El desastre ecológico del Mar de Aral

desastre mar de aral

Lydia Morales Ripalda

Los problemas ambientales, sociales y económicos están estrechamente relacionados. El desastre del Mar de Aral es un caso ejemplar de como la planificación de un modelo económico no sostenible para una zona extensa de territorio provoca un impacto ambiental de dimensiones brutales al superar, de largo, los límites de resiliencia del sistema. Dicho impacto desencadena la interacción de complejos mecanismos naturales que conducen a cambios medioambientales desastrosos e irreversibles. Y dichos cambios, en fin, acaban por volverse contra el Hombre, que se convierte, cual aprendiz de brujo, en víctima de las fuerzas destructivas por él desencadenadas. En internet puede encontrarse un excelente estudio sobre el desastre del Mar de Aral hecho por la Universidad de Columbia. Todas las citas entrecomilladas proceden de ahí. Está accesible en este enlace:  The Aral Sea Crisis

Como se dice en la introducción del referido estudio, “aunque debemos recordar en todo momento que la mano humana es la responsable de la crisis desatada en el Mar de Aral y su entorno, lo que queremos remarcar es que la mayoría de los cambios que han sacudido al Mar desde los años 60 son el resultado de la reacción del medio ambiente a las tensiones a las que la mano humana lo ha sometido. En consecuencia la dificultad yace tanto en entender la forma en que el clima y otros sistemas naturales funcionan, como en ser capaces de sopesar las consecuencias potenciales de nuestras acciones antes de emprenderlas. La valoración de los riesgos combinada con la comprensión científica deberían rebajar el impacto de nuestras actuaciones más eficazmente. Y añadirle una dimensión ética a esta ecuación sigue siendo más que deseable…”

El desastre del Mar de Aral se puede diseccionar bastante bien ayudándonos de los diagramas de Problemas y Relaciones que se suelen usar en educación ambiental. Todo empieza con la guerra. Durante la Guerra Fría, y en el marco de la confrontación que mantenían los EEUU y la URSS tras la II Guerra Mundial, la guerra económica jugaba un papel muy importante. Las autoridades soviéticas diseñaron un plan de irrigación de las grandes llanuras esteparias y desérticas que rodeaban al Mar de Aral con la intención de convertirlas en una de las grandes zonas mundiales de producción de algodón. Buscaban con ello no sólo su autoabastecimiento, sino convertirse en el mayor exportador de algodón del mundo, dominando internacionalmente ese mercado. El proyecto era un modelo de desarrollo insostenible: se tenían las extensiones de tierra “vacía” y se tenía el agua para irrigarlas, los ríos Amu Darya y Syr Darya que “tiran el agua al mar” (como hoy se oye decir también a mucha gente en España) sin darle ningún rendimiento económico a todo ese caudal que “se pierde”. Así que sobre la mesa se diseñó el proyecto faraónico: tantas hectáreas de tierra, tantos metros cúbicos de agua y una previsión de producción X. En ningún momento se consideró el impacto ambiental del proyecto. Y ni siquiera se tomaron medidas para que el modelo agrícola fuera eficiente. El agua que se desvió desde los ríos hasta las plantaciones de algodón se derrochaba o se perdía por el desierto en proporciones de “entre el 25% y el 75% dependiendo de los períodos”, o sea, un uso ineficiente de los recursos clamoroso. Y la elección de una agricultura manual -que no requería inversiones- en vez de una mecanizada provocó un estallido demográfico: “un tamaño de familia con más hijos proporcionaba manos extras para trabajar en el campo”.

En suma, las estrategias económicas de la Guerra Fría estaban en la base de este proyecto de desarrollo insostenible que tenía un consumo de agua disparatado y que conllevaba un avance de la frontera agrícola en territorios que, en circunstancias normales, no eran aptos para uno de los cultivos -el del algodón -más demandantes hídricamente. El primer impacto del desvío del caudal de los ríos Amu Darya y Syr Darya fue el descenso dramático del nivel de agua del Mar de Aral (que recibía 1/5 de sus aportes de agua de la lluvia y 4/5 de estos ríos) y posteriormente la desecación irreversible de gran parte de su superficie. O sea, el proyecto económico provocó la destrucción física del Mar de Aral. En el proceso de desecación las menguantes aguas del Mar de Aral se fueron salinizando de un modo fatal. La salinización de las aguas provocó la pérdida del ecosistema marino y la desaparición de las especies que lo formaban. Las capturas de peces comestibles “cayeron desde las 43.430 toneladas en 1960 a cero en 1980”. 60.000 personas perdieron su trabajo en el sector pesquero y la región se quedó sin uno de los elementos básicos de la dieta de sus poblaciones. Esto produjo un aumento de la pobreza (agravada por la desaparición del sistema de subsidios soviético y de los precios controlados de los alimentos cuando cayó la URSS) y de la malnutrición, especialmente en las mujeres en edad reproductora (la zona tiene unos elevadísimos niveles de anemia entre la población femenina en edad fértil).

La destrucción del Mar de Aral trajo consigo un cambio climático, puesto que su gran masa de agua “regulaba el clima de la región suavizando los fuertes vientos siberianos en invierno y refrescando el área en verano”. El resultado fue “veranos más cortos y más calurosos, inviernos más largos y más fríos y un descenso de las precipitaciones” que aumentó la desertificación de una zona ya árida. Además, la presión de las aguas del Mar de Aral regulaba la fuerza de los vientos del norte que soplaban sobre la región, de modo que esta acción protectora también desapareció. En consecuencia la zona pasó a verse afectada por terribles tormentas de viento con velocidades entre los 150 y los 300 km/h que provocaron una erosión brutal. Y estos vientos fueron el origen de otro problema letal: la salinización de los suelos. Las enormes extensiones desecadas del Mar de Aral estaban llenas de sal y las violentas tormentas de viento la arrastraban por toda la  región e incluso más allá. El contenido en sal del polvo arrastrado por los vientos “era de un 40% en verano y un 90% en invierno”. Se ha estimado que “la cantidad de sal removida por los vientos del lecho marino seco ha sido de unos 43 millones de toneladas entre 1960 y 1984”. La salinización de los suelos provocó la desaparición de la vegetación autóctona y dañó las zonas de pastos. Hubo también una reducción de las especies animales terrestres de “180 a unas pocas docenas” y de las 200 especies de macroinvertebrados a “menos de 30”.

La salinización también tuvo un impacto dañino sobre las tierras de cultivo, que decrecieron su rendimiento. Esto se intentó paliar con procesos de desalinización con chorro de agua, cuatro veces al año, que arrastraban la sal de las tierras de labor, pero también sus minerales y sus nutrientes. La menor productividad causada por el empobrecimiento y la salinización se intentó compensar con un uso de fertilizantes y pesticidas químicos “veinte veces mayor que la media” en ese tipo de cultivos. El resultado fue un envenenamiento de los suelos que se extendía por un radio territorial enorme al diseminar las tormentas de aire todos esos tóxicos provocando, de rebote, la contaminación del aire. Las sustancias nocivas se filtraron así mismo a las aguas subterráneas causando la contaminación de los acuiferos. Los problemas de salud en la población de la región registraron un aumento exponencial. Tasas elevadas de mortalidad infantil y de muertes en parto o post-parto en las mujeres y niveles elevadísimos de tuberculosis, tifus, hepatitis, enfermedades pulmonares y respiratorias y enfermedades derivadas de infecciones y parásitos azotaron a la región.

Por si todo esto fuera poco, cuando las aguas del Mar de Aral desaparecieron, quedó al descubierto en lo que había sido la isla de Vozrozhdeniya una base soviética secreta dedicada al desarrollo de planes de guerra bacteriológica. La caída de la URSS, la desintegración del ejército soviético y la independencia de las dos repúblicas que se reparten  territorialmente la región de Aral (Kazajistán y Uzbekistán) había significado el abandono por parte del Gobierno de Moscú de aquellas instalaciones en 1992 sin avisar a los nuevos estados de lo que había en Vozrozhdeniya.  Diversas expediciones científicas internacionales demostraron que el lugar se había utilizado para la producción, las pruebas y también el desecho de armas bacteriológicas. En sus vertederos, encerradas en enormes bidones de acero inoxidable, había toneladas de bacterias capaces de destruir la vida en el mundo varias veces. Ántrax, carbunco, peste, viruela y otras bacterias se habían enterrado en la antigua isla en lechos de arena y habían quedado allí sin control ni vigilancia. Las investigaciones demostraron que había esporas aún activas y los gobiernos de Kazajistán y Uzbekistán, alarmados e impotentes, solicitaron la ayuda de los EEUU a cambio de dejarles investigar libremente aquel complejo secreto soviético. Se trataba de evaluar la mortífera herencia, intentar averiguar qué se había hecho allí  y elaborar un programa de control y desinfección si era posible. No sé sabe cuáles fueron los resultados ni si los experimentos bacteriólogos soviéticos realizados en aquel lugar tienen también que ver con el deterioro de la salud humana y animal de la zona, especialmente en lo tocante a las enfermedades infecciosas y derivadas de parásitos. Algunos científicos han sugerido que sí existe tal relación. Hasta hoy todo lo relativo a la base bacteriológica de Vozrozhdeniya ha quedado catalogado como top secret para todos los estados implicados.Vozrozhdeniya

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