en las “Cartas desde mi celda” que el poeta Gustavo Adolfo Bécquer escribió durante su estancia en el Monasterio de Veruela. Gloria Pérez recoge en su libro sobre la comarca la historia de un innominado represaliado político de la II República que fue mandado a confinamiento en la localidad y que una vez allí se preguntaba quién demonios podría haber sabido en Madrid que aquel lugar perdido del mundo existía (respuesta: lo sabía un político zaragozano, que fue quien sugirió que lo enviaran allí). Acercándonos al presente Purujosa es la localidad más pequeña del mundo que cuenta con semáforos. La única calle de acceso, con una longitud de 500 metros y un gran desnivel, es tan estrecha que impide que dos coches puedan cruzarse. Para evitar situaciones de tráfico conflictivas se colocaron dos semáforos que regulan las subidas y bajadas por dicha vía. No menos curiosa es la historia de la tardía llegada de la luz eléctrica a la localidad. El día de la inauguración del alumbrado hubo un muerto por electrocución. Esta fatalidad se le atribuyó al espíritu de una bruja que habitó en una casa encantada del pueblo y de quien se creía que seguía rondando como alma vengativa por el municipio jugando malas pasadas a los vecinos.

Hoy Purujosa cuenta con otra curiosidad y es la de tener entre sus escasos habitantes a un ermitaño diocesano. Francisco Barrionuevo, un sacerdote andaluz de la diócesis de Getafe, vive desde hace varios años en la ermita de Constantín dedicado a la vida contemplativa. Decidido a adoptar ese modo de vida, y autorizado por sus superiores para ello, pasó un tiempo buscando el lugar adecuado para la aventura. Así fue como llegó a Purujosa, acompañado por un sacerdote que lo estaba llevando a visitar diversas ermitas de la diócesis de Tarazona. La conexión con el lugar fue instantánea: «Este era el sitio. Lo reconocí de inmediato», nos contó un día que nos encontramos con él a la vuelta de una jornada de senderismo. Tuvimos una larga conversación sobre lo divino y lo humano y el padre Barrionuevo nos enseñó la acogedora casa del ermitaño, empotrada en la roca justo al lado de la cueva-santuario. Tenía un aseo y una pequeña cocina bien provista junto a la entrada, una estufa de leña, una escalera para subir al piso superior y, allí, un oratorio privado metido en la roca y un estudio-dormitorio con una pequeña biblioteca. La mesa de estudio –con su ordenador portátil para escribir y comunicarse- estaba junto a la ventana, desde la que el padre Barrionuevo disfrutaba de unas vistas magníficas del barranco de la Virgen. Aquel eremitismo estaba más próximo a la apacible y retirada austeridad de los terapeutas que describió Filón de Alejandría (judíos helenizados y contemplativos de tiempos de Jesús y entre quién sabe si también el propio Maestro Nazareno se contó en sus años perdidos) que a las renuncias salvajes y atormentadas de los Padres del Desierto. Para dos personas con una inclinación irresistible a ese modo terapéutico de vida, el poder permitírselo con la despreocupación de quien tenía las necesidades básicas cubiertas era la imagen más acabada que se nos podía ocurrir de la buena fortuna.

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Fotografía de Manuel Barrera

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BIBLIOGRAFÍA

ADIEGO SEVILLA, Ramiro: Purujosa, el nido de águilas del Moncayoblog temático.

BLASCO LÁZARO, María (coordinadora): Rutas por Aragón: Comarca del Aranda, Prames & CAI, Zaragoza, 2005.

GARI LACRUZ, Ángel (coordinador): Aragón mítico-legendario, Prames & CAI, Zaragoza, 2007. Capítulo XII «El Moncayo oculto. A lo largo del río Isuela».

HERNÁNDEZ, Javier, MILLÁN, Julián & SERRA Agustín: Comarca del Aranda, Colección Territorio 2, Gobierno de Aragón, Zaragoza, 2001.

LUNA GIMENO, Pascual (coordinador): Red natural de Aragón: Comarca del Aranda, Prames & Gobierno de Aragón, Zaragoza, 2007.

PÉREZ GARCÍA, Gloria: La comarca del Aranda, Prensa Diaria Aragonesa & Comarca del Aranda, Zaragoza, 2007.

ROMERO CUARTERO, Juan Carlos: Escaladas en la cara oculta del Moncayo, Prames, Zaragoza, 2008.

SOLSONA, Fernando: 70 paseos por los ríos de Aragón. Puntos fluviales singulares, Prames & Gobierno de Aragón, Zaragoza, 2005.

 

 

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La Alfranca: un jardín de rocas como camino de transformación

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licencia-cc Lydia Morales Ripalda

La Alfranca es una finca situada en el término municipal de Pastriz, en las inmediaciones de Zaragoza capital, que fue propiedad de los Marqueses de Ayerbe. Aunque en origen fue una gran explotación agropecuaria casi en la misma ribera del Ebro, en el siglo XIX sus dueños la convirtieron en la típica finca de recreo aristocrática y construyeron una mansión de estilo neoclásico rodeada por un gran jardín. La ruina económica de la Casa de Ayerbe hizo que los marqueses perdieran la titularidad de La Alfranca, que pasó entonces a manos de un grupo de bancos y de empresas. Actualmente es propiedad del Gobierno de Aragón y está integrada dentro de la Reserva Natural del Galacho de Pastriz, un meandro abandonado por el río Ebro al modificar su cauce tras una serie de crecidas en los años 40 y 50 del siglo XX. El galacho tiene un interesante bosque de ribera y una rica avifauna, especialmente en las épocas migratorias, ya que el humedal es usado como parada por especies que hacen su viaje entre Europa y África. En la antigua finca nobiliaria aledaña se encuentra el Centro de Interpretación de la reserva, un Museo de la Agricultura, el Centro Internacional del Agua y del Medio Ambiente, un centro de recuperación de aves silvestres, un centro de formación sobre cuestiones medioambientales y un área de servicio para los visitantes. Además de todo lo anterior, en La Alfranca hay un parque ciertamente singular: el Jardín de Rocas.

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Plano del Jardín de Rocas, (La Alfranca, Zaragoza)

El parque se inauguró en 2008 y fue diseñado por el arquitecto Carlos Martín Lamoneda y por Antonio Blasco Sancho, un estudioso de la geometría sagrada. Es un área de tres hectáreas y media que está al final de la vía verde de 16 kilómetros que une Zaragoza y La Alfranca. El arquitecto recibió del Gobierno de Aragón el encargo de crear un jardín de rocas en el que se integrara el espacio de un viejo laberinto del siglo XIX cuya existencia se conocía por planos antiguos, pero del que no quedaba nada. Martín Lamoneda acababa de hacer un curso sobre crómlech y laberintos en el Neolítico y en la cultura celta y eso encendió la bombilla de su ingenio. Estas estructuras circulares de piedra, emplazadas en lugares de poderosas energías telúricas, se usaban en aquellos lejanos tiempos como espacios sagrados. Y al arquitecto se le ocurrió la idea de emular a los remotos constructores de megalitos y diseñar el parque como «un espacio sagrado a través de los crómlech y de la geometría». Al ponerse a trabajar con su equipo y con Blasco Sancho la idea inicial se enriqueció y decidieron integrar los círculos de piedras en un enorme Juego de la Oca, que es lo que acabó siendo el parque. Partían del supuesto de que el tablero de la Oca es un juego, pero también mucho más que un juego. Fue Fulcanelli el primero que señaló una interpretación esotérica del tablero de la Oca, en el que se escondían, a su parecer, los principales jalones del camino de los alquimistas hasta la consecución de la Gran Obra. A partir de ahí otros autores vieron el origen del juego en el Camino de Santiago medieval, donde pudo aparecer como una especie de mapa en clave de un itinerario iniciático que seguían los gremios de constructores y las órdenes militares, en especial Los Templarios. Según esta hipótesis, el juego describía en su origen los jalones de un camino de transformación (con sus extravíos, retrocesos y fracasos) puestos en relación con ciertos lugares del Camino, adecuados por su energía y su programa simbólico, para trabajar esos jalones o purgar esos extravíos. Los diseñadores del Jardín de Rocas intentaron de modo deliberado reproducir este supuesto significado del tablero de la Oca en su parque.«El Juego de la Oca vincula lo sagrado, lo iniciático y lo lúdico», en palabras del arquitecto Martín Lamoneda[1].

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El crómlech de sal gema y la Torre, punto final del itinerario.

La mayoría de los visitantes del lugar, por supuesto, permanecen ajenos a este significado más profundo del parque. Sólo ven su aspecto lúdico (el diseño que reproduce un juego popular) y como mucho su interés geológico, que es lo que destacan los carteles interpretativos que se encuentran en este espacio. Y es que el parque es también una especie de catálogo de los tipos de rocas más habituales en las tierras de Aragón. Ofitas, cuarcitas, granitos, calizas blancas, negras y grises, areniscas rojas y cuarcititas, carbones, alabastros, cantos rodados y sales gemas se utilizan para componer los catorce grandes crómlech del jardín. Pero la intención de quienes diseñaron el parque iba más allá de este paisajismo descriptivo, si bien no se lo explicaron a la institución contratante en ningún momento. «El Gobierno de Aragón a día de hoy todavía no sabe nada de estas cosas­», aseguraron en una entrevista concedida en 2010. «El jardín contiene una doble información». Los diseñadores admitían abiertamente que el jardín fue concebido «como un espacio de transformación», dotándolo de un significado esotérico que en el despacho de la Administración de turno ni sospechaban. Es un hecho significativo que llama a la reflexión. Y es que en este proyecto concreto la intención fue benéfica, pero también podría haber sido todo lo contrario, y en ese caso nos encontraríamos con una obra pública cuyo significado profundo tendría un carácter siniestro. En cualquier caso, el nivel básico de información, que es el que capta «la persona no experta», es el de un parque de rocas de Aragón que reproduce en su diseño un juego popular. Pero el segundo nivel de interpretación es que «el parque entero es un mandala», como dicen sus diseñadores, una suerte de diagrama místico que oculta un mensaje esotérico. «Cada tipo de piedra está en un sitio dentro del gran mandala y, por tanto, tiene un tipo de energía concreto respecto al mandala grande. En cada espacio se generan energías diferentes a través de la geometría y de lo que sale del suelo». En el diseño colaboraron «radiestesistas expertos» que analizaron el terreno y determinaron «sus corrientes telúricas, sus corrientes de agua subterránea, sus vórtices, las redes energéticas…». Con ese conocimiento previo del lugar se podía crear un espacio sagrado «por medio de la geometría y la intención», o sea, operando como lo hacían los constructores sacros antiguos. «Cuando se proyecta con una intención, de alguna forma la geometría absorbe ese estado mental y lo hace realidad en el espacio vibratorio»

¿A quién puede interesar el parque en su segundo nivel de significación?  Puesto que esa segunda línea interpretativa juega con el supuesto de que existen energías que emanan de la Tierra, que personas con cierto conocimiento e intuición sensitiva pueden percibirlas y hasta catalogarlas y que esas energías adquieren una cualidad e intensidad especiales por efecto de una geometría constructiva y de una intención o dedicación (recordemos que esas eran las bases de la arquitectura sagrada en las culturas tradicionales), dicha línea de interpretación sólo interpelará a los visitantes con la flexibilidad mental suficiente como para no rechazar de entrada este supuesto.

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Laberinto del Jardín de Rocas

¿Cuáles son los elementos del parque con mayor potencial interpretativo? El primero, evidentemente, el jardín en sí, como totalidad. No tenemos que elucubrar al respecto de su significado, puesto que los propios diseñadores lo han dicho: representa el itinerario iniciático, de transformación, que supuestamente se oculta en el Juego de la Oca. La oca tiene diversos significados simbólicos, pero uno de ellos es la Sabiduría, que es el aspecto femenino de la iluminación (el masculino sería el conocimiento eminente). En el juego las catorce ocas representarían los catorce jalones del itinerario de transformación que llevan al buscador hasta las bodas alquímicas con la Sabiduría. En el jardín cada oca, cada jalón, es un círculo de piedra. Por lógica, y puesto que se trata de un camino ascendente, si el itinerario está bien diseñado la potencia vibratoria de los crómlech, su energía, tendría que ir de menos a más desde el primero hasta el último. No conozco de nada a los diseñadores del parque y no he recurrido a ninguno de esos innominados «radiestesistas expertos» que ellos utilizaron. Las observaciones que siguen, por tanto, son de mi entera cosecha. Los errores que pudiera haber en ellas, también.

Efectivamente, los crómlech y la torre son los lugares más potentes del recorrido y la energía va en aumento desde el primero hasta el último. Dejando al margen unidades radiestésicas, si usamos una escala imaginaria que otorgue al primer círculo una fuerza 1, el segundo tendrá una fuerza 4, el tercero 7 y así sucesivamente. Configuran un camino de espacios “sagrados” de potencia creciente que ya no operan sólo sobre el cuerpo físico, sino también sobre la corporeidad sutil (los diseñadores decían que «puedes sentir la activación de algún chakra») y sobre la mente, calmándola, sosegándola, vaciándola y aumentando su  agudeza. Los círculos están unidos por senderos. Tienen una energía neutra y representan el recorrido ascético que llevará a la transformación. En los senderos hay unas losas que reproducen las casillas del tablero de la Oca y que representan los trabajos interiores que hay que realizar entre jalón y jalón del camino. Estas losas están sobre vórtices de energía de pequeña intensidad que tienen un efecto revitalizador o depurativo.

El puente que permite pasar de la casilla 6 a la 12 tiene un nivel energético superior al sendero, pero ligeramente inferior a las casillas. En el itinerario es un atajo que permite saltarse el tercer jalón y cinco tareas. Puesto que las aguas son en todas las culturas el símbolo del inconsciente y de las potencialidades de la intuición, el puente que cruza sobre las mismas indica que el caminante ya ha desarrollado en cierta medida un forma de comprensión intuitiva y es capaz de reconocer la dinámica del inconsciente y embridarla, ligándola con su vida consciente. Por eso puede permitirse obviar el tercer jalón del camino.

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La Posada (círculo pequeño) entre los jalones quinto y sexto del camino

La posada es un círculo de madera más pequeño y representa la pausa para el reposo y el descanso. Tiene un nivel energético superior a las casillas del camino, pero inferior al del primer crómlech. No es un jalón del camino, sino una detención en el mismo para tomar fuerzas. Este punto es el apropiado para que el caminante descanse y deje en reposo la actividad mental.

Los dados aparecen dos veces en el itinerario. Representan esas intervenciones inesperadas de la fortuna, el destino o la providencia -a criterio de cada cual- que ocurren en el camino de todo buscador, independientemente de sus méritos o deméritos. Favorables o adversas, esas intervenciones repentinas hacen retroceder o avanzar en el camino de transformación sin aparente relación con los merecimientos personales. Le recuerdan al buscador las limitaciones del ser humano, sujeto a un engranaje cósmico que le supera.

El laberinto es, sin duda, uno de los elementos más destacados del itinerario. Construido en el lugar donde estuvo el laberinto que aparecía en los planos de la finca del siglo XIX, los propios diseñadores consideran que es «algo muy importante en este parque, porque se trata de un laberinto de sanación». Ellos mismos proponen una forma de recorrerlo: en soledad, despacio y cuando se noten «momentos de cierta densidad, como que el cuerpo pide parar, detenerse ahí para armonizarse». En su único ramal sin salida se concentra el punto de baja energía que tenían todos los laberintos antiguos. Simbólicamente, el laberinto es también una imagen del paso de la exterioridad a la interioridad, de un desplazamiento de la conciencia «de los mil caminos de las sensaciones, emociones y opiniones al centro de la intuición pura y de la luz espiritual»[2]. Cuando se recorre una estructura laberíntica de un modo lento y consciente, en efecto  puede estimularse ese desplazamiento.

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El Pozo seco en primer plano y el sendero descendente que lleva hasta él

De sentido contrario al laberinto son los elementos tenebrosos que hay en el itinerario. El primero en aparecer es el Pozo seco, con una energía de muy baja densidad que se percibe ya en el tramo de sendero descendente que conduce a él. Es imagen de uno de los extravíos típicos del camino de transformación: la acedia. Se trata de un estado de sequedad y hundimiento interior, de tristeza indefinida, de ansiedad difusa que impide sosegarse y fluir. El siguiente, inmediatamente después del laberinto, es el Círculo de carbón negro, un elemento que no tiene paralelismo en el Juego de la Oca. ¿Por qué los diseñadores lo añadieron al itinerario? No lo sé, pero tal vez fue para aprovechar un punto de telurismo denso que estaba en el terreno y que les “sobraba”. Su energía es de baja densidad en todo él, salvo en el vórtice de su centro, situado en el sendero limpio que cruza el círculo. La elección simbólica de la roca es coherente. El carbón es símbolo del fuego escondido de las pasiones y su carácter ambivalente: negro y frío, representa las pasiones que matan el espíritu por su naturaleza disipada, incontrolada o pervertida; como carbón ardiente (el centro del círculo), representa las pasiones positivamente encauzadas, un fuego interior que calienta y vivifica tanto el cuerpo como el espíritu. El tercer elemento tenebroso es la Cárcel. El nivel energético de este espacio es muy bajo, especialmente en el centro. Simboliza un estado en el que, por una vida de transgresión del orden natural o moral, se ha perdido la libertad de continuar el camino de transformación y hay que detenerse para hacer penitencia, purgar las faltas y enmendarse. En el itinerario será el punto de detención para quienes se encuentren en esta situación interior. Por último el punto de la Muerte, entre dos menhires, tiene un bajísimo nivel energético determinado por el agresivo telurismo del lugar (cruce de líneas telúricas, corrientes de agua, una falla…). Es un punto genuinamente “muerto” que evoca sensaciones de angustia y de miedo ante la destrucción del yo o de sus circunstancias. Es un punto final, cierto, pero en el simbolismo esa destrucción es ambivalente. «Si el ser a quien alcanza no vive más que en el nivel material o bestial, cae en los infiernos. Si por el contrario, vive en el nivel espiritual, la muerte le desvela campos de luz», explican Chevalier y Gheerbrant. En un itinerario de transformación ese estadio del camino significará el final para quienes hayan llegado hasta allí sin la pureza interior obligada (tendrán que volver al principio, como en el juego, y  no podrán dar un paso más). Para quienes hayan llegado con la claridad requerida, en cambio, el punto representa, no un final, sino un tránsito: el de la muerte iniciática y el segundo nacimiento. Se trata de un cambio profundo en el nivel de conciencia que supone la muerte definitiva a la vida profana, convencional. A partir de ahí, se puede entrar en la última fase del camino.

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El círculo de carbón

El penúltimo elemento con potencial interpretativo en el recorrido del jardín es la Torre que culmina el itinerario, con su escalera de caracol. Es la residencia de la Gran Oca, de la Sabiduría. Símbolo ascensorial por excelencia, la verticalidad de la torre expresa la idea de la comunicación de doble sentido (de arriba abajo, de abajo arriba) entre diversos niveles: las energías telúricas y las cósmicas, la materia y el espíritu, lo humano y lo divino. En cuanto a la escalera «designa no sólo la ascensión en el conocimiento, sino una elevación integrada de todo el ser», señalan Chevalier y Gheerbrant. Cuando tiene forma espiraloide, como aquí, remarca que esa ascensión necesariamente gira en torno a un eje: Dios, una enseñanza iniciática, un arte sacra, un erótica mística que sutura la escisión polar o varias de estas cosas a la vez.

Sólo cuando sube por la escalera y se acerca a lo alto de la torre el caminante descubre el elemento final, la pata de oca dibujada en un círculo de hierba, que no ve durante el itinerario. Es el símbolo del adepto de la vía iniciática, esto es, del propio caminante que ha completado el camino de transformación.

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En el centro de la imagen el símbolo de la pata de oca

Imágenes a partir de la grabación con un drone X5C de Antonio Lacueva. Vídeo completo en el enlace.

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NOTAS

[1] «El Jardín de las Rocas: Entrevista a Carlos Martín y Antonio Blasco», Athanor, nº 80, Abril 2010, pp. 78-83.

[2] Jean Chevalier & Alain Gheerbrant: Diccionario de los símbolos, Herder, Barcelona, 1995.

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Agüero: mallos y misterios

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licencia-cc Lydia Morales Ripalda

Agüero es un pequeño pueblo del Alto Aragón que se encuentra a 43 kilómetros de Huesca, en la comarca de la Hoya, y tiene 160 habitantes censados. Está asentado a los pies de unas singulares formaciones rocosas -los mallos- que constituyen el límite entre la montaña pirenaica y el somontano. Su emplazamiento es montaraz y extraordinariamente pintoresco. A pesar de hallarse retirado (la pequeña carretera provincial por la que se accede al pueblo muere en él), tiene un flujo regular de visitantes muy interesados en el lugar. La belleza paisajística, el arte románico, las posibilidades de senderismo y escalada en un entorno de gran valor natural, un ramal secundario del Camino de Santiago y su interés etnográfico (conserva el viejo aragonés y tiene un singular carnaval llamado As Mascaretas) son sus principales atractivos.

La palabra mallo procede del latín malleus (mazo, martillo) y se utiliza para dar nombre a unas formaciones geológicas características de la cuenca del Ebro. Son grandes farallones y agujas de conglomerado rocoso, formados por cantos de tamaño medio envueltos en arcilla y arena y cementados con materiales calcáreos y sedimentos depositados a lo largo del Mioceno por los afluentes del Ebro que bajaban desde el Pirineo. Al ser moldeados por la erosión se convirtieron en promontorios adosados a las laderas de las últimas sierras pirenaicas, con cumbres redondeadas por la acción combinada del agua, el viento, el hielo y el sol. Con sus paredes verticales de unos 200 metros de desnivel, los mallos marcan el límite entre el Prepirineo y el somontano. Aunque los más conocidos y espectaculares son los de Riglos, los mallos de Agüero y su vecino barranco de la Rabosera han sido declarados Punto de Interés Geológico y Monumento Natural de Aragón. Desde las pistas y senderos del barranco de la Rabosera, y desde el sendero circular que rodea los propios mallos, hay varios paseos que permiten observar diversas formaciones geológicas (farallones, capas, pliegues) inmersos en un paisaje de belleza espectacular.

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Fotografía de Desde la cima del rock

Agüero es una localidad de largo pasado. La primera referencia documental a ella se remonta al siglo X, concretamente al año 992, cuando con el nombre de Avero es citada en la larga lista de lugares que se cedieron como renta para el rico monasterio femenino de Santa Cruz de la Serós. La segunda mención conservada es del año 1036, en un documento donde el rey Ramiro I de Aragón dona a su esposa Gisberga varios pueblos, fincas y castillos entre los que se encontraba Agüero. El lugar era una villa de realengo dependiente directamente de los monarcas. La corona tenía la potestad de entregar la autoridad sobre el lugar a personas designadas por ella y se conserva referencia documental de varios caballeros que fueron seniores de Agüero a lo largo de la Edad Media. Otro documento de 1105 otorgaba los lugares de Agüero, Murillo, Riglos, Marcuello, Ayerbe, Sangarrén y Callén a la reina Berta, viuda de Pedro I, y de esa posesión proviene el que la localidad fuera llamada en el pasado Agüero de la Reina y que todavía hoy se conozca a este grupo de pueblos como Reino de los MallosA partir del siglo XIV, sin embargo, Agüero pasó a formar parte de las tierras de una de las grandes familias nobiliarias aragonesas, la Casa de Gurrea. En la Edad Media existió en Agüero un castillo del que hoy no queda absolutamente nada. Cuenta la leyenda que mientras se alojaba en él tuvo el rey Alfonso el Batallador un sueño griálico. De todo lo anterior se puede deducir que el lugar tuvo un pasado de relativa grandeza y esplendor que hoy cuesta imaginar en un pueblo tan pequeño (1). Por Agüero pasaba, además, el ramal secundario del Camino de Santiago que utilizaban los peregrinos que marchaban desde la ciudad de Huesca. El itinerario que seguían iba por Ayerbe, Agüero, San Felices, Longás, Urriés y Sangüesa, localidad esta última donde los peregrinos se incorporaban al itinerario principal del Camino.

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Iglesia de Santiago, fotografía de www,laspain.com

Agüero tiene dos iglesias románicas, la parroquial de san Salvador en el corazón de la localidad, y la solitaria e inconclusa iglesia de Santiago, enclavada en lo alto de una colina a menos de un kilómetro del pueblo y semioculta por la vegetación. En la Iglesia del Salvador hay un órgano del siglo XVIII, todavía apto para el uso, y un  interesante museo dedicado a este instrumento. Y en las inmediaciones de la localidad siguen en pie varias ermitas medievales como la de la Virgen del Llano y la de san Esteban. Pero es la enigmática iglesia de Santiago el elemento patrimonial que despierta, no sólo más interés, sino incluso verdadera pasión entre los amantes de la cultura medieval. Muchos viajeros vienen desde los lugares más diversos por visitar esta iglesia, cuya edificación quedó abortada cuando se había levantado sólo la cabecera. Los elementos que provocan tanto interés son el carácter majestuoso de la construcción, su indiscutible belleza artística y los enigmas históricos, simbólicos y constructivos que rodean al edificio. No hay ninguna referencia documental al templo, algo ciertamente extraño tratándose de un proyecto tan ambicioso. No se sabe ni quién encargó esta construcción, ni para qué, ni cuál fue la razón por la que el proyecto se abandonó, ni por qué no hubo voluntad en siglos posteriores de concluir la construcción. Además, hay en su programa simbólico e iconográfico elementos lo bastante enigmáticos como para despertar los más encendidos debates entre los interesados en el arte románico. A pesar de tratarse de un edificio inconcluso fue declarada monumento nacional en 1920.

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Fotografía de Antonio García Omedes. http://www.romanicoaragones.com

Los misterios de Santiago de Agüero no se limitan a su génesis, sino que alcanzan a elementos del propio templo. Por ejemplo, ¿a quién corresponde la cabeza coronada que aparece como único elemento figurativo en los capiteles del ábside central? Daniel Zabala (2) mostró que dicha cabeza recibe durante unos nueve minutos el asoleo directo en el mediodía del solsticio de invierno a través de uno de los vanos laterales, concretamente el número 5, orientado al sureste. Es este un hecho de innegable significado simbólico, porque el solsticio de invierno es la expresión del renacimiento de la luz de entre la oscuridad. Que el capitel reciba los rayos del sol justo en el mediodía del solsticio de invierno, además de testimoniar unos conocimientos aplicados a la construcción que asombran, marca a esa figura como una expresión de la naturaleza solar. A partir de este punto empiezan las polémicas. ¿La testa coronada es un puro símbolo del principio solar o representa a algún individuo concreto a quien se consideró repositorio de esa potencia luminosa? Como el símbolo es algo que resulta bastante ajeno al Hombre contemporáneo, a todos parece gustarles más la idea de que el capitel de Agüero retrate a un individuo concreto. Y aquí empieza a volar la fantasía, porque elementos fundados para pronunciarse a favor de tal o cual personaje no hay ninguno y todo son puras elucubraciones. Hay quien quiere ver en el capitel a un rey de Aragón y los más mentados son Ramiro II el Monje, que a lo mejor quería construirse un nuevo monasterio, o Pedro I, en cuya memoria su viuda Berta tal vez quiso erigir esta iglesia. Pero otros rechazan a los candidatos regios alegando que la corona que aparece en el capitel no es una corona de rey y que a lo que más se acerca es a una corona de vizconde.

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Si se piensa en un vizconde importante en el Aragón del siglo XII, alguien digno de este “misterio de la cabeza”, ciertamente hay uno y sorprende que nadie lo haya propuesto para este concurso de candidatos a míster capitel. El vizconde Gastón IV de Bearn, esposo de Talesa de Aragón, prima del rey Alfonso I, reconquistó Zaragoza junto a su regio pariente en 1118 y fue el primer señor de la ciudad tras la vuelta de esta al dominio cristiano. Zaragoza lo recuerda aún hoy incluyendo su figura en la popular comparsa de los Gigantes y Cabezudos y haciendo de Gastón un gigante cuyo rostro, curiosamente, se parece bastante al de la testa coronada de Agüero. Para cuando se produjo la reconquista de Zaragoza Gastón llevaba tiempo siendo uno de los guerreros cristianos más significados en la lucha contra el islam. En la Primera Cruzada para la recuperación de los Santos Lugares el vizconde de Bearn fue el encargado de las máquinas de guerra usadas contra los otomanos y  fue el primer caballero cristiano que entró en el perímetro amurallado de Jerusalén (año 1099) una vez rotas las defensas musulmanas. Excelente estratega militar y poderoso guerrero en el cuerpo a cuerpo, el vizconde era uno de los nobles cristianos más aborrecidos por los ejércitos islámicos de la época. Por eso, cuando cayó en combate en el año 1131, su cadáver sufrió el ultraje de la decapitación y la cabeza del vizconde fue paseada entre vítores clavada en una lanza por las calles de Granada. El fin de Gastón «devolvió la sonrisa al emir de los musulmanes, Ali ben Yusuf, que estaba en Marrakech», según escribió José María de Lacarra. El cuerpo mutilado del vizconde se trasladó a Zaragoza y fue enterrado en la primitiva iglesia románica de Nuestra Señora del Pilar. Pero aunque parezca increíble, los restos de Gastón se «perdieron» en alguna de las demoliciones y posteriores agrandamientos de dicho templo. Una desidia sorprendente, porque el olifante bizantino que el vizconde se trajo de la Primera Cruzada se ha conservado hasta hoy y está en el museo de la Basílica del Pilar. Los restos del primer señor cristiano de la Zaragoza reconquistada fueron cuidados con menos esmero que ese hermoso objeto. O al menos, eso es lo que la historia nos ha transmitido. Gastón fue, en fin, un gran promotor del Camino de Santiago y financió construcciones románicas a ambos lados del Pirineo, una vocación que siguieron también otros miembros de su linaje.

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El vizconde Gastón IV de Bearn en la comparsa de Gigantes y Cabezudos de Zaragoza

Los misterios de la iglesia inconclusa de Agüero no se limitan al capitel de la testa coronada. Decenas de llaves, finamente talladas en los sillares de piedra, están diseminadas por toda la construcción. Meras marcas de cantería para unos, signos esotéricos para otros, lo cierto es que fueron cinceladas con demasiada finura como para ser meramente lo primero. La llave ha sido tradicionalmente un símbolo de la iniciación, del acceso a conocimientos y estados de conciencia que escapan a la experiencia ordinaria. Referida a un lugar indica que hay en él «un misterio que penetrar, un enigma que resolver, una puerta a la iluminación»(2) y avisa de que estamos ante un axis mundi donde es posible para quienes sean aptos «el paso a otro nivel».  Asociar estos significados al templo agüerano equivale a colocarlo en un ámbito distinto del de la religiosidad credencial, ortodoxa. ¿Es forzado hacerlo? No podemos saberlo, y menos considerando que su programa iconográfico está incompleto. Pero lo cierto es que en otro capitel se ve a un niño desnudo a quien dos águilas reales le pican –le abren– la coronilla. El infante desnudo es símbolo del Hombre que ha experimentado la muerte y el nacimiento iniciáticos, del nacido dos veces. Y el águila, como dicen Chevalier y Gheerbrant, «simboliza la potencia más elevada, la soberanía, el genio, el heroísmo y todo estado transcendente. Es el símbolo de la ascensión espiritual, de una comunicación con el cielo, que confiere un poder excepcional». Es ese poder el que produce la «apertura de la coronilla», del chakra Sahasrara, que dirían en Oriente. A cualquiera familiarizado con la tradición yóguica no hace falta explicarle qué significa esa imagen.

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Grial de Agüero

La lista de misterios no se agota aquí. Un canecillo con el rostro del demonio, esquemático pero lleno de malignidad, marca el punto donde la construcción del templo hubo de abandonarse, enviándonos el mensaje de que aviesos designios impidieron que la obra culminara. El famoso verso de las Bucólicas de Virgilio «Amor vincit omnia» (el Amor lo puede todo, el Amor vence todo) aparece inscrito y desgastado en uno de los pilares. En otro pilar un nombre femenino -Decia d’Aresa- es acompañado por un «me fecit», «me hizo». Cuarenta y ocho sillares tienen grabada la inscripción ANOLL, que para unos pudo ser el nombre del arquitecto, para otros el de la cantera de donde se trajeron las piedras y para otros más una referencia a los becerros del escudo de los vizcondes de Bearn. En el ábside central por la parte exterior, allá por donde el templo mira a Jerusalén, muchos ven una referencia griálica en la mano divina que sale de entre las nubes y bendice una copa que le presenta un ángel. Este es otro asunto para el debate, porque las tradiciones griálicas primeras son distintas de la leyenda piadosa del Santo Grial que fue asumida luego por la Iglesia. René Guenon, Julius Evola y René Nelli analizaron la tradición griálica originaria y concluyeron que se trató de la expresión literaria de una vía iniciática caballeresca, heterodoxa y secreta. Tanto Evola como Nelli la asociaron a una concepción de la Cristiandad de carácter gibelino, a una espiritualidad de tipo heroico y sapiencial y a una erótica mística con ciertas concomitancias con el tantrismo. «Toda la literatura del Graal», escribió Evola, «se condensa en un periodo relativamente breve: ningún texto parece ser anterior al último cuarto del siglo XII. A partir del primer cuarto del siglo XIII, cesa de golpe, como si mediara una consigna; se deja de hablar del Graal. Sólo después de muchos años, y ya con un espíritu diferente, se volverá a escribir sobre él. Pareciera pues como si en cierto momento una corriente subterránea hubiera aflorado para volver a ocultarse enseguida» (5).

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Tímpano de Santiago de Agüero http://www.arteguias.com

El programa escultórico de Santiago de Agüero remarca el carácter de rey sagrado de Jesús. El infante de estirpe davídica (su madre porta corona) recibe la triple investidura de los Reyes Magos de Oriente que, como señaló Guenon, son una especie de trasunto de los tres jefes de Agartha. «El Mahanga ofrece a Cristo el oro y lo saluda como Rey. El Mahatma le ofrece el incienso y lo saluda como Sacerdote. Y el Brahatma le ofrece la mirra (el bálsamo de incorruptibilidad, imagen de la Amrita) y lo saluda como Maestro espiritual» (6). Esta escena es la que se representa en el tímpano de la puerta. En el interior se encuentran el sueño de los Reyes Magos, la huida a Egipto y la matanza de los inocentes.

En los dos modillones de la entrada una figura masculina con armadura que porta una espada y una maza y otra femenina desnuda con la mano izquierda sobre el plexo solar y la mano derecha alzada salen de la boca de sendas cabezas de león-dragón. Se podría sospechar en estas imágenes un eco a esa «iniciación al Amor y a la Mujer» que René Nelli y Jean Markale estudiaron en el eros caballeresco medieval. El objeto de tal ascesis amorosa era integrar en el guerrero solar la fuerza del principio femenino luminoso a través de una erótica mística que aunaba la pureza y la pasión intensa. La fusión andrógina así conseguida provocaba una exaltación de la potencia interior y una apertura a estados ampliados de conciencia. Esta erótica «muy misteriosa», al decir de René Nelli, «en algunos elementos se parece a la de los trovadores», pero no es la misma, porque excluye el carácter adúltero que tiene esa última. Los reyes y caballeros del Grial deben ser puros «y sólo pueden enamorarse de mujeres elegidas cuyo nombre sea designado por el propio Grial (¿por la propia organización iniciática?). Y deben casarse con ellas» (7).  Como señala Nelli esa unión es más una hierogamia que un matrimonio convencional y en ella el papel central de la mujer es el de inspiradora, compañera y amante del caballero, no el de madre. Es el mismo tipo de unión conyugal que Chrétien de Troyes presentó en Erec y Enid.

La iglesia agüerana tiene mucho más: animales mitológicos o de fuerte carga simbólica, escenas bélicas con combates entre cristianos y musulmanes, damas tocando música o bailando… Mención aparte merece el motivo de la bailarina acróbata, característico de los templos en donde intervino el taller del supuesto Maestro de Agüero. El bailarín acróbata es un símbolo utilizado en muchas tradiciones para expresar el éxtasis a la vez físico y espiritual. La figura en posición invertida significa, además, «la gozosa libertad de aquellos que están eximidos de las condiciones comunes», seres que se atreven a una «reversión del orden establecido, de las posiciones habituales, de las convenciones» no para caer en «una fase regresiva», sino para alcanzar un estado liberador (Chevalier y Gheerbrant).

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Fotografía de Juan Antonio Olañeta

Todo frecuentador de Santiago de Agüero tiene, en fin, su teoría fantasiosa sobre esta iglesia tan singular. Las hay para todos los gustos. Sin embargo, nunca he oído a nadie considerarla el frustrado templo iniciático de una sociedad secreta caballeresca, tal vez fundada por el vizconde Gastón de Bearn. No se dirá que no es un buen argumento para una novela ambientada en la Edad Media ¿no?

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Fotografía de Antonio García Omedes http://www.romanicoaragones.com

NOTAS

(1) Ricardo del Arco: «Informe sobre la inédita iglesia de Santiago en Agüero», Boletín de la Real Academia de la Historia, tomo LXXIV, cuaderno V, mayo de 1919.

(2) Daniel Zabala: “La iglesia de Santiago de Agüero y la Corona de Aragón: Entre luces y sombras”, revista La estela, nº 31, Jaca, invierno 2013-2014, pp. 22-27.

(3) Jean Chevalier,  Alain Gheerbrant: Diccionario de los símbolosEditorial Herder, Barcelona, 1995.

(4) Juan Eduardo Cirlot: Diccionario de símbolosEditorial Labor, Barcelona, 1991.

(5) Julius Evola: «La leyenda del Grial», en Varios: El Graal y la búsqueda iniciática, Monográfico Cielo y Tierra, Barcelona, primavera-verano 1985.

(6) René Guenon: El Rey del Mundo, Luis Cárcamo Editor, Madrid, 1987.

(7) René Nelli: «El Grial en la etnografía», en Varios: El Graal y la búsqueda iniciática, Monográfico Cielo y Tierra, Barcelona, primavera-verano 1985.


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Siresa y la Selva de Oza

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Monasterio de San Pedro de Siresa (fotografía de Eduardo Serrano, 2016)

licencia-cc Lydia Morales Ripalda

El valle de Hecho es uno de los más emblemáticos del Pirineo. Este valle fue el primer germen territorial de Aragón e incluso la etimología mítica del viejo reino está asociada a él. El humanista siciliano Lucio Marineo Siculo recordaba en su obra De Aragoniae regibus et eorum rebus gestis (1509) que el reino tomó su nombre del río pirenaico homónimo que fluye por el valle de Hecho. Y el nombre de río y reino estaba ligado, a su vez, a los mitos de la presencia de Hércules en España. «Cuando Hércules pasó por España con muy grande ejército», relataba Siculo, «después de que la hubo tomada, conquistada y hecho en ella muchas y grandes ciudades, en memoria de su vencimiento acordó hacer sacrificios solemnes junto a un río que nace de los montes Pirineos. Y para esto puso altar y lugar de sacrificio en su ribera. Aquí mismo, después de haber hecho los sacrificios por orden y como debía, celebraron los griegos aquellos juegos de alegría que llamaban agonales. De suerte que por el altar, que en latín se llama ara, y por los juegos agones juntando dijeron al río y a la provincia Aragón». Historia y mitología aparte, el valle de Hecho ofrece también algunos de los parajes más hermosos de toda la cordillera pirenaica y suele despertar el interés de los amantes de la cultura popular por sus tradiciones arquitectónicas, folclóricas e indumentarias. El primer paso pirenaico del Camino de Santiago, antes de que se abrieran y popularizaran en la Edad Media los de Somport y Roncesvalles, estuvo en esta zona, a través de la antigua calzada romana del puerto de Palo y la Selva de Oza. Esta fue la vía de comunicación que unió en la Antigüedad Caesaraugusta con las Galias, o sea, Zaragoza con Francia.

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Puerto de Palo (fotografía de Pirineos 3000)

El núcleo urbano más septentrional del valle, a escasos dos kilómetros de Hecho e integrado en su ayuntamiento, es Siresa. La aldea, elevada sobre un promontorio a la vera del río Aragón Subordán, tiene una imponente iglesia románica que es todo lo que queda del desaparecido Monasterio de San Pedro de Siresa, «el centro espiritual del originario condado de Aragón»[1]. El monasterio fue fundado por el conde Aznar I Galindo (809-839) en el año 833 eligiéndose para su emplazamiento el solar de una antigua iglesia visigoda. Pronto se convirtió en un enclave religioso importante entregado a cuatro grandes tareas: la primera, el hospedaje y la asistencia a los transeuntes de la calzada romana y a los peregrinos del Camino de Santiago, a quienes la dureza de la climatología y la orografía les hacía muy penoso el cruce de la barrera pirenaica; la segunda, «la conservación de la memoria de la familia condal» primero, real después, de Aragón; la tercera, «la organización del territorio, con sus poblaciones, su ganadería y sus cultivos»[2]; y la cuarta, el ejercicio como gran foco cultural de la zona. En el año 848 san Eulogio de Córdoba visitó el monasterio siresano, gobernado entonces por el abad Odoario, y en una carta dirigida al obispo de Pamplona dejó constancia de las numerosas reliquias y de la enorme biblioteca que poseía el cenobio. Hasta cien monjes trabajaban como copistas en su scriptorium. «Contaba la biblioteca con ejemplares de obras totalmente desconocidas en el resto de la Península y en buena parte de Europa, como libros de Avieno, Virgilio, Juvenal, Horacio o Porfirio»[3]. Tiempo después, en el siglo XII, uno de los grandes monarcas hispánicos de la Reconquista, Alfonso I el Batallador (1104-34), pasaría sus años de pequeño príncipe aragonés en el Monasterio de Siresa, donde fue educado bajo la tutela de su tía doña Sancha. Los restos que hoy se conservan de aquel gran foco religioso y cultural −sólo su iglesia− son precisamente de la época del Batallador, que le otorgó al monasterio siresano numerosos beneficios. El templo románico, de poderosa envergadura, tiene una única nave y un diseño de gran sobriedad. El ábside está levantado sobre una cripta «cuya función principal es salvar el desnivel del terreno y que no tiene comunicación alguna con el exterior»[4]. No hay en toda la fábrica del edificio ni un solo detalle escultórico, «lo que la emparenta con las construcciones lombardo-mozárabes del resto de la Jacetania». Un crismón trinitario en el tímpano de la puerta occidental es el único elemento simbólico que rompe la estricta desnudez decorativa del templo.

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Crismón trinitario del Monasterio de San Pedro de Siresa (foto de Eduardo Serrano, 2016)

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Boca del Infierno (fotografía de Antonio Macías, 2012)

Desde Siresa en dirección norte la carretera va a morir tras diez kilómetros entre los espectaculares parajes boscosos de la Selva de Oza. Tras sobrepasar el barranco de Lenito, a la izquierda, y el de Agüerri, a la derecha nos encontramos con la puerta de entrada a Oza: la Boca del Infierno. Se trata de una imponente y agreste garganta encajonada entre las moles rocosas de Peña Forca y el monte Campanil por la que fluye, salvaje, el río Aragón Subordán. La carretera estrechísima se retuerce sin cesar, con precipicios por arriba y por abajo, ofreciendo en cada una de las curvas «perspectivas diferentes, a mitad terroríficas y sublimes», como describió gráficamente Cayetano Enríquez de Salamanca. El angosto desfiladero se extiende durante cinco kilómetros en los que las paredes rocosas verticales se combinan con un frondoso tejido arbóreo que se encarama por los riscos más inverosímiles. Al final de esos cinco kilómetros el paisaje se abre súbitamente en la amplia llanura boscosa de Oza, donde se encuentran las edificaciones de varios campamentos montañeros y militares y donde muere la vía asfaltada. Las densas masas de hayas, robles, pinos negros y abetos componen paisajes otoñales de una belleza cromática arrebatadora. Cruzándolos en dirección ascendente se llega a una gran pradera desde la que se sube a Aguas Tuertas. El ascenso se hace por canchales y pedrizas surgidos de los procesos de hielo y deshielo que han favorecido desde tiempo inmemorial la fracturación y el diaclasado de las rocas.

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El ecosistema de la Selva de Oza tiene una nutrida población de aves. Aquí podemos toparnos con el pito real, el pito negro y el pico picapinos; con el zorzal o con el mirlo negro, cuyo macho de pico amarillo tiene uno de los cantos silvestres más hermosos. También podemos ver rapaces como el azor, el halcón abejero, el halcón peregrino o el buitre leonado; y pájaros tan llamativos como el camachuelo, habitante de los hayedos, que tiene un plumaje rosa intenso en la parte inferior y gris ceniza en la superior. El senderista se encontrará también con animales terrestres como la gineta, la ardilla, el corzo y el ciervo[5]. En las cercanías del río no es extraño toparse con algún lución -conocido popularmente como «serpiente de cristal»- enroscado entre la vegetación. Este animal de cuerpo grueso, brillante y de medio metro de largo, responsable de los chillidos y los sustos de muchos excursionistas que se lo topan al atardecer, es un saurio extraordinariamente tímido que en el encuentro accidental con los humanos se asusta de nosotros todavía más que los humanos de él. El lución se mueve lateralmente, de modo rápido y convulsivo, y si se lo agarra por la cola, él mismo la secciona. A pesar de lo que pueda parecer, no es una serpiente, sino un lagarto sin patas que puede llegar a vivir entre cuarenta y cincuenta años.

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Aguas Tuertas, el punto de origen del Aragón Subordán, es una turbera surgida de la evolución de un antiguo lago glaciar, un terreno herboso y musgoso encharcado de agua. «Los procesos de erosión junto con la descomposición y acumulación de restos vegetales han acabado colmatando la depresión lacustre, generando una zona de turberas donde el río describe, por la escasa pendiente, meandros de acusada curvatura»[6]. Una vegetación de pastos alpinos y aves adaptadas al frío y a la falta de arbolado como la perdiz nival o el gorrión alpino son las formas de vida propias de este paisaje.

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Aguas Tuertas (fotografía de Abel Muñoz, 2006)

La cuenca alta del Aragón Subordán está catalogada como Punto de Interés Geológico. Presenta el característico valle en artesa, con restos de circos e ibones, propio de su pasado glaciar. Los hielos cuaternarios formaron aquí una lengua de casi veinticinco kilómetros que llegaba hasta Siresa[7]. Es también una de las zonas de mayor concentración de restos megalíticos de todo el territorio nacional. El conjunto megalítico de Oza, Guarrinza y Lizara está declarado zona de interés arqueológico. Está formado por unos treinta puntos con dólmenes, menhires, alineamientos, cromlechs, dibujos geométricos en el suelo, pinturas rupestres y por «más de cien círculos de piedra (en el yacimiento de Corona de los Muertos de la Selva de Oza) difíciles de identificar, posiblemente correspondientes a fondos de cabañas que van desde el Epipaleolítico hasta la Edad Media»[8]La zona, en suma, tiene sobrados atractivos y elementos de interés como para merecer una visita.

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Fotografía de Pirineum

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NOTAS

[1] Luis Aurelio González, Dolores Palomares y José Pallarés: Por los orígenes del Reino de Aragón. Travesía a pie por el Pirineo oscense, Desnivel, Madrid, 2008.

[2] Domingo Buesa Conde, Rafael de Miguel González y Armando Serrano Martínez (coordinadores): La Jacetania, CAI-Prames, Zaragoza, 2006.

[3] De la obra citada en nota 1.

[4] Cayetano Enríquez de Salamanca y Navarro: Por el Pirineo aragonés: Rutas de la Jacetania, Enríquez de Salamanca Editor, Las Rozas (Madrid), 1988.

[5] Álvaro Silva y Mora: Bellezas naturales del Pirineo aragonés, Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja, 1978.

[6] Fernando Solsona: Setenta paseos por los ríos de Aragón. Puntos fluviales singulares, Prames, Zaragoza, 2005

[7] Fernando Lampre Vitaller, José Miguel Vicente Blasco: Parajes naturales de Aragón, Prames, Zaragoza, 2000.

[8] De la obra citada en nota 2.

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Benasque: baños y montañas

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El edificio de los Baños de Benasque enclavado en un espectacular entorno dentro del Parque Natural de Posests-Maladeta (Huesca)

licencia-cc Lydia Morales Ripalda

Imagine que dispone de tres o cuatro días libres en verano, que quiere emplearlos en descansar y recargar las pilas y que desea huir de la ola de calor que anuncian las predicciones del tiempo. ¿Dónde se puede ir? Pues por ejemplo a uno de los parques naturales del Pirineo aragonés, el Posest-Maladeta, eligiendo los Baños de Benasque como base de operaciones. La combinación de alta montaña y termalismo no puede ser más atractiva.

Si uno echa un vistazo a los muy bien editados folletos promocionales de los balnearios de Aragón, reparará en que en la mayoría de ellos los Baños de Benasque no aparecen. De entrada llama la atención, porque se trata del establecimiento termal a mayor altura de España (1.720 metros), enclavado en un paraje espectacular rodeado de “tresmiles” y con unas aguas minero-medicinales que brotan a temperaturas de entre 30º y 37ºC. El motivo de esa exclusión es que la pobre calidad de las instalaciones impide colocarlo en la compañía de balnearios como los de Panticosa, Alhama de Aragón o Paracuellos de Jiloca. El establecimiento de los Baños de Benasque no puede ser calificado ni siquiera de “hotel”. Es un hostal de montaña totalmente elemental, viejo e incluso cutre. Al edificio principal de 1801, mantenido de cualquier manera, se le han ido añadiendo pegotes posteriores, incluyendo barracones prefabricados que hacen las veces de vestuario y escusado en la piscina termal. El motivo de que un lugar tan interesante turísticamente se mantenga en estado tan precario es que la propiedad es pública (del Ayuntamiento de Benasque), pero la explotación en régimen de alquiler para cincuenta años es privada (de una familia de empresarios hoteleros de la zona que tienen, entre otros establecimientos, un spa de tres estrellas dentro del mismo parque natural). El Ayuntamiento no puede permitirse el desembolso de una rehabilitación integral para un establecimiento que, además, está en manos privadas y los arrendatarios no tienen tampoco ningún interés en gastar en algo que no es suyo y que haría la competencia a lo suyo. Así que, unos por otros, los Baños de Benasque no se arreglan y siguen con esa pinta de escenario de película de terror, por fuera, sí, pero sobre todo por dentro. Al aspecto decrépito y desvencijado que tienen interiores y mobiliario se unen carencias impropias de un hostal de nuestros días (la mayoría de las habitaciones no tienen siquiera ducha o bañera, por ejemplo) y una limpieza bastante deficiente, ya que el escaso personal hace de chicos para todo y llega hasta donde llega. El precio básico del alojamiento no incluye el desayuno, pero sí el uso de la rudimentaria piscina termal y de la galería de bañeras (excepto de las de hidromasaje, por las que hay que pagar suplemento). Los tratamientos que se ofrecen son bastante elementales y pueden verse aquí. El establecimiento sólo está abierto en verano.

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 ¿Por qué alojarse en este lugar en vez de en el spa de los Llanos del Hospital o en cualquiera de los hoteles del mismo Benasque? Pues primero, porque las aguas mineromedicinales de verdad están en los Baños, no en ningún spa artificial. Segundo, porque al funcionar todo de aquellas maneras los huéspedes hacen también más o menos lo que quieren, sin demasiada vigilancia ni normas estrictas. El público está compuesto mayoritariamente por montañeros, parejas asilvestradas, abuelos que vienen desde hace décadas y extranjeros que buscan un turismo alternativo. Y la tercera razón es que la grandiosidad, la soledad y el silencio del paraje no admiten parangón con el pequeño bullicio urbanita de Benasque. El enclave es sencillamente espectacular y las vistas son una auténtica belleza.

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La historia del lugar es interesante. Aunque a menudo se alude a un supuesto origen romano de los baños (que es real en lo tocante a Alhama y Panticosa), en el caso de Benasque no hay de momento testimonios documentales o arqueológicos que apoyen esa hipótesis (ver la entrada “Aguas termales y religiosidad en la España romana”). La primera referencia documentada al uso de estas aguas mineromedicinales es de 1522. El edificio actual fue erigido en 1801 por iniciativa del ilustrado, militar y político benasqués Antonio Cornel y Ferraz y con financiación de su amiga y amante Teresa de Silva y Álvarez de Toledo, o sea, la XIII Duquesa de Alba, la misma que pintó  Goya. Cornel fue ayudante de campo del Conde de Aranda, militar ampliamente condecorado por su intervención en diversas campañas y gobernador militar de Valencia y Cataluña. En 1799 Carlos IV lo nombró ministro de Defensa, o ministro de la Guerra, como se decía entonces. Duró poco en el cargo porque sus relaciones con Godoy eran pésimas, así que fue cesado en 1801. La invasión francesa y el estallido de la Guerra de la Independencia lo sorprendieron en Zaragoza y fue uno de los organizadores de la resistencia de la ciudad durante el primer asedio napoleónico. La Junta Suprema Central lo llamó entonces para ocupar de nuevo el cargo de Ministro de la Guerra, cosa que hizo hasta 1811. Cornel fue también un miembro muy activo de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País. Una lápida de mármol blanco, apenas legible por lo desgastada, recuerda la memoria de este insigne desconocido para los españoles de hoy en la galería de bañeras del balneario.

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El edificio de los baños quedó prácticamente destruido durante la Guerra Civil de 1936-1939. Utilizado como cuartel por las fuerzas republicanas, estas le prendieron fuego cuando lo abandonaron y sólo las paredes de piedra sobrevivieron al incendio. En la década de 1950 el lugar se arrendó por primera vez a la familia Valero y se acometió una reconstrucción sin grandes sofisticaciones. Lo que vemos hoy es lo que se hizo entonces, sumándole el desgaste del tiempo, del uso y de la dura climatología. En este vídeo se ofrece un recorrido en imágenes por la historia del balneario.

Incluso en los días más calurosos del verano la temperatura experimenta grandes descensos tan pronto como se va el sol y son habituales los chaparrones nocturnos y las mañanas neblinosas y muy frescas. En lo más duro de la canícula, cuando buena parte del país anda sumida en sus habituales olas de calor, en los Baños de Benasque los huéspedes duermen con dos mantas y no sobran. A las nueve de la mañana, cuando se abre la piscina, el contraste de temperatura entre el agua termal y el ambiente exterior empaña las cristaleras.

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Los Baños son una buena base de operaciones para hacer diversas excursiones y visitas culturales. Por ejemplo, durante nuestra estancia en la zona pudimos visitar una interesante exposición fotográfica en el Palacio de los Condes de Ribagorza de Benasque que conmemoraba el centenario del refugio de La Renclusa, un lugar muy querido para los montañeros que intentan la subida al Aneto. El ciclo de Música en la cima lleva todos los veranos su programa de conciertos gratuitos por diversas iglesias de la comarca. Y los amantes del románico tienen un amplio catálogo de templos y monasterios que visitar. Cerca de los Baños se puede hacer una andada por el Sendero Botánico o del Moral, que discurre paralelamente al río Ésera y que termina en el camino forestal que une los Baños con los Llanos del Hospital. Los clientes del establecimiento termal pueden apuntarse a un recorrido guiado de la senda en compañía de un intérprete de botánica.

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Desde el Llano de la Besurta, a 1.900 metros, se parte para la excursión clásica y obligada de la zona, la del Forau d’Aigualluts, un capricho de la naturaleza a los pies del Aneto que sorprende cuando se ve por primera vez. Desde los glaciares y torrenteras del Aneto y de la Maladeta descienden cursos de agua que crean hermosas cascadas y llegan, a los 2.074 metros de altitud, a una especie de sumidero de 40 metros de profundidad y 70 metros de diámetro donde las aguas desaparecen como por arte de magia. Hasta 1931 no se supo dónde iban a parar. Fue un espeleólogo francés llamado Norbert Casteret quien demostró que recorrían varios kilómetros bajo tierra para salir de nuevo a la superficie en un paraje conocido como los Ojos del Judío, en el Valle de Arán. Casteret apostó a observadores en diversos lugares del Pirineo y vertió seis barriles de un colorante, la fluoresceína, en las aguas del Forau. Unas horas más tarde, la fluoresceína dejaba ver su característico color verde en el agua que manaba en los ojos del valle de Arán. El capricho de la naturaleza está en que unas aguas que debían desembocar, a través del río Ésera, en el Mediterráneo, terminan muriendo en el Atlántico, a través del cauce del río Garona.

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Durante un primer trecho de la andada el camino desde la Besurta para ir al Forau y al refugio de La Renclusa es el mismo. Luego los senderos se separan. La excursión habitual es hasta la pradera y la cascada de Aigualluts, unos metros más arriba del sumidero. El desnivel es de poco más de doscientos metros y la senda es asequible. Durante la marcha se pueden contemplar estampas de gran belleza. El tiempo es extremadamente cambiante y hay que tener la precaución de llevar ropa impermeable y de abrigo. Se puede empezar con tiempo soleado y de manga corta, encontrarse poco después nubes y nieblas y necesitar jerséis, levantarse un aire helado que obliga a ponerse los tabardos y terminar remojados y llenos de barro después de una buena tromba de agua.

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Para reponerse de las inclemencias montañeras, una vez retornados a los Baños, lo mejor es una buena sesión termal en la galería de bañeras. De nueve de la mañana a nueve de la noche la galería está atendida por personal del establecimiento que desinfecta las bañeras después de cada uso y controla los tiempos (20 minutos justos en los ratos de más tráfico, algo más en las horas menos concurridas). Antes y después de esas horas las bañeras siguen abiertas para los huéspedes del hostal, aunque son ellos mismos los que tienen que coger el amoniaco, los guantes de fregar y el mocho para limpiárselas. A cambio pueden estar a remojo tanto como les plazca, sin que nadie les limite el tiempo. Esta enorme bañera para dos merece probarse y disfrutarse…

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Los tres o cuatro días de asueto pueden completarse con una visita a la estación de esquí de Cerler para subir en el telesilla del Aneto o con una excursión al santuario de Guayente, cuya acogedora iglesia está habitualmente abierta y desierta, cosa que permite entregarse sin ser molestado a un buen rato de oración, de meditación o de simple silencio. Un paseo agradable, y muy frecuentado por los lugareños, es el que une Benasque y la pequeña aldea de Anciles. Son veinticinco minutos por la carretera boscosa y luego se puede volver por el Camino de la Ribera, siguiendo el río Ésera. En Anciles vive una antigua compañera mía de la universidad -Luz Gabás- que se ha hecho famosa gracias a su novela Palmeras en la nieve. Viendo lo bonita que es la aldea no podemos sino alabarle el gusto de haber dejado la ciudad y la docencia para retirarse aquí y dedicarse a escribir. Afortunada ella que puede permitirse lo que otros sólo podemos soñar… De momento.

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Fotografías de Eduardo Serrano  licencia creativecommons

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El cañón del río Mesa

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Santuario de Nuestra Señora de Jaraba

licencia-cc Lydia Morales Ripalda

El río Mesa, afluente del río Piedra, nace en el monte Aragoncillo de Guadalajara, en la zona septentrional de la Alcarria. Desde allí fluye hacia el norte y se adentra en tierras aragonesas para desaguar hoy en el pantano de la Tranquera. Su recorrido es corto, sólo sesenta y cinco kilómetros, pero a lo largo de él sus aguas han esculpido un cañón espectacular con paredes de piedra caliza de más de cien metros de altura. Debido a la naturaleza calcárea de los terrenos que atraviesan, las aguas del río contienen una elevada cantidad de carbonato cálcico que precipita en manantiales y cascadas formando una roca sedimentaria porosa llamada travertino. En los enormes canchales cincelados por la erosión y los derrumbes anidan aves rapaces como el alimoche, el águila culebrera, el halcón peregrino, el búho real y el buitre leonado, que tiene en el cañón del río Mesa una de sus colonias más importantes de la Península Ibérica. Otras aves como el cernícalo, el martín pescador, el autillo, el mirlo, el abejaruco o el alcaudón viven en las riberas comiendo frutos, larvas, insectos y pequeños peces. Las aguas puras del río Mesa permiten prosperar a una fauna fluvial de truchas, barbos, madrillas y nutrias. En cuanto a la flora, el cañón era originariamente un carrascal salpicado por sabinas negrales, majuelos, fresnos, sauces y vegetación arbustiva. Hoy hay también pinos y chopos introducidos por la mano humana. Los sotos de ribera, por su parte, han dado paso en bastantes tramos a fértiles vegas de huertos y frutales.

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En el término de Calmarza, el primer pueblo zaragozano de su curso, el río Mesa se hunde en la llamada Sima de Calmarza y crea a su paso fosas y galerías. La parte más bella del cauce es la que va desde aquí hasta la localidad de Jaraba, un tramo en el que las aguas cristalinas del río se retuercen mansamente formando hoces espectaculares y recibiendo las aportaciones de diversos manantiales. A lo largo de este recorrido las surgencias de aguas subterráneas procedentes de zonas profundas de la corteza dan lugar a fuentes termales. «Estas surgencias se localizan en estratos calizos con disposición vertical, que por un lado favorecen el rápido ascenso de las aguas almacenadas en los acuíferos y por otro minimizan la mezcla con las aguas frías superficiales»[1]. Tres establecimientos de aguas minero-medicinales se suceden en breve trecho: el Balneario de la Virgen, en pleno cañón; el Balneario de Sicilia, a la entrada de Jaraba; y el Balneario de Serón, en el propio casco urbano de la localidad. Estas aguas minero-medicinales fueron declaradas de utilidad pública en 1869 y fue en el siglo XIX cuando se abrieron los establecimientos actuales. Son aguas de mineralización media, bicarbonatadas, cálcicas y magnésicas que emergen a una temperatura entre 28º y 34ºC. Están indicadas para las afecciones renales, respiratorias y del aparato locomotor; para los traumatismos inflamatorios, las secuelas postraumáticas, la artrosis, los reumatismos y las varices; y también para curas de relax y antiestrés.

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Imágenes del Balneario de La Virgen

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Un buen lugar para alojarse si se quiere pasar unos días de reposo en estos parajes es el Balneario de la Virgen, un establecimiento pequeño y tranquilo, sin lujo ni sofisticaciones, pero interesante por su historia y su emplazamiento realmente pintoresco. En páginas como Tripadvisor los comentarios sobre este “típico balneario para abuelos” no son demasiado clementes, pero nuestra experiencia fue positiva. Hicimos la reserva básica de alojamiento, desayuno y piscina termal, avisados de que la relación calidad-precio en las comidas no era interesante para el cliente no subvencionado. El balneario toma su nombre por estar vecino al Santuario de Nuestra Señora de Jaraba, una construcción de los siglos XVI-XVIII encaramada en los despeñaderos silenciosos del barranco de la Hoz Seca. La sacralidad del enclave se hunde en la noche de los tiempos y pudo ser, en origen, lugar de culto de alguna deidad femenina celtíbera. Los restos de castros celtíberos que hay en la zona, y el hecho de que la imagen mariana sea una minúscula Virgen negra, abonan esa hipótesis. Por el cañón del río Mesa pasaba una vía romana que comunicaba Bilbilis (Calatayud) con Toletum (Toledo) y en Jaraba y Calmarza se establecieron guarniciones militares. Había un puente romano sobre el río, hoy desaparecido, y las aguas termales de la zona —sacralizadas por la presencia numinosa de las Ninfas— ya eran usadas con fines terapéuticos en época clásica. La caída del Imperio y el advenimiento del reino cristiano independiente supusieron una decadencia progresiva de estos y otros balnearios hispanos. En la España visigoda se asociaba la cultura termal con la religiosidad pagana y eso trajo consigo el abandono progresivo de los enclaves de aguas minero-medicinales. Lo que sí parece probable es que la cristianización del lugar sagrado pagano se produjera ya en la época visigoda, en torno al siglo VI. La invasión islámica del siglo VIII provocó el abandono o la destrucción de esa primera iglesia o eremitorio.

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La zona fue reconquistada en el año 1120 por Alfonso I el Batallador. Casi inmediatamente, según la tradición, la imagen de la pequeña Virgen negra fue hallada por unos pastores. Apareció «no en el lugar donde se edificó el santuario, sino enfrente, al otro lado del barranco, en un saliente de la peña en el que no se pudo edificar el templo por falta de espacio»[2]. Sea real o legendario el motivo, lo cierto es que el nuevo eremitorio se erigió en el lugar que había sido sagrado desde la Antigüedad, colgado de los desfiladeros del barranco. De una de sus rocas mana un aceite mineral al que se le han atribuido propiedades terapéuticas; los ermitaños de antaño lo utilizaban, además de cómo ungüento, «para alimentar las lámparas que ardían ante la imagen de la Virgen». La tradición cuenta que los guerreros cristianos que combatían en la zona se dieron cuenta de que sus heridas y traumatismos sanaban si se bañaban en un manantial termal cercano al santuario de la Virgen (bautizado como Manantial de San José) y se aplicaban el aceite de la roca. En su piedad, y al igual que los antiguos habían atribuido sus curaciones a las Ninfas, ellos las atribuyeron a milagros de la Virgen operados a través del aceite y de las aguas. Así pues construyeron una piscina termal bajo la roca, en el recodo del cañón donde manaba el manantial, para tomar baños terapéuticos. Las crecidas del río Mesa la destruyeron muchas veces a lo largo de los siglos y siempre se volvió a reconstruir. Hasta hoy, porque la piscina del balneario actual es la lejana sucesora de aquella medieval.

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El cañón del río Mesa es la segunda escuela de escalada más importante de la provincia de Zaragoza. Los primeros itinerarios se abrieron, a la vieja usanza, en los años 70, pero fue a partir de los años 80 cuando sus paredes rocosas vieron la apertura, por obra de escaladores maños y madrileños, de la mayoría de las vías deportivas que se pueden disfrutar en la actualidad. Hay alrededor de cien con grados variados que ofrecen la posibilidad de escalar en silencio y soledad durante casi todo el año en un marco de auténtica belleza. Este mapa de Jaraba Turismo recoge las más frecuentadas.

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El cañón es, además, un lugar privilegiado para la práctica del senderismo, con caminos practicables y bien señalizados. El itinerario entre Jaraba y Calmarza por el río (6,7 km) o por el barranco de la Hoz (12,4 km), la ruta desde Jaraba al Mirador de los Buitres (un observatorio magnífico de la rica avifauna del cañón) o el itinerario de los Miradores y la Pedriza, que sale desde el Balneario de Sicilia y ofrece vistas panorámicas espectaculares, son algunas de las rutas más recomendables. En este folleto realizado por PRAMES — Paseos y excursiones por el entorno de Jaraba y Calmarza— se pueden ver esas y otras opciones, con indicaciones detalladas. Si preferimos paseos por la zona sobre dos ruedas,   en el Balneario de la Virgen es posible alquilar bicicletas.

Por último, desde el Santuario de Nuestra Señora de Jaraba puede hacerse una andada hasta el final del barranco de la Hoz Seca para ver las pequeñas pinturas rupestres que fueron descubiertas allí en 2010. Un vecino de la zona, Serafín Benedí, las encontró de forma casual y dio aviso a la Universidad de Zaragoza, que envió a sus especialistas de inmediato. Se calcula que pueden tener una antigüedad de 7.000 años y representan cuatro figuras de color negro, una pareja humana y dos ciervos. La figura masculina sostiene un arco y está ataviada con un penacho de seis plumas en la cabeza y la figura femenina, en peor estado de conservación, parece portar un niño a sus espaldas. Las pinturas son de estilo levantino y sorprendieron en su momento por ser el conjunto más occidental que se había hallado de pinturas de este tipo. La catedrática de Prehistoria de la Universidad de Zaragoza Pilar Utrilla Miranda explicó a Heraldo de Aragón que, puesto que «están en un lugar donde eran visibles y desde donde se domina visualmente una zona amplia», las pinturas debieron de ser «una especie de marca del territorio. En realidad, todo el arte levantino debió de tener esa función». (10-VII-2010)

 

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Pinturas rupestres de Roca Benedí, www.arteprehistorico.es

Fotografías de Eduardo Serrano   licencia creativecommons

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NOTAS

[1] Fernando Solsona et alii: 70 paseos por los ríos de Aragón. Puntos fluviales singulares, Prames, Zaragoza, 2005.

[2] Varios: Guía para visitar los santuarios marianos de Aragón, Ediciones Encuentro, 1996.

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Manuel Matheu y las Termas Pallarés: un oligarca olvidado y su balneario

 

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Lago termal de Termas Pallares (Alhama de Aragón, Zaragoza) con el mausoleo de Manuel Matheu al fondo a la izquierda

licencia-cc   Lydia Morales Ripalda

La evolución histórica de los establecimientos de aguas minero-medicinales en España es curiosa. Los viajes para tomar aguas en los balnearios fueron, en realidad, el origen del turismo en nuestro país. Durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX el termalismo vivió en España una época dorada. Los clientes habituales eran la aristocracia, la burguesía adinerada, los artistas e intelectuales y los profesionales liberales, aunque en España también ha existido siempre una tradición termalista popular. Los balnearios más afamados reflejaban su relevancia en la vida social de la época con la magnificencia y la elegancia de sus instalaciones. Pero las turbulencias políticas de la II República, la Guerra Civil y la Postguerra acabaron con este período de esplendor del turismo termal. Los establecimientos balnearios fueron abandonados o destruidos y hasta bien entrada la década de los 80 no empezaron a recuperarse de un modo decidido. La reapertura de instalaciones y la creación de nuevas infraestructuras se hizo en muchos casos gracias al apoyo del Imserso (Instituto de Mayores y Servicios Sociales), lo que condicionó su nueva orientación como establecimientos para jubilados. Las décadas de dejadez y abandono causaron estragos en aquellos elementos de las edificaciones, los jardines y el mobiliario que merecían conservarse y la dependencia de una clientela mayor y subsidiada por el Estado no fue el mejor incentivo para la puesta al día ni para el desarrollo de nuevos modelos de turismo termal. Actualmente se está empezando a promover un turismo de bienestar dirigido a un perfil de cliente distinto, más joven y en edad activa. El cambio de modelo avanza, pero lo hace con lentitud por la falta de coherencia en el posicionamiento de mercado de muchos de estos establecimientos. Los precios no subsidiados de los servicios, incluso de los básicos, son a menudo demasiado caros para un cliente  golpeado por la crisis y la degradación económica de la clase media española. Y a la vez, la mayoría de los establecimientos balnearios clásicos de nuestro país no reúnen las condiciones de lujo y exclusividad que exige el turismo de más alto poder adquisitivo.

El Balneario de Panticosa y las Termas Matheu (luego Termas Pallarés) de Alhama de Aragón fueron los dos establecimientos balnearios aragoneses preferidos por los agüistas elegantes de la Belle Epoque. El municipio de Alhama de Aragón es conocido por sus fuentes termales desde la Antigüedad. Llamada Aquae Bilbilitanae por los romanos, la localidad era un área de descanso importante de la calzada que iba desde Caesaraugusta (Zaragoza) a Emerita Augusta (Mérida) e incluso el emperador Antonino descansó en ella y tomó las aguas con su guardia pretoriana en uno de sus viajes por Hispania. En su estudio Termalismo y religión[1]  Francisco Díez de Velasco recoge los testimonios arqueológicos de dedicaciones a deidades paganas encontrados en Alhama. La caída del Imperio romano supuso para las Aquae Bilbilitanae y el resto de los balnearios hispanos el abandono. Los visigodos no tenían la cultura del agua de los romanos y para Spania, el nuevo reino cristiano independiente que ellos gobernaban, termalismo y religiosidad pagana iban de la mano y, por tanto, juntas se rechazaban.

Manuel Matheu quiso recuperar la conexión espiritual con ese pasado romano cuando se embarcó en 1860 en el ambicioso proyecto de construcción de un establecimiento termal en Alhama de Aragón. Esculturas de dioses y de emperadores, zonas de baños con la estética de las termas antiguas, edificios modernistas de aire neoclásico, jardines boscosos que evocaban aquellos donde las ninfas habitaron… Matheu soñaba con un pequeño paraíso para la salud y el descanso, pero también para que la gente bien de su tiempo hiciera vida social y alternara.

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Unos muy gratos días de asueto pasados en Termas Pallarés durante la segunda semana de junio nos descubrieron a este personaje tan interesante, uno de esos actores secundarios, pero influyentes, de la vida social española de una época, en este caso del siglo XIX. El peculiar perfil de Manuel Matheu ―el hombre de negocios masón que se hace de oro por su proximidad al poder y sus tratos comerciales con la Administración, que adquiere relevancia y prestigio social y que se involucra en las maniobras políticas del momento desde la sombra― no es muy distinto del de esos “ricos hommes del Reyno” que también medran y mangonean, lejos de la mirada y el conocimiento del español medio, en esta España de principios del siglo XXI. Sorprendentemente Termas Pallarés no hace demasiado por recordar en sus dominios a este personaje, que resume en sí mismo un pedazo de la historia de España. Un libro ligero sobre el balneario que compramos en el pueblo fue quien nos despertó la curiosidad por saber más del fundador del establecimiento[2].

Manuel Matheu Rodríguez nació en Barcelona en 1799 de padres comerciantes acomodados, pero no acaudalados[3]. Joven ambicioso con un deseo feroz de medrar, pronto dio los primeros pasos para labrarse su fortuna personal. Se acercó a la política a través de los círculos liberales, se unió a la masonería e ingresó en la Milicia Nacional al proclamarse la Constitución de 1820. Comenzó su carrera en los negocios tras el fracaso del Trienio Liberal y hasta la muerte de Fernando VII en 1833 se mantuvo prudentemente apartado de la política. A lo largo de la vida de Matheu los momentos turbulentos de cambio de régimen iban a ser ocasión para pequeños exilios dorados en París, Colonia y el norte de Italia en los que el empresario aprovecharía para ampliar su visión de negocios. En 1824 el joven Matheu se casó con una señorita de la alta burguesía, Magdalena Gibert Abril, con quien tuvo siete hijos que murieron todos antes que su padre. Cinco años después de su matrimonio Matheu abandonó Barcelona de modo definitivo para instalarse en Madrid, donde estaban sus contactos realmente influyentes. En 1833 un cuñado de su esposa Magdalena fue ennoblecido por Fernando VII con el título de Marqués de Casa Riera y es fácil intuir que ese triunfo social de su concuñado debió de abrir para Matheu una nueva vía de ambiciones -la del acceso a la aristocracia-, máxime cuando en 1836 se vio distinguido por la Reina regente con la cruz de la Orden de Carlos III y con el ingreso en la Orden de Isabel la Católica. La política de ennoblecer a hombres acaudalados próximos a los Borbones seguiría mucho más intensamente durante los reinados de Isabel II, Alfonso XII y Alfonso XIII. De hecho, uno de los hermanos de su esposa, Jaime Gibert Abril, llegó a jefe de la Intendencia General de la Casa Real y se convirtió en Marqués de Santa Isabel en 1856 por merced de Isabel II.

La Regencia de María Cristina de Borbón-Dos Sicilias durante la minoría de edad de su hija Isabel II fue el momento del gran despegue social de Matheu, que era amigo personal de los generales y políticos liberales Francisco Espoz y Mina y Baldomero Fernández-Espartero y contaba con buenas conexiones dentro de la Casa Real. Matheu creó diversas sociedades que obtuvieron la concesión de suministros a la Administración, en concreto a hospitales, cárceles, ministerios y el propio ejército, y que le reportaron grandes beneficios económicos. Fue también apoderado de la Compañía General de Pozos Artesianos y consiguió el privilegio real, durante cinco años y en toda España, para acometer en exclusiva perforaciones con un nuevo sistema a vapor. Participó en otras empresas como la Sociedad Española de Seguros, la Azucarera Peninsular, el Canal de Isabel II o la sociedad constructora del ferrocarril Madrid-Zaragoza. La Desamortización de bienes eclesiásticos acometida por el ministro liberal Mendizábal en 1836 fue la ocasión para que Matheu pegará un pelotazo de primera magnitud al quedarse a un precio muy ventajoso con los 3166 pies cuadrados del convento de Nuestra Señora de las Victorias, en pleno centro de Madrid junto a la Puerta del Sol. El enorme solar se extendía desde la calle Carretas hasta la calle de la Victoria y desde la calle de la Cruz a la Carrera de San Jerónimo y se revalorizó rápidamente por el diseño de un plan urbanístico que contemplaba la apertura de nuevas calles y la construcción de manzanas de bloques de viviendas en los terrenos adquiridos por el industrial. Buena parte de esos edificios se destinaron al alquiler, de modo que Matheu se convirtió en uno de los grandes rentistas de la Villa y Corte[4]. Una de las calles que se abrió en sus terrenos, y que desembocaba en la Puerta del Sol, lleva todavía su nombre. El Pasaje de Matheu fue en origen un suntuoso bulevar comercial que el empresario construyó entre 1843 y 1847 y donde se abrieron tiendas de moda, entre ellas las de su propia empresa textil La Villa de Madrid, que vendía su género en España y el extranjero. Hoy este pasaje es una calle peatonal abierta llena de bares y restaurantes. El imparable ascenso social de Matheu en la capital se rubricó con la compra en 1837 de la finca del V Marqués de Belgida en Carabanchel Alto, una zona donde bastantes aristócratas residentes en Madrid tenían sus quintas de verano. Matheu reformó la casa-palacio por todo lo alto, dándole un toque neorrenacentista. “En el interior creó salas de estilo neoárabe con arcos de yesería y vidrieras policromadas”[5].

                                       ODonnel-Espartero-

El potentado tenía también casa en el centro de Madrid, que hacía esquina con el pasaje de su nombre. Fue precisamente allí donde se alojó el general Espartero al triunfar la Revolución de 1854, la llamada Vicalvarada, que Matheu contribuyó a financiar con un millón de reales de vellón entregados a Espartero, una cantidad que en su testamento dejó consignada como irrecuperable. En el balcón de la casa de Matheu se produjo una escena que ha quedado para los libros de historia de la España contemporánea: la del abrazo de Espartero y su antiguo enemigo el general O’Donnell ante la jubilosa multitud del pueblo de Madrid. Ese abrazo fue el comienzo del llamado Bienio Progresista (1854-56), otro de los muchos períodos turbulentos de nuestra historia contemporánea que los españoles de hoy desconocen casi por completo. Las Cortes Constituyentes que abrieron sus sesiones pocos meses después de la escena del abrazo tenían a Matheu sentado en uno de sus escaños en calidad de diputado. Su influencia en la sombra creció cuando se convirtió en prestamista del Gobierno siendo ministro de Hacienda Pascual Madoz, el artífice de una nueva Ley de Desamortización que otra vez benefició especialmente a los burgueses acaudalados como Matheu.

Matheu llegó a Alhama de Aragón a finales de su ajetreada década de los 50, riquísimo e influyente, pero con la salud quebrantada. La artrosis le había dejado las manos casi inútiles y el oligarca padecía terribles dolores articulares. Su estancia en el rudimentario balneario de Cantarero mejoró tanto su estado que allí mismo empezó a entretejer el sueño de crear en Alhama un elegante complejo termal del estilo de los que había visitado por Europa. Las aguas de Alhama eran excelentes para músculos y articulaciones, para las vías respiratorias y para el equilibrio psíquico, gracias a su carácter sedante y relajante. El empresario invirtió buena parte de su fortuna en materializar el proyecto y no se paró en barras a la hora de conseguir que se le vendieran fuentes y terrenos. Si algún lugareño no se convencía por la fuerza de dinero, Matheu pasaba a la presión, lisa y llanamente. En 1860 comenzaron por fin las obras. Garantizar unas comunicaciones fáciles para llegar a Alhama era una de las cosas que necesitaba el proyecto. Así que Matheu usó su condición de accionista de la compañía que construía el ferrocarril Madrid-Zaragoza y sus contactos en la Casa Real para desviar el trazado previsto de la línea y hacerlo pasar, literalmente, por las puertas de sus termas. El túnel de carretera que está junto al establecimiento era originariamente el del tren. Todavía hoy una línea de ferrocarril convencional atraviesa con un paso sobreelevado los terrenos del balneario.

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Edificio del Hotel Termas con el antiguo tunel del ferrocarril al fondo.

El actual balneario cuenta con tres hoteles, el Hotel Termas, el Hotel Parque y el Hotel Cascada. El edificio del Hotel Termas es el primero que mandó construir Matheu sobre la ladera de una colina rocosa y retranqueado respecto a la primitiva carretera. El zócalo corrido de su parte inferior albergaba la galería de baños provista de aguas minero-medicinales por dos manantiales caudalosos, La Mineta y el Termas. La galería sigue en uso hoy con el nombre de Aquaterma y mantiene la estética de antiguo baño romano que le quiso dar Matheu. Este edificio de cuatro pisos fue el primero de España que tuvo ascensor, una verdadera pieza de museo que está expuesta en la segunda planta del hotel. Una magnífica escalera imperial comunicaba las tres primeras plantas. A pesar del refinamiento perdido, los salones sociales del edificio permiten hacerse idea de la magnificencia y la elegancia originales.

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Mientras las obras de las construcciones avanzaban, Matheu se aplicó también a encargar el diseño de un parque que remedara un bosquecillo natural y que rodeara a la joya del establecimiento: el lago termal. Este capricho audaz y excéntrico del millonario pasó por la adquisición de la finca de un lugareño donde varios miles de surgencias termales brotaban del suelo encharcándolo. Todo lo que se hacía con ese terreno era usarlo como alberca dedicada al secado de cáñamo. Matheu, en cambio, vio su potencial. Durante dos años se excavó la cubeta para convertir aquello en un lago cuyas aguas -con una temperatura constante entre los 28º y los 34ºC- se renovaban por completo cada treinta y seis horas. El resultado no pudo ser más espectacular. Los agüistas decimonónicos usaban el lago para inhalar los efluvios de sus aguas minero-medicinales mientras navegaban por él. Hoy el lago se usa para el baño y es un placer único que sólo puede ofrecer en España este balneario.

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Matheu tenía la ambición de que el balneario le sirviera para estrechar su relación con la Familia Real, así que estaba empeñado en que los Borbones se convirtieran en los agüistas más ilustres de sus termas. Se embarcó en la construcción de una casa-palacio con un exterior de líneas sobrias y unos interiores lujosos cuyo único objetivo era, en palabras de Cristina Taboada, “ofrecer a los soberanos un lugar idílico para escapar del mundo”. Para ello ordenó erigir el edificio en el lugar más elevado de sus terrenos, desde donde se disfrutaba la mejor vista del bosquecillo y del lago. El palacete, desgajado hoy de la propiedad del resto de la finca, desgraciadamente está vacío, descuidado y cerrado. Huéspedes habituales del mismo eran el esposo de Isabel II, el rey consorte Francisco de Asís de Borbón –Paquito Natillas según el mote popular, que hacía burla de su falta de virilidad- y también el marido de la infanta Luisa Fernanda, el intrigante Antonio de Orleans, Duque de Montpensier. Montpensier, precisamente, acababa de llegar a Madrid desde las Termas de Matheu cuando mató en duelo a Enrique de Borbón, el hermano de Paquito Natillas y primo carnal de su esposa y de la Reina. Enrique había escrito varios artículos y panfletos con críticas virulentas a Montpensier, que aspiraba a hacerse con el trono español derrocando a su cuñada Isabel II, cosa que el progresista Duque de Sevilla también aspiraba a hacer. La ya vieja inquina entre los dos hombres se dirimió en un duelo en el que Enrique, caballeroso, disparó al aire para no herir a su detestado pariente, pero Montpensier disparó intencionadamente a matar. “Nadie en Madrid le perdonó a Montpensier la ignominia”, escribe Cristina Taboada en su libro sobre la historia del balneario. Para la Familia Real también construyó Matheu un suntuoso baño árabe que se llamó simplemente el Baño del Rey. Pero no llegó a usarse porque Isabel II fue destronada en la Revolución de 1868. El edificio está hoy abandonado y tapiado, de modo que muchos agüistas actuales ni siquiera se percatan de su existencia. Las dos bañeras de los monarcas están hoy en la galería termal del Hotel Parque.

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Estado actual del edificio del Baño del Rey

Con sus termas ya en funcionamiento, Matheu residió a caballo ferroviario entre Madrid y Alhama. El potentado estaba orgulloso de su proyecto y él mismo escribió una Reseña de las termas y establecimientos de baños de la propiedad de D. Manuel Matheu en el término de Alhama de Aragón, publicada en Madrid en 1865. “La idea de prestar un señalado servicio a la humanidad doliente nos lleva a escribir esta sucinta reseña”, decía Matheu. “Impúlsanos igualmente el cumplimiento de un deber que consideramos sagrado, puesto que todos estamos obligados moralmente a contribuir al alivio de los males ajenos, ya con los conocimientos científicos, ya con los adquiridos por la propia experiencia. La necesaria permanencia en estos sitios, motivada por afecciones que hemos logrado extinguir completamente por beneficio de estas aguas, nos ha hecho admirar las maravillosas cualidades curativas de las mismas”. Y seguía: “Hemos querido contribuir a hermosear estos sitios, y al efecto hemos construido varios edificios y restaurado un antiguo castillo romano, el cual se halla colocado en la cumbre de una elevada colina que domina los sitios donde están colocados los baños (…)  El fruto que esperamos de nuestras recomendaciones y nuestros esfuerzos es el bien de nuestros semejantes, el bien de la humanidad, al cual estamos todos obligados a contribuir…”.

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A la derecha de la imagen, la casa-palacio para la Familia Real

Los últimos años de Matheu, sin embargo, fueron amargos. Las turbulencias políticas hicieron decaer su influencia y no le faltaron disgustos y sinsabores. Y en 1870 perdió con unos meses de diferencia a los dos últimos hijos que le quedaban vivos, Magdalena y Manuel. Había perdido a otros cinco antes: Pelayo, a los cinco años; María, a los tres; Raimunda y Jaime, el mismo día de 1852, una en Granada y el otro en Madrid a los 23 y 22 años respectivamente; y Rafael, a los diecisiete. El rico oligarca, ya viudo, afrontaba sus últimos años solo y sin sucesores directos y de confianza a quienes legar su proyecto de Alhama y el resto de sus propiedades y su fortuna. Como tantas otras veces, la realidad de nuestra finitud y nuestra condición mortal y el carácter evanescente de todos nuestros logros y ambiciones debió quedar dolorosamente patente para quien había sido un triunfador toda su vida. En 1872 Matheu falleció en Alhama y en su testamento impuso a sus herederos la obligación de construirle, para él y su familia, un panteón en sus termas, mirando al lago. Un interesante artículo de Antonio J. Traid publicado por la revista cultural de Alhama –La masonería del siglo XIX en Alhama de Aragón– analiza el simbolismo masónico del templete: los siete escalones que simbolizan las siete virtudes masónicas, las columnas, las dos puertas orientadas a este y oeste, los cuatro óculos que representan los puntos cardinales y el alfa y el omega dentro de una estrella en cada puerta. En la parte posterior del edificio está representada la cruz patada con una guirnalda de los caballeros de la Orden de Isabel la Católica. Matheu, cuyo nombre masónico era Régulo, posiblemente ostentó la dignidad de Teniente Gran Comendador (así figura en el obituario que le dedicaron unos hermanos masones y que se encontró en la librería Arús de Barcelona), es decir, de segundo del Gran Maestre, una posición elevadísima en la masonería española. Teniendo en cuenta la dependencia de la masonería hispana del Gran Oriente de Francia, y considerando como Francia usaba esa conexión para tutelar la política española, Traid se plantea la sugestiva hipótesis de si “fue Matheu un agente apoyado económicamente por Francia para defender un Estado liberal en España”. Esto es lo mismo que decir que el dinero que Matheu prestaba al Gobierno de España no siempre era propio, sino que a veces llegaba  desde Francia y se canalizaba a través del potentado. Y como es lógico, junto con el dinero llegarían directrices que supondrían ajustar la agenda política española a los planteamientos e intereses franceses. Lamentablemente, el singular mausoleo masónico de Matheu está cerrado y en estado de abandono. No parece que la empresa que es la propietaria actual de Termas Pallarés (Relais Termal, radicada en Santander) tenga demasiada conciencia del valor histórico de este legado ni de cómo convertirlo en un atractivo añadido de su establecimiento.

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Detalle exterior del mausoleo de Manuel Matheu, alusivo a su condición de caballero de la Orden de Isabel la Católica

Fallecido Matheu su herencia fue objeto de disputas legales entre unos primos del potentado y las dos personas -un hombre y una mujer- a quienes éste había nombrado sus herederos principales. Las obras de conservación y mejora del balneario quedaron paralizadas y en 1911 las termas fueron vendidas a Ramón Pallarés, a quien deben su nombre actual. El balneario recuperó entonces su lustre originario y siguió creciendo. En 1915 se abrió el Hotel Cascada, que debe su nombre a la cascada de inhalación que alberga en sus instalaciones. El gran tenor Julián Gayarre, que se alojaba allí durante la inauguración, tuvo que asomarse a la ventana apremiado por sus admiradores e improvisar unas cuantas arias. Otros cantantes de ópera famosos como Miguel Fleta y Lucrecia Arana, o escritores como el poeta Juan Ramón Jiménez, eran asiduos de este hotel y de los tratamientos de inhalación de la cascada termal. También era un habitual el general José Sanjurjo, que iba a tratarse sus frecuentes bronquitis. Cristina Taboada cita a Ignacio Luca de Tena para relatar que en el balneario Sanjurjo participó en una reunión conspiratoria contra el gobierno liberal presidido por Manuel García Prieto, último presidente constitucional del reinado de Alfonso XIII.

 

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Edificio del Hotel Cascada

El último gran edificio de Termas Pallarés, el Casino, fue inaugurado en 1917. Se conserva una carta de Ramón Pallarés al Duque de Monterredondo, un agüista asiduo, donde el propietario le comunica con orgullo el final de las obras. Además de las salas de juego tenía salones de reuniones, una biblioteca y un teatro perfectamente equipado. Su terraza era amenizada en las noches de verano por la música de un cuarteto de cuerda. Los actuales gestores del establecimiento han recuperado esta tradición ofreciendo sesiones de jazz en vivo las noches de los fines de semana estivales.

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Edificio del Casino

¿Y el balneario hoy? Vaya por delante que nuestra estancia fue sumamente placentera. Íbamos a celebrar nuestro cumpleaños conyugal y a darnos un poco de buena vida después de meses de problemas laborales y de estrés por sobrecarga de trabajo. Y el objetivo de descansar, relajarnos y gozar de un marco grato y tranquilo para darnos una buena ración de mimos se cumplió a satisfacción. El lago termal es una verdadera delicia y después de varias horas al día flotando en él no hay estrés que se resista a sus poderes sedantes. El moqueo de la alergia primaveral desapareció, los dolores musculares y articulares se aliviaron y hasta la piel salía de las aguas suave como una nalga de bebé. Por el precio del hotel de cuatro estrellas -el Termas- nos alojaron en el de cinco -el Cascada- y dispusimos de una habitación grande, elegante y muy agradable desde la que veíamos esto:

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Pero dicho lo anterior, es bastante evidente que el establecimiento puntúa regular en mantenimiento y da pena el desaprovechamiento o el descuido en que tiene su patrimonio histórico. El sendero para subir al mausoleo de Matheu está medio comido por la maleza y el singular edificio se encuentra en mal estado de conservación por fuera y por dentro, como vimos aplicando el ojo a la cerradura. Que la Casa-Palacio (edificio que es propiedad actualmente de la familia Taboada) y el Baño del Rey estén cerrados y cayéndose a pedazos es una tristeza. En este lugar patrimonialmente tan interesante no se está haciendo nada de interpretación del patrimonio. Esto demuestra falta de visión por parte de la empresa propietaria, que se conforma con tratar el lugar como un punto hotelero más, sin ver el valor diferencial que sus termas poseen. Y es que los clientes pasan por el lugar sin enterarse de los valores culturales e históricos que atesora. Un buen programa de interpretación patrimonial, con visitas guiadas, se podría incluir como atractivo añadido en el paquete básico de alojamiento, desayuno, lago y un circuito termal que el establecimiento ofrece. Y eso, además, lo haría diferente de todos sus potenciales competidores, porque no hay otro balneario en España que pueda ofrecer algo similar.

Puestos a revertir la situación, habría que empezar acometiendo la rehabilitación de los edificios históricos en estado de abandono, empezando por el mausoleo del fundador y su familia. Arreglar y abrir el templete funerario es obligado por su interés y porque es el mínimo homenaje que se puede rendir a la audaz obra de Matheu. En segundo lugar, habría que hacer un buen programa de señalización de toda la finca y colocar paneles explicativos en los elementos patrimoniales de mayor interés. Luego habría que disponer de buen material explicativo impreso, desde folletos hasta guías sobre el lugar. Podría trazarse un interesante itinerario interpretativo y, por supuesto, yo incorporaría a la plantilla a un profesional para ofrecer visitas guiadas. La última actuación sería abrir un centro de interpretación en alguno de los edificios históricos. El termalismo, su relación con la salud y la religión antigua; la historia termal del lugar; Matheu y su papel en la vida española del siglo XIX; la construcción de las termas modernas y la vida política, social e intelectual que estuvo conectada con ellas; el patrimonio arquitectónico y el natural; e incluso el presente del balneario: todo esto podría ser tratado en ese centro de  interpretación. Se podrían añadir también actividades participativas de los huéspedes relacionadas con el patrimonio del establecimiento, como por ejemplo concursos fotográficos, de relatos o similares. Y se podría organizar un programa de actividades culturales por poco dinero que pondría en uso el teatro o el casino y aportaría otro valor añadido más a la estancia en las termas. Y qué menos que tener una tienda en condiciones con productos de aseo, cosmética y bienestar propios del balneario o de alguna marca asociada, como ocurre en muchos otros balnearios…

Capítulo aparte, y final, para los clientes. Hay un cierto tipo de huéspedes de estos establecimientos que no acaba de entender que un balneario debe ser un sitio de buen tono orientado a la calma y el descanso y no la piscina de una urbanización en Benidorm o un chiringuito playero. Los gritos y las conversaciones vociferantes, los niños maleducados chillando y molestando a todo el mundo, las entradas piscineras en el lago tirándose en plan bomba o los agüistas chupones que no sueltan ni a punta de pistola el chorro que más les gusta en los circuitos testimonian lo sabido: que los buenos modales, la cortesía y el buen gusto no son valores que coticen demasiado al alza en la sociedad española de nuestros días.

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Post scriptum: Meses después de escribir este texto, la persona encargada de la gestión de las redes sociales de Termas Pallarés me dijo que algunas de las mejoras que aquí se sugerían estaban en marcha, como por ejemplo la rehabilitación del teatro. Parece que para la recuperación del Baño del Rey o el mausoleo de Matheu, sin embargo, habrá que seguir esperando.

Fotografías de Eduardo Serrano  licencia creativecommons

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NOTAS

[1] Francisco Díez de Velasco: Termalismo y religión. La sacralización del agua termal en la Península Ibérica y el norte de África en el mundo antiguo, monografía I de Ilu, Revista de Ciencias de las Religiones, Madrid, 1998.

[2] Cristina Taboada: Memorias del Balneario, Termas Pallarés, 2007.

[3] Francesc Bacardit: “Manuel Matheu. Su vida, su obra, su legado “, Culturalhama, Revista Cultural de Alhama de Aragón, invierno de 2015, pp.13-18.

[4] Isabel Rodríguez Chumillas: Vivir de las rentas. El negocio del inquilinato en el Madrid de la restauración, Madrid, Libros de la catarata, 2002. El libro tiene un capítulo dedicado a Manuel Matheu.

[5] Quinta de Belgida, Manuel Matheu y el colegio de los Salesianos en https://karabanchel.com

 

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Aguas termales y religiosidad en la España romana

caldes de montbui

Restos romanos de Caldes de Montbui (Barcelona)

licencia-cc  Lydia Morales Ripalda

La mitología de muchas culturas ha otorgado al agua un papel cosmogónico al concebir el mundo como un continuum permeado por este elemento. La sacralización del agua, y en especial de aquella que tiene cualidades termales, era una consecuencia natural de esa forma de mirarla. Frente a la concepción moderna que sólo ve en el agua un líquido con elementos químicos (y a menudo con ponzoñas), para la mirada tradicional el agua tenía un valor simbólico y estaba habitada por un poder sagrado o una presencia sobrenatural. El agua termal tenía un poder sanador, no sólo por sus componentes específicos, sino por estar habitada en alto grado por ese poder o esa presencia.

En su estudio Termalismo y religión Francisco Díez de Velasco analiza el valor sagrado otorgado a las aguas termales en Hispania y las provincias romanas del norte de África. Recuerda la distinción clara que la cultura romana establecía entre las termas, destinadas a la higiene y con un agua que podía manipularse, y los balnearios, destinados a la recuperación de la salud, con un agua que no debía manipularse y en donde habitaba una presencia sobrenatural. “El agua curativa es un agua mágica: el balneario se convierte en el lugar donde la divinidad se manifiesta del modo más favorable, es decir, sanando, y la pluralidad de los dioses moradores de las fuentes que constataba Plinio, y las fórmulas de agradecimiento de los que sanaron, se materializaban en objetos que con su carga de ritos y palabras han sobrevivido casi dos milenios”. Nuestra palabra “balneario” procede del griego “balaneîon” que pasó al latín con diversas formas: “balineum”, “balneum” y finalmente “balnearius”. La memoria de los lugares termales antiguos ha quedado fijada en la toponimia moderna de las localidades españolas con tres variantes. “La primera deriva directamente del Aquae Calidae latino y forma una serie de topónimos cuyo primer elemento es Caldas; la segunda deriva del Balineum-balneum latino y genera topónimos que comienzan por Baños; la tercera proviene del árabe Al-amma y se plasma en topónimos que empiezan en Alhama”.

Díez de Velasco explica la diferencia entre los balnearios antiguos“centrados en un aprovechamiento del agua termal que se materializa en modelos arquitectónicos cercanos a los de las termas higiénicas”- y los santuarios termales, donde la construcción asociada al manantial de aguas termales tomaba como modelo “los edificios de índole religiosa” y se acomodaba al paraje natural. Balnearios romanos había en Caldas de Reis y Caldas de Cuntis (Pontevedra), Baños de Bande y Baños del Río Caldo (Orense), Baños de Guntín (Lugo), Alhama de Aragón (Zaragoza), Caldes de Malavella (Gerona) y Caldes de Montbui (Barcelona) y en ellos se han encontrado testimonios de dedicaciones a Apolo y las Ninfas, a la diosa Tutela y el Genio del Lugar y referencias a Marte, Mercurio o Mitra. Por lo que respecta a los santuarios de aguas, se tienen pruebas de que los había en Baños de Fortuna (Murcia) y en el complejo de la Cueva Negra, a dos kilómetros de esta localidad. Las deidades adoradas en el lugar parecían ser la diosa Fortuna y las Ninfas y una inscripción permite aventurar que en la Cueva Negra se practicaba el rito de la lavatio de la Magna Mater. Otro santuario de aguas pudo haber estado en Guitiriz (Lugo), donde se adoraba a Cohvetena (Coventina), la diosa celta de las aguas, la abundancia y la fertilidad. La termalidad de su manantial es baja, por lo que tal vez el carácter sagrado derivara de las virtudes curativas de sus aguas y no de su temperatura elevada.

Junto a los balnearios y los santuarios de aguas, Díez de Velasco analiza los pequeños establecimientos termales campestres, muy numerosos y diseminados por todo el territorio hispano. Eran “núcleos de población cuya razón de ser radica en el surgimiento de aguas termales pero que, al localizarse en zonas marginales (montañosas, alejadas de las llanuras fértiles y de las vías de comunicación) no permitieron un desarrollo humano importante”. Se tiene certeza de la existencia de este tipo de lugares termales romanos, entre otros, en el actual balneario de Panticosa (Huesca), donde el manantial hipertermal conserva el nombre de Fuente de Tiberio; en Fitero (Navarra), donde apareció un medallón de bronce del emperador Marco Aurelio; en Alange (Badajoz), en el que se hallaron los restos termales antiguos en mejor estado de conservación de España y donde algunas de las instalaciones romanas aún se usan; o en Baños de Montemayor (Cáceres), cuyo conjunto de epigrafía votiva es el más amplio de los encontrados hasta ahora y donde se encontraron dieciséis altares dedicados a las Ninfas y dos a la diosa  Salus. El mapa termal se completa con las fuentes usadas en la Antigüedad, pero que tenían un acondicionamiento edificado mínimo. En la nómina de este tipo de lugares hay algunos con una toponimia tan sugestiva como Calda de Boñar, en León. Calda deriva directamente del latín “calidus” y Boñar aparece en fuentes medievales como “Boniare” y “Balneare”. El río que discurre por el valle y que nace poco más arriba de la fuente termal se llama Porma, derivado del nombre medieval Borma, que a su vez procede de Bormo (también llamado Bormano o Bormanicus) deidad celta solar, sanadora y marcial a un tiempo.

Como señala Díez de Velasco, los manantiales termales definían en la España antigua puntos singulares que conformaban el paisaje y ayudaban a vertebrar el territorio. Puesto que las aguas termales y terapéuticas no pueden transportarse sin que se pierdan sus propiedades, hacían surgir instalaciones a pie de manantial o a escasa distancia del mismo. Cuando se hallaban en lugares apartados, contribuían a asentar población y atraer visitantes a la zona y a que la red viaria llegara de alguna forma hasta ellos. Su carácter sagrado, como lugares protegidos por los dioses o donde se manifestaba el poder curativo de unas determinadas deidades, convertía a los manantiales termales en puntos de convergencia entre paisanos y forasteros. Eran, por tanto, lugares donde los estrechos limites de las comunidades locales cerradas se superaban y se podían producir intercambios, resolver conflictos entre grupos enfrentados y encontrar fórmulas de cohesión.

En el estudio, y a partir del análisis de la epigrafía romana hallada en los lugares termales, el lector no especialista encontrará diversos datos de interés. Por ejemplo, la explicación de qué era exactamente un aquilegus en el ámbito romano. Se trataba de “un especialista en obras hidráulicas” entendido con un criterio tan amplio que tenía entre sus cometidos la construcción de canales y acueductos, pero también labores de zahorí y radiestesista, ya que era capaz de localizar agua por procedimientos parafísicos. Interesante es también la diferencia de los votos, ofrendas y dedicaciones según el estrato social y étnico de los oferentes. Los miembros romanos o romanizados de las élites provinciales rendían culto a grandes dioses del panteón imperial con preferencia por sus advocaciones soberanas: Apolo Medicus, Augustus y Sanctus, Minerva, Juno Regina, Esculapio e HigiaLas Ninfas, que en el ámbito griego eran deidades de la naturaleza en un sentido más amplio (montes, aguas, bosques, praderas), en el ámbito romano se especializan como presencias numinosas de los manantiales. A ellas están dirigidas el mayor número de ofrendas conservadas. Los oferentes de rango inferior o poco romanizados también hacían sus dedicatorias, Ninfas aparte, a deidades célticas o indígenas. En cuanto a los militares, a menudo añadían a sus exvotos la fórmula “pro salute Imperatoris”.

alange

                    Alange (Badajoz)                                                   

Los principales actos religiosos ligados al termalismo que se reflejan en la epigrafía son la erección de aras dedicatorias, el exvoto curativo y el exvoto de acción de gracias cuando la curación se lograba. El material arqueológico deja ver que el elemento religioso del proceso curativo se manifestaba con la llamada fórmula ex visu: “Ante la enfermedad la divinidad se manifiesta (en sueños o por el medio que sea) y plantea el remedio (que en el caso de los lugares termales es el baño terapéutico)… La fórmula ex visu se relaciona con una práctica de terapéutica sobrenatural que es la incubatio, que podía llevarse a cabo en las proximidades de los templos o en lugares de sanación”. Esta práctica de contacto con una deidad sanadora a través de estados alterados de conciencia se inició en el ámbito griego ligada sobre todo a Apolo y Asclepio-Esculapio y continuó en el ámbito romano. La epigrafía romana de Hispania y el norte de África también deja testimonios de la consulto a Apolo, en la que el tratamiento curativo llegaba a través de un oráculo del dios. Otro elemento curioso era la ofrenda de monedas a las aguas sagradas, una práctica que aún sobrevive hoy de modo supersticioso o puramente inconsciente en fuentes famosas.

En las zonas de Hispania donde se mantenía más viva la herencia céltica los estudiosos aventuran el uso de las aguas hipertermales para ordalías y pruebas de resistencia extrema en ceremonias iniciáticas guerreras. Las dedicaciones al Apolo céltico -cuyo nombre aparece como Borus, Bormanicus u otras variantes- se entienden en este contexto. Dios sacerdotal, solar y terapéutico, también pudo tener una faceta marcial, sobre todo en un ámbito céltico como el hispano que era más guerrero que druídico. El estudio analiza la lógica “labor de desestructuración” que la actuación romana tuvo sobre la población céltica tras las conquistas e incorporaciones territoriales de Roma y cómo ello afectó al elemento religioso, desnaturalizándose cultos como los de Bormanicus. Al igual que suele ocurrir en todos los imperios fuertes, Roma “toleró lo indígena -y sus diversos renaceres- pero privado de sus valores explicativos antiguos”.

baños de fortuna murcia

Restos romanos de los Baños de Fortuna (Murcia)

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Francisco Díez de Velasco Abellán: Termalismo y religión. La sacralización del agua termal en la Península Ibérica y el norte de África en el mundo antiguo. Publicado como monografía 1 de Ilu. Revista de Ciencias de las Religiones, Madrid, 1998, 180 pp.

 

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