Cuando hay patrimonio natural y cultural, pero no hay personas: el caso de las tierras del Moncayo

Moncayo_desde_Tarazona

Lydia Morales Ripalda

En el verano de 2014 la RTV de Castilla y León emitió un programa dedicado a las tierras sorianas del Moncayo  dentro de su espacio “El arcón”. Aunque el tono era básicamente amable, los casi cincuenta minutos de emisión permitían ver la cruda realidad del mundo rural hoy. El territorio se vacía de presencia humana, los pueblos se mueren, los modos de vida tradicionales desaparecen y  no hay modos de vida nuevos que hayan venido a sustituirlos. La solución es difícil, porque no se trata de un problema local. La despoblación de las áreas rurales es en nuestra época un fenómeno global. Afecta tanto a los países en desarrollo con una demografía enloquecida por exceso como a los países desarrollados con una demografía enloquecida por defecto. En aquellos como el nuestro donde prima el defecto, las áreas rurales se convierten en poco más que zonas recreativas baratas para los urbanitas. El desmantelamiento del sector primario español, óbolo pagado por nuestros políticos para entrar en la Unión Europea, ha comprometido fatalmente el horizonte de las zonas rurales. El arranque subvencionado de cultivos se ha sumado al descenso poblacional para convertir fértiles vegas y campos de labor centenarios en yermos lamentables. El número siempre menguante de votos que llega desde los pueblos hace que unas clases políticas cortoplacistas y frívolas ignoren sistemáticamente el grave problema que para la vertebración del territorio supone la muerte del mundo rural. Las tierras del Moncayo no son ajenas a este problema. Están sobradas de patrimonio natural y no carecen de patrimonio cultural. Lo que les faltan son personas y modos de vida viables para las mismas.

Como dice uno de los intervinientes en el programa de la RTV castellanoleonesa, el Macizo del Moncayo “es un trozo del Pirineo puesto en el Valle del Ebro“. Esto lo dota de un peculiar valor natural, puesto que en él se encuentran los ecosistemas de montaña atlántico y mediterráneo. Altura máxima del Sistema Ibérico, el Moncayo se sitúa como macizo exento sobre el límite entre Aragón y Castilla y su territorio es compartido por las provincias de Zaragoza y Soria. Con sus cumbres de nieves perpetuas, a las que cantó el poeta Marcial, fue una montaña sagrada para los celtíberos y luego para los romanos, que la ligaron a los mitos de la presencia de Hércules en Hispania. La abundancia y la variedad de plantas medicinales, hongos alucinógenos y manantiales de gran pureza contribuyeron al valor religioso y salutífero que los antiguos otorgaron al Moncayo.

La vertiente aragonesa del macizo es espacio protegido desde 1978, cuando fue declarada Parque Natural. Tradicionalmente el modo de vida de los habitantes de estas tierras fue el pastoreo y la ganadería, complementado con la horticultura en las vegas de los cursos fluviales, la apicultura y el aprovechamiento forestal. Como en tantas otras zonas rurales españolas, en la segunda mitad del siglo XX se produjo un éxodo masivo de población a la ciudad. Hoy las tierras del Moncayo, tanto en la vertiente aragonesa como en la castellana, son un área prácticamente vacía, con una población mínima y envejecida. El programa de la RTV de Castilla y León intentaba promocionar las iniciativas que en las pequeñas aldeas del lado soriano habían intentado algunos emprendedores y gentes imaginativas para atraer visitantes y ganarse la vida. Prácticamente todas giraban en torno al turismo y los servicios de hostelería: un proyecto de “astroturismo” (observatorio astronómico más casa de huéspedes), varios restaurantes y casas de turismo rural y centros de interpretación natural o cultural. Como ocurrencia estrambótica, una familia había tenido la idea de pintar las paredes blancas de las naves y las casas de su pueblo con reproducciones en grafiti de cuadros famosos y había atraído a cerca de 2000 forasteros. La única iniciativa ligada al sector primario que se citaba era la recuperación del cultivo del cardo rojo en Ágreda. Y en la selección hecha por el programa había un solo negocio online: el de una vecina de Noviercas que vendía alimentos artesanales a través de internet.

Hace unas semanas Zaragoza Activa acogió un evento que contó con la participación de la Asociación contra la Despoblación Rural. Las tierras del Moncayo de la vertiente aragonesa tuvieron voz allí a través de personas de una de sus tres comarcas, la de Aranda. El título del encuentro – “¿Eres emprendedor? ¿Quieres cambiar tu estilo de vida? Ven a vivir a un pueblo”- fue lo bastante llamativo como para convocar a varias decenas de personas. Dos ideas básicas se manejaron tanto en la charla como en las conversaciones de corrillos posteriores. Una, que en la era del teletrabajo y los negocios online, un pueblo podía ser un lugar tan bueno como una ciudad para realizar actividades de este tipo a la vez que ofrecía otras compensaciones (vida más barata, sosiego, cercanía a la naturaleza…). Y otra, que los pueblos aún podían ofrecer oportunidades de trabajo ligadas al sector primario, el turismo rural o la prestación de servicios en una época donde el trabajo era ya para amplias capas de la población incierto, precario, mal pagado y hasta sin alma.

Desde mi perspectiva y la de mi moncayino favorito las cosas no son tan sencillas. En primer lugar, porque las personas que desean “cambiar su estilo de vida” abandonando la ciudad en favor de un pueblo suelen tener una naturaleza más contemplativa que “emprendedora”, sea esto último lo que sea. En segundo lugar, porque a menudo los pueblos pequeños tienen una carencia de servicios esenciales -escuelas, atención sanitaria cercana, comercios de proximidad, protección policial, transporte público- que disuade de asentarse en ellos. Por otra parte la vida hoy es de una complejidad agotadora. Muchos oficios rurales tradicionales han desaparecido y el trabajo en el sector agrícola y ganadero se ha rodeado de unos enrevesamientos y sinsentidos tales que ponen muy difícil comenzar en él. Antes si querías cultivar uvas y venderlas era tan simple como tener la tierra, plantar las cepas y trabajar la viña. Ahora la Unión Europea te tiene que dar permiso comprando el “derecho” a cultivar. Y lo que vendas tiene que pasar por un sistema de tributación entre confiscatorio y esotérico que te obliga a costearte a un hermeneuta para que te lo gestione. Además, el duro trabajo se paga a dos gordas mientras en el mercado las uvas llegan al consumidor final a precios de atraco. El dinero se lo llevan los intermediarios.

¿Y el teletrabajo? A priori esa podría ser una posibilidad para atraer población a los pueblos pequeños. Pero serían necesarias unas condiciones que, de nuevo, no son tan fáciles de encontrar en el medio rural. Por ejemplo, una conexión a Internet de banda ancha, imprescindible para comunicarse, trabajar, enviar y recibir información. Además, la capacitación para el teletrabajo y para desarrollar proyectos online tienen en la urbe su ambiente natural. Allí están los lugares donde formarse y los técnicos que se pudieran necesitar.

De acuerdo con el estudio del sociólogo Benjamín García Sanz “Ruralidad emergente, posibilidades y retos” (2011)[1] la realidad actual en España es que el 41% de la población activa que vive en las áreas rurales trabaja fuera de ellas desplazándose a alguna ciudad cercana para desarrollar su actividad laboral. Según el Banco Mundial, la población española que vive en pueblos es sólo del 23% y su envejecimiento es muy pronunciado. La conclusión es obvia: si sólo el 59% de los activos rurales desarrollan su trabajo en o desde los pueblos, ese “neorruralismo” o “éxodo urbano” del que hoy hablan algunos es, de momento, más ficción que realidad.

(Este artículo se compartió con la Asociación contra la despoblación rural)

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[1] Benjamín García Sanz: Ruralidad emergente, posibilidades y retos Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente, Madrid, 2011. http://goo.gl/Ygy5kn

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Una respuesta a Cuando hay patrimonio natural y cultural, pero no hay personas: el caso de las tierras del Moncayo

  1. Proynerso dijo:

    Hola compartimos tus reflexiones un saludo desde Soria.

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