La Señora de Susín

angelines villacampa Fotografía de Manuel Lorenzo

Lydia Morales Ripalda

Susín es una minúscula aldea oscense de la comarca del Alto Gallego que actualmente pertenece al ayuntamiento de Biescas. Ni las carreteras, ni las redes modernas de electricidad, agua corriente y teléfono llegaron hasta ella. Su silueta pétrea se vislumbra en lo alto de un monte cuando se va por carretera desde Sabiñanigo a Biescas. Se accede al lugar desde Oliván, por una pista que aproxima al Sobrepuerto y que obliga a dejar los vehículos metros antes de llegar al pueblo, y por la senda GR16, tras una caminata de unos cuarenta minutos. El caserío está elevado trescientos metros por encima de la margen izquierda del río Gállego, en una pendiente con magníficos pastizales. Las vistas del Valle de Tena desde la aldea son espectaculares. “Susín es uno de esos lugares que perduran en la retina del visitante durante mucho tiempo” [1]. En la retina y en el alma. Porque no son pocos los que han experimentado algo mágico y conmovedor en este diminuto pueblo que para las enciclopedias es un mero “despoblado”.

Susín siempre fue pequeño. Desde los primeros censos que se conservan -del siglo XV- hasta hoy el pueblo ha estado formado por tres casas. Dos de ellas siguen en pie -las casas Mallau y Ramón- y la tercera -casa Batallón- hace tiempo que se vino abajo. Los propietarios de Casa Ramón emigraron décadas atrás a Barcelona. Los dueños de casa Mallau fueron los primeros empresarios hoteleros de Sabiñánigo y enviaron a la hija de la familia a estudiar a un internado francés. Angelines Villacampa se convirtió en una mujer culta, viajada, profesora de francés y amiga de escritores como Julio Llamazares, que ambientó una de sus novelas más celebradas en Ainielle[2], un pueblo abandonado cercano a Susín. En los años ochenta algo llevó a Angelines a la despoblada aldea de sus antepasados. Una geografía de Aragón de la época describía así la localidad montañesa: “Las viviendas están deterioradas y se distribuyen por una calle de dirección aproximada norte-sur. La iglesia parroquial sigue la pauta serrablesa y conserva únicamente el trecho de cabecera…” El Susín al que llegó la señora Villacampa en los años ochenta estaba en ruinas.

Angelines rehabilitó Casa Mallau, una enorme construcción montañesa con su viejo escudo nobiliario en la fachada, sus salones, sus alcobas, su masería con horno, su lagar para hacer vino y su hogar-cocina monumental, con una espléndida chimenea troncocónica. Su pasión reconstructiva no se detuvo en su propiedad. Angelines cada vez pasaba más tiempo como moradora única de Susín y concibió un plan para rehabilitar el pueblo entero, empezando por la iglesia de santa Eulalia. Aquello parecía una locura, un afán imposible. Pero salió adelante por el empeño personal de la tenaz “Señora de Susín”, como empezó a ser llamada. Y es que ella era, genuinamente, la señora del lugar. Angelines organizó campos de trabajo y jornadas de voluntariado para desbrozar Susín de maleza, acondicionarlo y reconstruirlo. Restauró la iglesia, la ermita de la Virgen de las Eras, la herrería, el lavadero… No se detuvo ahí y continuó con el entorno: limpió el bosque y acondicionó caminos, campos y huertos. Después recuperó fiestas y tradiciones, creó asociaciones y promovió el Concurso Pirenaico de Narración Oral, que se celebraba en la aldea anualmente. Convirtió a Susín en lugar de culto para montañeros, naturalistas, fotógrafos y escritores. A todos ellos abría la puerta de Casa Mallau, dispensándoles su hospitalidad generosa. En los días de frío Angelines los acogía junto al hogar y en los de calor los sentaba a la sombra de los árboles. Los visitantes urbanos a quienes el azar hacía caer por allí se quedaban atónitos al ver su modo de vida: sin agua corriente, sin luz eléctrica, sin calefacción, sin televisión, con una austeridad donde simplicidad y señorío se encontraban. Aquella mujer que dormía sola en medio de las montañas parecía no temer a nada. Era fuerte: sabía convivir con el silencio y consigo misma en un tiempo de ruido y de extraversión enfermiza.

El pudor impedía preguntarle el motivo por el que había elegido vivir gran parte de su tiempo sola en aquel lugar y de aquella manera. Asombraba aquella independencia feroz, aquel no exigir atención a nadie, aquel gusto por bastarse a sí misma, y más sabiendo que tenía hijos. En una generación donde primaba el modelo de madre demandante, aquella mujer era doblemente asombrosa. Su retiro en Susín y aquel modo de vida suyo estaban tan alejados de los códigos convencionales que se intuía alguna ruptura existencial seria: una crisis interior, la pérdida del compañero, una experiencia contemplativa que marca un antes y un después… algo así. Nunca nos atrevimos a preguntarlo. La Señora de Susín pertenecía a esa raza arcaica de seres fuertes que hacen parecer risibles a los “triunfadores” sociales y los “líderes” o “gurús” de cualquiera de las charlatanerías de hoy. Se sentía que ella estaba allí no sólo por amor al lugar, sino también porque este era el soporte idóneo para una vida interior intensa. Angelines Villacampa era una espiritual profunda, una contemplativa sólida. El nihilismo de nuestra época hacía que a muchos de los que se encontraban con ella se les escapara este aspecto fundamental que explicaba su carisma y su fuerza. Era algo que ella sólo dejaba ver cuando hasta sus dominios llegaba alguien afín. A veces bastaba con pedirle que abriera la iglesia, no para una visita guiada, sino sólo para estar y meditar allí. Aquello operaba, automáticamente, como signo de reconocimiento. Luego venían las conversaciones junto al fuego. La iglesia de santa Eulalia era un templo estrafalario. En el siglo XVII alguien había vuelto del revés aquella iglesia románica de piedras paganas, dejando la cabecera en los pies y el altar mirando hacia Pamplona, en vez de hacia Jerusalén. El cambio era un disparate según los principios de la arquitectura sutil que acompañaba siempre a la arquitectura física de los templos antiguos. El lugar energéticamente más potente, el ábside, fue obturado por una torre cuadrada que los constructores tardíos plantaron en él. Quedó así un pequeño espacio del cilindro absidial que pasó a usarse como sacristía. Los frescos supervivientes que cubrían esta parte de la iglesia primitiva están hoy en el Museo Diocesano de Jaca. “Los llorones de Susín”, como se las conoce popularmente, son unas pinturas simples pero poderosas. Unas figuras nimbadas, posiblemente apóstoles, lloran compungidas con los ojos elevados al cielo y las cabezas ladeadas. En su sitio Románico Aragonés el doctor García Omedes apunta a que el fragmento pertenecía a una escena de la Ascensión de Cristo. Así pues, en Susín se representaba esa tristeza, tan brutal y tan humana, de ver desaparecer de la vida física al ser más amado. O también esa pena profunda que cualquier contemplativo acaba, más tarde o más temprano, conociendo: la de experimentar lo fragmentario del contacto con lo numinoso, la de caer en la conciencia ordinaria de nuevo desde esas experiencias cumbres de apertura, la de pasar de esas iluminaciones parciales a la noche oscura del alma, a la sensación de abandono, al temor de que se haya roto el cordón que unía con la luz. Pisar el ábside de la iglesia de Susín de forma consciente era entrar en un lugar que removía esa tristeza y esa pena, inherentes a la condición humana. Y al removerlas -a veces hasta las lágrimas- obligaba a afrontarlas, a aceptarlas, a ser capaz de mirarlas frente a frente haciéndose más fuerte…

                                              Llorones de Susin

Angelines Villacampa falleció el 7 de febrero de 2013 y sus cenizas fueron esparcidas por Susín. Aprovechando los obituarios de la prensa los políticos aparecieron para prometer que el legado de aquella mujer no desaparecería y que los poderes públicos se comprometerían en la conservación del pueblo que ella había sacado de la ruina. Alguno hasta prometió que un tendido eléctrico moderno iba a llegar por fin a la aldea. Era el mismo tendido que la Señora de Susín había pedido repetidamente durante años y que nunca había llegado. A buenas horas. Como siempre.

angelinesvillacampa_susin Lápida funeraria

ROBLE FRÁGIL (Elegía a Angelines Villacampa del poeta Antonio Pérez Morte)

Necesito un refrán de aquellos
que sabías de memoria,
o de aquellos otros que dejábamos a medias,
a capricho de la memoria y la intención.
Lo necesito urgentemente para aliviar este dolor
que me atenaza y que todavía arrecia.

Hablar contigo, al lado del fuego,
de todas esas cosas importantes
que no pueden comprarse
y que tú encontraste muy cerca de aquí,
en Susín, en Sobrepuerto,
muy cerca del cielo.

Porque para vivir basta la vida,
el calor de la amistad y cuatro astillas
dos gatos, un perro,
un libro, el sol, un prado, la era,
las montañas, el cielo lleno de estrellas,
una noche de tormenta…

Necesito un refrán de aquellos.
¿El de febrerillo el loco?
Loco sí, pero no tonto:
Nos hizo un siete del calendario al alma
y te llevó, dejándonos, de nuevo,
el imborrable dolor
de los duros versos de Juan Luis Panero:
Vivir es ver morir.

Repienso:
Morir es ver morir cuando quien se va
se lleva dentro de sí, parte de ti
en una filosofía de vida basada sólo en la vida
-interior y exterior- : en el amor y en el respeto.

_______

[1] Despoblados en Huesca – Susín

[2] Julio Llamazares: La lluvia amarilla (1988), Seix Barral.

 

 

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5 respuestas a La Señora de Susín

  1. Pura Gloria dijo:

    Angelines Villacampa , una mujer que se rebeló contra el forzado abandono del lugar de sus orígenes, fue la rebelión frente a la política poco proteccionista de las vidas de las gentes y favorecedora de la multiplicación de los bienes e intereses de los poderosos, de un desarrollismo inhumano. Recuerdo y admiración a su persona.

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  2. Chema Benito Bercero dijo:

    No llegue a conocer a Angelines Villar am pa però me hubiera gustado mucho poder hablar con ella.
    La primera vez q visite Susin apenas tendría 10 años y seria allá por el año 70. Subimos desde Sabiñanigo andando por un camuno q se estaba comiendo la maleza y q el señor Cecília intentaba limpiar con su navaja. El había nacido un poco más arriba en Casbas. Fue muy bonito y hoy todavía guardo muchas imágenes en la falsa de mi retina. Gracias Angelines.

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    • Elena dijo:

      Me gustaría ir a vivir allí, soy ermitaña , como puedo hacerlo? Me gustaría seguir con la obra y vida de esta grande señora.

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  3. Pilar dijo:

    Pilar Guillén
    Conocí a Angelines Villacampa hace muchos años. Desde el principio me impresionó, su fuerza, su entusiasmo, su valentía, …La visité varias veces porque tenías que volver. Gracias por el maravilloso artículo que has escrito. Un recuerdo especial para Angelines que siempre la recordaré. (Roble Frágil)

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  4. Jesús dijo:

    Faltan palabras para decir la impresión de este artículo de Lydia Morales Ripalda sobre la Señora de Susín, una gran señora, no cabe la menor duda; todo un ejemplo de un modo de vida alejado del mundanal ruido, tan sumamente respetable como cualquier otro elegido vocacionalmente ó bien, profesionalmente, pero digno del mayor respeto y consideración ya que, nada hay mejor ni peor en la vida sino, distinto, diferente, con matices que diferencian unas tareas de otras, aunque todas más que dignas y profundas. Esta tarde de fín de Año 2.016, esta noticia me ha dejado un relajo interior más que nuevo pero, pleno y placentero, con ganas de entrar en el Nuevo Año 2.017 con miras más desprendidas y sosegadas en el hacer cotidiano con la familia, la vecindad y, todos los conciudadanos del lugar.

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