Bután: hombres y naturaleza en el Reino del Dragón

punaka                                                                   Dzong de Punaka

Lydia Morales Ripalda

TED (acrónimo de Technology, Entertainment & Design) es una organización sin ánimo de lucro dependiente de la Sampling Foundation que se dedica, según sus fines programáticos, a “difundir ideas para cambiar el mundo”. Organiza un congreso anual (TED Conference) y ciclos de conferencias-espectáculo (TED Talks) que cubren un amplio espectro de temas. En febrero de 2016 las Ted Talks celebraron en Vancouver una semana de sesiones a las que asistieron más de 1.400 personas que pagaron 8.500 dólares por ocupar una butaca entre el exclusivo público del anfiteatro. Una de las charlas que despertó más interés fue la del primer ministro de Bután Tshering Tobgay, que apareció vestido con el gho, el traje típico masculino de su país y habló de ocurrencias pintorescas como el índice de Felicidad Interior Bruta. Tobgay explicó en su presentación que los butaneses estaban muy orgullosos de seguir usando su vestimenta tradicional. Omitió que vestir a la occidental está prohibido por ley en su país .

                           tobgay

Bután es un país enclavado en la cordillera del Himalaya que tiene un tamaño parecido al de Suiza y unas cifras de población similares a las de Zaragoza. Cuando hace casi cincuenta años el antropólogo y explorador francés Michel Peissel recibió la autorización para ser el primer occidental que recorriese Bután, el Reino del Dragón vivía aún en una sorprendente, a la par que bien organizada, Edad Media. Altivamente apartados del resto del mundo, los butaneses moraban a finales de los sesenta en un país que de puertas adentro desconocía casi por completo el uso del dinero y de la rueda, pero que tenía una diplomacia lo bastante eficaz como para haberles tomado el pelo (y sacado los cuartos) a Gran Bretaña y a la India durante décadas. Esta tradición de astucia diplomática asoma también en la charla de Tshering Tobgay ante su auditorio de acaudalados norteamericanos.

                              buthan secreto

En su libro Lords and Lamas of Bhutan, traducido en España como Bhutan secreto[1], Michel Peissel relataba las razias que los guerreros butaneses lanzaban sobre la región india del Douars. Esta zona de producción de té se extiende desde Darjeeling a Shilong a lo largo de la frontera meridional de Bután. Durante siglos los temibles butaneses aparecían por allí en invierno y raptaban mujeres, robaban cosechas y cobraban su particular “impuesto revolucionario” a los indios. «Siempre quedaban impunes», contaba Peissel, «pues nadie osaba penetrar en sus plazas fuertes. Ni siquiera los enfurecidos ingleses se atrevían a introducirse en su territorio de las montañas a pesar de que los hombres de la Tierra del Dragón habían apresado más de una vez a súbditos británicos». Gran Bretaña decidió nombrar a un embajador plenipotenciario llamado sir Ashley Eden para ir a Bután y resolver de una vez por todas el problema. Pero la humillación diplomática que recibió la pérfida Albión a manos del pequeño estado medieval fue de las que hacen época. «Los butaneses dejaron en ridículo a aquel dandy emplumado, obligándolo a firmar un tratado humillante y tratándolo tan mal que sir Ashley Eden tuvo que poner pies en polvorosa una noche para salvar su vida. El tratado fue denunciado por el diplomático, alegando que se lo habían hecho firmar a la fuerza», con escupitajos en la cara incluidos. Las autoridades británicas, enfurecidas, advirtieron de que la represalia sería terrible. «El trato dado a nuestro embajador ha sido tan bochornoso que el Gobierno Británico no puede permitir la impunidad del Gobierno de Bután”, escribió en tono admonitorio el virrey y gobernador general de la India John Lawrence a las autoridades de la Tierra del Dragón. Pero los butaneses no parecieron sentirse intimidados. Respondieron lanzando una escaramuza en la frontera india que acabó con un destacamento militar británico derrotado y el robo del armamento de sus oponentes, cañones incluidos. La operación de castigo británica no se produjo nunca, tampoco después de esta segunda ofensa. El virrey de la India en persona optó por unas nuevas negociaciones en las que los butaneses utilizaron, esta vez, su proverbial astucia diplomática. Le arrancaron a Gran Bretaña un tratado asombroso que estipulaba que «en consideración a que el Gobierno de Bután ha lamentado su mala conducta anterior» Gran Bretaña pagaría todos los años una sustanciosa cifra de dinero a Bután «como compensación por el territorio de Douars que se anexionaba». No había tal anexión. El Douars era ya una región india y nunca había pertenecido a Bután, el Imperio británico no se anexionaba nada. En realidad, lo que los británicos habían firmado era el pago de un canon anual para que los butaneses dejaran de lanzar incursiones de rapiña sobre la región. Y habían encubierto la bajada de pantalones con esa figura de la falsa anexión para simular que no habían cedido. De esta manera Bután conseguía dinero y, de paso, que un tratado les reconociera la propiedad previa de algo que nunca había sido suyo. Naturalmente, la historia no acabó ahí. Si las autoridades de la Tierra del Dragón querían aumentar el canon, no hacía falta más que mandar un aviso a los británicos. Ya se sabía lo que significaba una respuesta negativa, así que el Imperio aumentaba el dinero que pagaba para que la frontera de Bután no volviera a abrirse al pillaje. Cuando la India se independizó, el Reino del Dragón consiguió que le “devolvieran” un trozo de ese Douars que nunca había sido suyo y que su vecina multiplicara por cinco el canon anual británico. En las décadas posteriores las cifras del canon pagado por la India siguieron, sorprendentemente, elevándose. La diplomacia butanesa, en resumen, tiene una probada habilidad para camelar y dar sablazos al mundo que está más allá de sus montañas. Poco se puede objetar al respecto. ¿Acaso no consiste la diplomacia eficaz precisamente en eso?

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La actuación de Tshering Tobgay en las TED Talks es, en cierta medida, continuadora de esta tradición. Primer ministro de Bután desde 2013, Tobgay estudió ingeniería en Gran Bretaña con una beca de las Naciones Unidas y posteriormente hizo una maestría en administración pública en la Universidad de Harvard. Desde el punto de vista académico es un hombre con una educación occidental moderna y elitista, aunque aparezca en escena vestido como el cándido gobernante medieval de un reino de fantasía. La candidez, obviamente, es más impostada que real: Tobgay está allí para seducir a un auditorio de millonarios norteamericanos (él mismo recuerda que el patrimonio de algunos de los presentes supera de largo al PIB de Bután) y, a continuación, pasar el cazo. El objetivo manifiesto es conseguir fondos para un organismo conservacionista –Bhutan for Life- creado por las autoridades himalayas para preservar el patrimonio natural del país con dinero obtenido de instituciones extranjeras, corporaciones e individuos acaudalados. Pero de paso, se puede aprovechar la ocasión para hacer publicidad de la Tierra del Dragón y conseguir esos cinco mil turistas de alto poder adquisitivo que Bután deja entrar actualmente en visitas tuteladas. Para lograrlo Tobgay usa con notable habilidad un puñado de trucos dialécticos que demuestran que conoce bien los resortes de la psicología colectiva. Por ejemplo, apela al mito del paraíso terrenal en forma de utopía mítica del Himalaya: reyes iluminados, lamas puros, montañas majestuosas, tierras incontaminadas y cubiertas de bosques en las tres cuartas partes de su superficie, un pueblo sin malicia que intenta vivir en armonía con una naturaleza grandiosa… Casi la Shangri-la que noveló James Hilton. Aunque no, “no somos Shangri-la”, dice Tobgay enfáticamente. Y no lo son, no porque Bután le falle al mito, sino -atención a la explicación- porque Bután es un pequeño país con problemas que otros causan y que él sufre. Ellos, que no sólo son neutrales en emisiones de carbono sino que están incluso en índices negativos, ellos que con su pulmón verde intacto son fieles a su lema de “desarrollo con valores”, son víctimas de las malas prácticas de otros. “No hemos hecho nada para contribuir al cambio climático, pero somos los más afectados por sus consecuencias”, dice con aplomo el primer ministro. Y entonces viene el cuadro apocalíptico. Bután tiene 2.700 glaciares, muchos se están derritiendo por la alteración climática y causan inundaciones pavorosas con daños que la inocente y austera Shangri-la butanesa es incapaz de asumir. Las imágenes de unas aguas furiosas y desbocadas acompañaban desde la pantalla al relato dramático de Tobgay. Ante un auditorio europeo, más viejo y más cínico para las cosas del mundo que un auditorio de nuevos ricos norteamericanos, el truco dialéctico probablemente habría provocado murmullos y sonrisas. Porque cambios climáticos aparte, en Bután y el norte de la India están las regiones más húmedas del planeta. Michel Peissel se refería en su libro a las terribles inundaciones que se producían en estas zonas durante el monzón. «En el resto del mundo la lluvia se mide por centímetros cúbicos o litros. En Cherrapungi caen trece toneladas métricas por metro cuadrado en tres meses, lo que es suficiente para anegar una casa de cuatro pisos. Estas tremendas precipitaciones forman impetuosas corrientes que se abren paso hasta las grandes llanuras, inevitablemente inundadas cada año por este alud de agua». Las imágenes que exhibía el primer ministro, con aquellas aguas turbulentas y desbocadas, eran más de un monzón catastrófico que de un glaciar repentinamente licuado por una sacudida termométrica. De hecho, el efecto de un hipotético calentamiento sobre los glaciares del Himalaya es, como señaló el geólogo Summer Rupper, su regresión y la disminución de su cantidad de agua por efecto de un derretimiento lento y una mayor evaporación. O sea, justo lo contrario de lo que relataba el primer ministro. Lo que sí produce la elevación de las temperaturas es un descenso de las precipitaciones de nieve y un aumento de las precipitaciones de lluvia. Y menos nieve y más lluvia significan mayor regresión de los glaciares, en primer lugar, y mayores inundaciones, en segundo. Pero decir que un deshielo repentino de los glaciares causado por el cambio climático que otros provocan ocasiona las inundaciones del monzón es llevar un poco lejos la licencia literaria. El auditorio del señor Tobgay se lo tragó, como se tragó el efectista final mostrando la camisa occidental bajo la túnica butanesa y haciendo un canto a los sueños de fraternidad universal para pasar mejor el cepillo de las limosnas. El auditorio emocionado y puesto en pie era la prueba de lo buen comunicador que es el primer ministro butanés y de lo hábilmente que había llevado el agua a su molino. Merece la pena ver la charla, a la que se puede acceder desde este enlace con subtítulos en españolTshering Tobgay – TED Talk Febrero 2016

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De todas formas, para los amantes de la literatura de viajes y de naturaleza la lectura del libro de Michel Peissel -encontrable aún de segunda mano en diversos portales de internet- es más reveladora de la riqueza ambiental de Bután que todo el discurso del primer ministro. Peissel describe valles, desfiladeros y montañas plasmando su arrobamiento ante una belleza inefable o su terror ante una peligrosidad literalmente mortal. En ambos casos la confrontación con aquella naturaleza grandiosa dejara hondas huellas en el alma del viajero. Una noche pasada al raso en un lugar particularmente inclemente, y después de graves penalidades, pondrá ante él la realidad radical de nuestra soledad y nuestra menesterosidad existencial. “Esa noche comprendí mejor que nunca cuán miserable resulta el género humano bajo aquella terrible bóveda celeste. ¡Qué pequeños y lastimosos son nuestros cuerpos mortales y qué frágiles nuestras mentes porque, aunque con ellas podamos advertir nuestra propia insignificancia, no somos capaces de ponerle remedio! Somos como cáscaras de nuez embarcados hacia la eternidad en un mar que no logramos dominar, llevados y traídos por las olas de cataclismos estelares, víctimas de fuerzas misteriosas de las que sólo conocemos su inmensidad aplastante”. En otro pasaje Peissel describía como sus duros vagabundeos por aquel paraíso natural lo estaban conduciendo al “purgatorio de la desesperación”. El yo del hijo del diplomático, del estudiante de Oxford y Harvard, del aristócrata consorte que vivía en un castillo en Francia, se disolvía como un azucarillo en el miserable cuenco de arroz, en las penosas caminatas por desfiladeros, en las noches sobre el suelo o el barro y en su inmersión en aquellos parajes duros e imponentes. Enfrentado a todo eso su personaje se disolvía como un espectro irreal y quedaba convertido en lo que todo individuo humano es en el fondo: en nada, en nadie. «Me atormentaba un extraño vacío interior, como si fuera perdiendo contacto con el que toda la vida había sido mi compañero más íntimo: yo mismo. Sin saber cómo, iba haciéndome ajeno a mi propio ser y al mundo que había sido mío hasta entonces. Por la noche ya no me era posible refugiarme en mi mente para hallar un eco a mis ideas. Algo se había ido de mí y en el hueco que quedaba vacío anidaba la soledad profunda de la desesperación». Esa experiencia de muerte del yo de la que han hablado siempre los ascetas era uno de los descubrimientos que Bután tenía reservado al “joven señor occidental”, tan pagado de sí mismo y de sus circunstancias.

El libro de Peissel es interesante también por la descripción de la sociedad butanesa que él encontró y que cincuenta años después ya no existe. Dicha sociedad ha sido transformada por los grandes cambios que han promovido las autoridades en las últimas décadas y que empezaban a apuntarse ya entonces. El antropólogo llegó a plasmar en algún momento de su peregrinaje su deseo de que esos cambios que se estaban fraguando fracasaran, convencido de que aquella vida arcaica era bastante más significativa y equilibrada que la del mundo moderno a pesar de todas sus limitaciones materiales.

Su relato se completaba con descripciones de fortalezas y monasterios muy vívidas, arquitecturas de las que hasta entonces no se sabía nada en Europa. Del Dzong de Punaka, «el Pentágono de Bután, sede real de la fe y de la ley», Peissel decía que «está más allá de toda descripción» por su esplendor. «Punaka fue la fortaleza más inconquistable del mundo, la única que jamás resultó capturada y que resistió hasta la segunda mitad de nuestro siglo las solapadas invasiones de la civilización técnica. Con ella Bután entero ha resistido los embates físicos y morales del exterior, conservando su propia forma de gobierno, su religión y su arte. Y todo ello en un siglo en el que precisamente la religión, el arte y la política de las demás naciones han sido víctimas de influencias extrañas y de predominios de índole económica. Pocas naciones podrán jactarse, como el Bután actual, de sentir una indiferencia total hacia el poder del dólar y la controversia entre democracia y comunismo. Punaka era todavía la sede de un estado libre, la capital de la última tierra verdaderamente independiente del mundo».

“Era”, dice bien Peissel. Porque esa singular Arcadia rural del Himalaya, sin dinero ni banderías políticas, sin tabernas, tiendas, ni posadas, a la vez feudal e igualitaria, modelada espiritualmente por el chamanismo himalayo y el budismo tántrico, de guerreros con espadas de plata, provincias comunicadas sólo por aterradores desfiladeros y una única carretera desde la frontera con la India hasta Thimbu por la que circulaban los todoterrenos del rey, ese Bután, ya no existe.

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[1] Peissel, Michel: Bhutan secreto. Barcelona: Editorial Juventud, 1979.

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