Miguel Delibes: una defensa de la vida rural y la naturaleza

PORTADA DELIBES

Lydia Morales Ripalda

El 25 de mayo de 1975 el novelista Miguel Delibes leyó su discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua, titulado “El sentido del progreso desde mi obra”. Como el propio autor recordó, cuando se publicó su novela El camino (1950), una parte de la crítica lo tachó de reaccionario. El joven protagonista del libro, un chico llamado Daniel el Mochuelo, se resistía a abandonar la vida comunitaria en un pequeño pueblo de Castilla para sumarse al rebaño despersonalizado de la gran ciudad. A lo largo de su dilatada carrera como escritor Delibes se convirtió muchas veces en el novelista del campo, los pueblos y sus gentes. Su discurso de ingreso fue, por ello, una especie de recado que los personajes de sus obras traían para los académicos y el público en general. A saber: que si el progreso moderno era sinónimo de la destrucción de la naturaleza, los pueblos y la vida rural, ellos renunciaban a ese progreso. Y el discurso fue también una exposición de las convicciones ambientalistas del autor. Como señaló el actual director de la Real Academia Darío Villanueva fue «un discurso innovador y apasionado que comenzaba con una declaración de principios, casi un manifiesto ecologista, en forma de pregunta: “¿Por qué no aprovechar este acceso a tan alto auditorio para unir mi voz a la protesta contra la brutal agresión a la naturaleza que las sociedades llamadas civilizadas vienen perpetrando mediante una tecnología desbridada?”. Cuarenta años después de su lectura pública el texto –que apareció en forma de libro en 1979 con el título Un mundo que agonizasorprende todavía por su anticonvencionalismo y claridad. La síntesis del credo de Delibes era que «todo cuanto sea conservar el medio es progresar; todo lo que signifique alterarlo esencialmente es retroceder». Desde la publicación de El camino la oposición de Delibes al sentido moderno del progreso y a la forma de entender las relaciones Hombre-naturaleza de él derivada se fue haciendo cada vez más acre y radical. En sintonía con los postulados del “crecimiento cero” mantenidos por el ecologismo de los años 70, Delibes avizoraba un horizonte cataclísmico si la humanidad no frenaba el desarrollo desbocado y organizaba su vida comunitaria sobre bases distintas a las que estaban prevaleciendo. Defendía el retorno a la vida rural en pequeñas comunidades autoadministradas y autosuficientes, una idea que tomaba del Manifiesto para la supervivencia[1], publicado por el director de The Ecologist Edward Goldsmith y otros autores en 1972. Delibes reconocía los ribetes utópicos de dicho manifiesto, pero compartía con sus autores la perspectiva de que «el verdadero progresismo no estriba en un desarrollo ilimitado y competitivo, ni en fabricar cada día más cosas, ni en inventar necesidades al Hombre, ni en destruir la naturaleza, ni en sostener a un tercio de la humanidad en el delirio del despilfarro mientras los otros dos tercios se mueren de hambre, sino en racionalizar la utilización de la técnica, facilitar el acceso de toda la comunidad a lo necesario, revitalizar los valores humanos, hoy en crisis, y establecer las relaciones Hombre-Naturaleza en un plano de concordia».

En la edición en formato de libro el discurso de Delibes fue dividido en once capítulos. En el primero – El progreso contra el Hombre- Delibes repasaba los efectos secundarios negativos de la revolución material lograda en el siglo XX por la aplicación de la ciencia a la tecnología. En el segundo –Hombres encadenados- denunciaba una concepción del progreso que llevaba aparejada una minimización del Hombre. «Errores de enfoque han venido a convertir al ser humano en una pieza más –e insignificante- de este ingente mecanismo que hemos montado. La tecnocracia no casa con eso de los principios éticos, los bienes de la cultura humanista y la vida de los sentimientos». Un enfoque existencial semejante alentaba de modo natural la corrupción. «El viejo y deplorable aforismo de que cada hombre tiene su precio alcanza así un sentido literal, de plena y absoluta vigencia, en la sociedad de nuestros días». Delibes denunciaba la primacía absoluta de lo crematístico, la eliminación de toda aspiración espiritual en las nuevas generaciones, la humillación constante de los estudios de Humanidades por considerarse que “no sirven” para nada, los trabajos rutinarios y embrutecedores de las cadenas de producción, la obsolescencia programada y el delirio consumista y la emergencia de una civilización del desperdicio. «Al teocentrismo medieval y al antropomorfismo renacentista ha sucedido un objeto-centrismo que, al eliminar todo sentido de elevación en el Hombre, le ha hecho caer en la abyección y la idolatría».

El capítulo tercero –El deseo de dominio- se centraba en otro de los elementos característicos del progreso moderno: la ambición de poder. La aspiración de elevarse de rango y anteponerse, no ya acrecentando su cultura o sus facultades, sino amedrentando o debilitando al adversario, era para Delibes otro de los rasgos característicos del Hombre moderno, tanto en sus relaciones individuales como en las colectivas (entre estados, entre el estado y el individuo o entre estamentos dirigentes y masas dirigidas).  La técnica era algo más que una herramienta para ganar dinero: era un instrumento de dominación. Delibes analizaba la aparición de instrumentos de manipulación colectiva como la televisión y la gregarización de las sociedades que permitía prosperar a las autocracias políticas o a las formas de ocio que no eran «ni fecundadoras, ni liberadoras, ni enaltecedoras de los valores del espíritu. El Hombre, de esta manera se despersonaliza y las comunidades degeneran en masas amorfas, sumisas, fácilmente controlables desde el poder concentrado en unas pocas manos».  En el capítulo cuarto –El equilibrio del miedo- Delibes se detenía en la sustitución de las armas convencionales por las armas de destrucción masiva (nucleares y bacteriológicas), capaces de acabar por completo con la  vida en la Tierra. Citaba a Julián Marías para recordar que no bastaba que nadie quisiera una guerra de aniquilación si se tenía la capacidad de poder hacerla. Una vez que esas armas existían nadie podía descartar, además, la posibilidad de un accidente, de un sabotaje o de efectos catastróficos derivados de sus deshechos y residuos. El escritor también mostraba su alarma ante la sofisticación y la eficacia crecientes de los instrumentos usados para la vigilancia y el espionaje, hasta el punto de considerar que los mundos de pesadilla imaginados por Orwell y Huxley ya habían sido alcanzados en gran medida. La brecha siempre creciente entre la técnica y la ley aumentaba la situación de desvalimiento del individuo, cada vez más indefenso ante estas violaciones a su privacidad. Y Delibes se preguntaba, «lleno de zozobra y ansiedad», si no serían los estados y los estamentos de poder «los primeros interesados en tolerar tales aberraciones si el uso de las técnicas mencionadas vienen a consolidar su autoridad y su poder”.  Y añadía: “¿No se nos habrán escapado de las manos las fuerzas que nosotros mismos desatamos y que creímos controlar un día?»

En “La Naturaleza, chivo expiratorio”, el capítulo quinto, Delibes afirmaba que la sed insaciable de poder del hombre moderno y de las instituciones creadas por él se hacía especialmente evidente en sus relaciones con la naturaleza. «En la actualidad la abundancia de medios técnicos permite la transformación del mundo a nuestro gusto, posibilidad que ha despertado en el Hombre una vehemente pasión dominadora. El Hombre de hoy usa y abusa de la Naturaleza como si hubiera de ser el último inquilino de este desgraciado planeta, como si detrás de él no se anunciara un futuro». La naturaleza se convertía, así, en el chivo expiatorio del progreso. Había sido inmolada a mayor gloria de la tecnología y de una idea del crecimiento indefinido que era disparatada en un planeta de recursos finitos. Delibes defendía que ya que el Hombre inevitablemente tiene que servirse de la naturaleza, la conducta juiciosa sería hacerlo de modo que “se nos note lo menos posible” y dejemos la menor huella. Esto era una pura quimera cuando Delibes escribía y sigue siéndolo ahora.  «El hombre supertécnico, armado de todas las armas, espoleado por un afán creciente de dominación, irrumpe en la Naturaleza y actúa sobre ella en los dos sentidos citados, a cual más deplorable y desolador; desvalijándola y envileciéndola». En el capítulo sexto –Un mundo que se agota- y en el séptimo –La rapacidad humana- el escritor señalaba que el consumo exagerado de recursos naturales obedecía tanto a las exigencias del modelo productivo imperante como a la tendencia a la dilapidación que se manifiesta en las sociedades tecnológicamente avanzadas. Los países en vías de desarrollo, con sus natalidades desbocadas y su afán por alcanzar a los países desarrollados, infligían daños igualmente terribles al medio natural. Talas masivas, sobreexplotación de la tierra y los océanos, uso desbocado de los recursos minerales, industrias altamente contaminantes… El capítulo octavo -“Un mundo sucio”-  analizaba la paradoja de que «la actual complejidad técnica ya no nos permite utilizar unas cosas sin manchar otras». Aparecía así en la vida moderna la realidad de la contaminación. Los efectos de sustancias perniciosas sobre la vida terrestre y marina eran analizados en el siguiente capítulo –Muerte en la tierra y en el mar-. Delibes aventuraba que íbamos a acabar enfrentados a una disyuntiva extrema: «o no comer o envenenarnos». En el penúltimo capítulo – El Hombre contra el Hombre- el autor nos recordaba que el daño de la contaminación, de un mundo sucio y hacinado en grandes ciudades, no sólo es directo. También influye sobre el equilibrio interior y la salud psíquica del Hombre. Afecciones como la ansiedad, la angustia, la agresividad, la promiscuidad sexual o el estrés afectan en proporciones mucho más elevadas a los habitantes de grandes espacios urbanos que a los de pueblos pequeños. Los índices de asesinatos, agresiones, violaciones y robos eran también mucho más altos en las ciudades, de modo que a mayor acumulación humana, más elevadas eran las estadísticas de delincuencia. Para Delibes esta evidencia y el crecimiento de las llamadas “enfermedades de la civilización” ratificaba la afirmación de Erich Fromm de que para conseguir una economía boyante «hemos producido millones de hombres enfermos». El autor recordaba  la amarga profecía de Roberto Rossellini: «nuestra civilización morirá por apoplejía porque nuestra opulencia contiene en sí las semillas de la muerte». Para Delibes sólo si emprendían iniciativas de carácter global, acordadas por todos los países, podrían ponerse en práctica acciones eficaces para corregir la deriva destructiva y respetar los delicados equilibrios ecológicos. “Nuestro planeta se hundirá entero o se salvará entero”, nos recordaba.

En el último capítulo –El sentido del progreso en mi obra- Delibes cerraba su texto hablando en primera persona de sus inquietudes.  «A la vista de cuanto llevo expuesto, no necesito decir que el actual sentido del progreso no me va. Me desazona tanto que el desarrollo técnico se persiga a costa del hombre como que se plantee la ecuación Técnica-Naturaleza en régimen de competencia. El desarrollo, tal como se concibe en nuestro tiempo, responde a todos los niveles a un planteamiento competitivo. Bien mirado el Hombre del siglo XX no ha aprendido más que a competir y cada día parece más lejana la fecha en que seamos capaces de ir juntos a alguna parte». Para Delibes únicamente un Hombre nuevo –«humano, imaginativo, generoso»-, sobre un entramado social también nuevo, sería capaz de poner en marcha un programa restaurador. El marcado carácter “antiprogresista” de su obra  respondía a su preocupación por la deshumanización de las sociedades, la agresión a la naturaleza, la entronización de una mirada objeto-centrista y el lugar en que se ha colocado a la máquina y las tecnologías de última generación con respecto al Hombre. «Hemos matado la cultura campesina», se lamentaba, «pero no la hemos sustituido por nada, al menos, por nada noble. Y la destrucción de la naturaleza no es solamente física, sino una destrucción de su significado para el Hombre, una verdadera amputación espiritual y vital de éste». La muerte de los pueblos le preocupaba sobremanera. «¿Qué será de un paisaje sin hombres que habiten en él de continuo y que son los que le confieren realidad y sentido (…) ¿Qué interés tiene preservar la naturaleza en un parque nacional si luego no se puede encontrar allí a los que, desde siempre, han vivido la intimidad de su país; si no se encuentra allí a los que saben dar su nombre a la montaña y que, al hacerlo, le dan la vida?». Un progreso que dejaba deshabitados los pueblos y destruía el mundo rural a Delibes no le parecía tal. De igual manera, una tecnificación que erosionaba los valores morales y la cultura humanística y que endurecía el corazón humano no podía sino ponerse en tela de juicio por desnortada. Tal era la posición del escritor, que aprovechaba para recordar en este punto a algunos de sus personajes más inolvidables y la actitud de estos ante la vida. «Mis personajes no son asociales, insociables ni insolidarios, sino solitarios a su pesar. Ellos declinan un progreso mecanizado y frío, es cierto, pero simultáneamente, este progreso los rechaza a ellos, porque un progreso competitivo, donde impera la ley del más fuerte, dejará ineludiblemente en la cuneta a los viejos, los analfabetos, los tarados y los débiles». Todos aquellos que no puedan o quieran subirse al tren de este «progreso despiadado», que «ha roto el equilibrio con otros seres y de unos hombres con otros hombres», pasará a engrosar la muchedumbre de los excluidos que «inútilmente esperan, aquí en la Tierra, algo de un Dios eternamente mudo y de un prójimo cada vez más remoto». Por eso Delibes creía que el primer paso para un cambio de mentalidad era ensanchar la conciencia moral universal. «Porque si la aventura del progreso» –concluía el autor- «ha de traducirse inexorablemente en un aumento de la violencia y de la incomunicación; de la autocracia y la desconfianza; de la injusticia y la prostitución de la naturaleza; del sentimiento competitivo y del refinamiento de la tortura; de la explotación del hombre por el hombre y la exaltación del dinero, en ese caso, yo, gritaría ahora mismo, con el protagonista de una conocida canción americana: “¡Que paren la Tierra, quiero apearme!».

[1] Goldsmith, Edward; Allen, Robert; Allaby, Michael; Davoll, John; Lawrence, Sam  (1972) :  «The Ecologist’s Blueprint for Survival», The Ecologist, volumen II, Reino Unido; (posteriormente editada en formato libro como The Ecologist’s Blueprint for Survival. Reino Unido: Ed. Penguin, 1972). Se cita la traducción al español de Miguel Paredes: Manifiesto ecologista para la supervivencia. Madrid: Alianza Editorial, 1972.

El texto original puede encontrarse en este enlace:  The Ecologist’s Blueprint for Survival

Delibes, Miguel: Un mundo que agoniza, Barcelona: Plaza y Janés, 1979. Con ilustraciones de José Ramón Sánchez

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