Aguas termales y religiosidad en la España romana

                        caldes de montbui

                                                       Caldes de Montbui (Barcelona)

Lydia Morales Ripalda

La mitología de muchas culturas ha otorgado al agua un papel cosmogónico al concebir el mundo como un continuum permeado por este elemento. La sacralización del agua, y en especial de aquella que tiene cualidades termales, era una consecuencia natural de esa forma de mirarla. Frente a la concepción moderna que sólo ve en el agua un líquido con elementos químicos (y a menudo con ponzoñas), para la mirada tradicional el agua tenía un valor simbólico y estaba habitada por un poder sagrado o una presencia sobrenatural. El agua termal tenía un poder sanador, no sólo por sus componentes específicos, sino por estar habitada en alto grado por ese poder o esa presencia.

En su estudio Termalismo y religión Francisco Díez de Velasco analiza el valor sagrado otorgado a las aguas termales en Hispania y las provincias romanas del norte de África. Recuerda la distinción clara que la cultura romana establecía entre las termas, destinadas a la higiene y con un agua que podía manipularse, y los balnearios, destinados a la recuperación de la salud, con un agua que no debía manipularse y en donde habitaba una presencia sobrenatural. “El agua curativa es un agua mágica: el balneario se convierte en el lugar donde la divinidad se manifiesta del modo más favorable, es decir, sanando, y la pluralidad de los dioses moradores de las fuentes que constataba Plinio, y las fórmulas de agradecimiento de los que sanaron, se materializaban en objetos que con su carga de ritos y palabras han sobrevivido casi dos milenios”. Nuestra palabra “balneario” procede del griego “balaneîon” que pasó al latín con diversas formas: “balineum”, “balneum” y finalmente “balnearius”. La memoria de los lugares termales antiguos ha quedado fijada en la toponimia moderna de las localidades españolas con tres variantes. “La primera deriva directamente del Aquae Calidae latino y forma una serie de topónimos cuyo primer elemento es Caldas; la segunda deriva del Balineum-balneum latino y genera topónimos que comienzan por Baños; la tercera proviene del árabe Al-amma y se plasma en topónimos que empiezan en Alhama”.

Díez de Velasco explica la diferencia entre los balnearios antiguos –“centrados en un aprovechamiento del agua termal que se materializa en modelos arquitectónicos cercanos a los de las termas higiénicas”- y los santuarios termales, donde la construcción asociada al manantial de aguas termales tomaba como modelo “los edificios de índole religiosa” y se acomodaba al paraje natural. Balnearios romanos había en Caldas de Reis y Caldas de Cuntis (Pontevedra), Baños de Bande y Baños del Río Caldo (Orense), Baños de Guntín (Lugo), Alhama de Aragón (Zaragoza), Caldes de Malavella (Gerona) y Caldes de Montbui (Barcelona) y en ellos se han encontrado testimonios de dedicaciones a Apolo y las Ninfas, a la diosa Tutela y el Genio del Lugar y referencias a Marte, Mercurio o Mitra. Por lo que respecta a los santuarios de aguas, se tienen pruebas de que los había en Baños de Fortuna (Murcia) y en el complejo de la Cueva Negra, a dos kilómetros de esta localidad. Las deidades adoradas en el lugar parecían ser la diosa Fortuna y las Ninfas y una inscripción permite aventurar que en la Cueva Negra se practicaba el rito de la lavatio de la Magna Mater. Otro santuario de aguas pudo haber estado en Guitiriz (Lugo), donde se adoraba a Cohvetena (Coventina), la diosa celta de las aguas, la abundancia y la fertilidad. La termalidad de su manantial es baja, por lo que tal vez el carácter sagrado derivara de las virtudes curativas de sus aguas y no de su temperatura elevada.

Junto a los balnearios y los santuarios de aguas, Díez de Velasco analiza los pequeños establecimientos termales campestres, muy numerosos y diseminados por todo el territorio hispano. Eran “núcleos de población cuya razón de ser radica en el surgimiento de aguas termales pero que, al localizarse en zonas marginales (montañosas, alejadas de las llanuras fértiles y de las vías de comunicación) no permitieron un desarrollo humano importante”. Se tiene certeza de la existencia de este tipo de lugares termales romanos, entre otros, en el actual balneario de Panticosa (Huesca), donde el manantial hipertermal conserva el nombre de Fuente de Tiberio; en Fitero (Navarra), donde apareció un medallón de bronce del emperador Marco Aurelio; en Alange (Badajoz), en el que se hallaron los restos termales antiguos en mejor estado de conservación de España y donde algunas de las instalaciones romanas aún se usan; o en Baños de Montemayor (Cáceres), cuyo conjunto de epigrafía votiva es el más amplio de los encontrados hasta ahora y donde se encontraron dieciséis altares dedicados a las Ninfas y dos a la diosa  Salus. El mapa termal se completa con las fuentes usadas en la Antigüedad, pero que tenían un acondicionamiento edificado mínimo. En la nómina de este tipo de lugares hay algunos con una toponimia tan sugestiva como Calda de Boñar, en León. Calda deriva directamente del latín “calidus” y Boñar aparece en fuentes medievales como “Boniare” y “Balneare”. El río que discurre por el valle y que nace poco más arriba de la fuente termal se llama Porma, derivado del nombre medieval Borma, que a su vez procede de Bormo (también llamado Bormano o Bormanicus) deidad celta solar, sanadora y marcial a un tiempo.

Como señala Díez de Velasco, los manantiales termales definían en la España antigua puntos singulares que conformaban el paisaje y ayudaban a vertebrar el territorio. Puesto que las aguas termales y terapéuticas no pueden transportarse sin que se pierdan sus propiedades, hacían surgir instalaciones a pie de manantial o a escasa distancia del mismo. Cuando se hallaban en lugares apartados, contribuían a asentar población y atraer visitantes a la zona y a que la red viaria llegara de alguna forma hasta ellos. Su carácter sagrado, como lugares protegidos por los dioses o donde se manifestaba el poder curativo de unas determinadas deidades, convertía a los manantiales termales en puntos de convergencia entre paisanos y forasteros. Eran, por tanto, lugares donde los estrechos limites de las comunidades locales cerradas se superaban y se podían producir intercambios, resolver conflictos entre grupos enfrentados y encontrar fórmulas de cohesión.

En el estudio, y a partir del análisis de la epigrafía romana hallada en los lugares termales, el lector no especialista encontrará diversos datos de interés. Por ejemplo, la explicación de qué era exactamente un aquilegus en el ámbito romano. Se trataba de “un especialista en obras hidráulicas” entendido con un criterio tan amplio que tenía entre sus cometidos la construcción de canales y acueductos, pero también labores de zahorí y radiestesista, ya que era capaz de localizar agua por procedimientos parafísicos. Interesante es también la diferencia de los votos, ofrendas y dedicaciones según el estrato social y étnico de los oferentes. Los miembros romanos o romanizados de las élites provinciales rendían culto a grandes dioses del panteón imperial con preferencia por sus advocaciones soberanas: Apolo Medicus, Augustus y Sanctus, Minerva, Juno Regina, Esculapio e HigiaLas Ninfas, que en el ámbito griego eran deidades de la naturaleza en un sentido más amplio (montes, aguas, bosques, praderas), en el ámbito romano se especializan como presencias numinosas de los manantiales. A ellas están dirigidas el mayor número de ofrendas conservadas. Los oferentes de rango inferior o poco romanizados también hacían sus dedicatorias, Ninfas aparte, a deidades célticas o indígenas. En cuanto a los militares, a menudo añadían a sus exvotos la fórmula “pro salute Imperatoris”.

                                            alange

                                                               Alange (Badajoz)

Los principales actos religiosos ligados al termalismo que se reflejan en la epigrafía son la erección de aras dedicatorias, el exvoto curativo y el exvoto de acción de gracias cuando la curación se lograba. El material arqueológico deja ver que el elemento religioso del proceso curativo se manifestaba con la llamada fórmula ex visu: “Ante la enfermedad la divinidad se manifiesta (en sueños o por el medio que sea) y plantea el remedio (que en el caso de los lugares termales es el baño terapéutico)… La fórmula ex visu se relaciona con una práctica de terapéutica sobrenatural que es la incubatio, que podía llevarse a cabo en las proximidades de los templos o en lugares de sanación”. Esta práctica de contacto con una deidad sanadora a través de estados alterados de conciencia se inició en el ámbito griego ligada sobre todo a Apolo y Asclepio-Esculapio y continuó en el ámbito romano. La epigrafía romana de Hispania y el norte de África también deja testimonios de la consulto a Apolo, en la que el tratamiento curativo llegaba a través de un oráculo del dios. Otro elemento curioso era la ofrenda de monedas a las aguas sagradas, una práctica que aún sobrevive hoy de modo supersticioso o puramente inconsciente en fuentes famosas.

En las zonas de Hispania donde se mantenía más viva la herencia céltica los estudiosos aventuran el uso de las aguas hipertermales para ordalías y pruebas de resistencia extrema en ceremonias iniciáticas guerreras. Las dedicaciones al Apolo céltico -cuyo nombre aparece como Borus, Bormanicus u otras variantes- se entienden en este contexto. Dios sacerdotal, solar y terapéutico, también pudo tener una faceta marcial, sobre todo en un ámbito céltico como el hispano que era más guerrero que druídico. El estudio analiza la lógica “labor de desestructuración” que la actuación romana tuvo sobre la población céltica tras las conquistas e incorporaciones territoriales de Roma y cómo ello afectó al elemento religioso, desnaturalizándose cultos como los de Bormanicus. Al igual que suele ocurrir en todos los imperios fuertes, Roma “toleró lo indígena -y sus diversos renaceres- pero privado de sus valores explicativos antiguos”.

                           baños de fortuna murcia

                                                          Baños de Fortuna (Murcia)

_____________

Francisco Díez de Velasco Abellán: Termalismo y religión. La sacralización de agua termal en la Península Ibérica y el norte de África en el mundo antiguo. Publicado como monografía 1 de Ilu. Revista de Ciencias de las Religiones, Madrid, 1998, 180 pp.

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Patrimonio cultural, Patrimonio natural, Reseñas. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s