Manuel Matheu y las Termas Pallarés: un oligarca olvidado y su balneario

 

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Lago termal del balneario de Alhama de Aragón con el mausoleo de Manuel Matheu al fondo a la izquierda

Lydia Morales Ripalda

La evolución histórica de los establecimientos de aguas minero-medicinales en España es curiosa. Los viajes para tomar aguas en los balnearios fueron, en realidad, el origen del turismo en nuestro país. Durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX el termalismo vivió en España una época dorada. Los clientes habituales eran la aristocracia, la burguesía adinerada, los artistas e intelectuales y los profesionales liberales, aunque en España también ha existido siempre una tradición termalista popular. Los balnearios más afamados reflejaban su relevancia en la vida social de la época con la magnificencia y la elegancia de sus instalaciones. Pero las turbulencias políticas de la II República, la Guerra Civil y la Postguerra acabaron con este período de esplendor del turismo termal. Los establecimientos balnearios fueron abandonados o destruidos y hasta bien entrada la década de los 80 no empezaron a recuperarse de un modo decidido. La reapertura de instalaciones y la creación de nuevas infraestructuras se hizo en muchos casos gracias al apoyo del Imserso (Instituto de Mayores y Servicios Sociales), lo que condicionó su nueva orientación como establecimientos para jubilados. Las décadas de dejadez y abandono causaron estragos en aquellos elementos de las edificaciones, los jardines y el mobiliario que merecían conservarse y la dependencia de una clientela mayor y subsidiada por el Estado no fue el mejor incentivo para la puesta al día ni para el desarrollo de nuevos modelos de turismo termal. Actualmente se está empezando a promover un turismo de bienestar dirigido a un perfil de cliente distinto, más joven y en edad activa. El cambio de modelo avanza, pero lo hace con lentitud por la falta de coherencia en el posicionamiento de mercado de muchos de estos establecimientos. Los precios no subsidiados de los servicios, incluso de los básicos, son a menudo demasiado caros para un cliente  golpeado por la crisis y la degradación económica de la clase media española. Y a la vez, la mayoría de los establecimientos balnearios clásicos de nuestro país no reúnen las condiciones de lujo y exclusividad que exige el turismo de más alto poder adquisitivo.

El Balneario de Panticosa y las Termas Matheu (luego Termas Pallarés) de Alhama de Aragón fueron los dos establecimientos balnearios aragoneses preferidos por los agüistas elegantes de la Belle Epoque. El municipio de Alhama de Aragón es conocido por sus fuentes termales desde la Antigüedad. Llamada Aquae Bilbilitanae por los romanos, la localidad era un área de descanso importante de la calzada que iba desde Caesaraugusta (Zaragoza) a Emerita Augusta (Mérida) e incluso el emperador Antonino descansó en ella y tomó las aguas con su guardia pretoriana en uno de sus viajes por Hispania. En su estudio Termalismo y religión[1]  Francisco Díez de Velasco recoge los testimonios arqueológicos de dedicaciones a deidades paganas encontrados en Alhama. La caída del Imperio romano supuso para las Aquae Bilbilitanae y el resto de los balnearios hispanos el abandono. Los visigodos no tenían la cultura del agua de los romanos y para Spania, el nuevo reino cristiano independiente que ellos gobernaban, termalismo y religiosidad pagana iban de la mano y, por tanto, juntas se rechazaban.

Manuel Matheu quiso recuperar la conexión espiritual con ese pasado romano cuando se embarcó en 1860 en el ambicioso proyecto de construcción de un establecimiento termal en Alhama de Aragón. Esculturas de dioses y de emperadores, zonas de baños con la estética de las termas antiguas, edificios modernistas de aire neoclásico, jardines boscosos que evocaban aquellos donde las ninfas habitaron… Matheu soñaba con un pequeño paraíso para la salud y el descanso, pero también para que la gente bien de su tiempo hiciera vida social y alternara.

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Unos muy gratos días de asueto pasados en Termas Pallarés durante la segunda semana de junio nos descubrieron a este personaje tan interesante, uno de esos actores secundarios, pero influyentes, de la vida social española de una época, en este caso del siglo XIX. El peculiar perfil de Manuel Matheu ―el hombre de negocios masón que se hace de oro por su proximidad al poder y sus tratos comerciales con la Administración, que adquiere relevancia y prestigio social y que se involucra en las maniobras políticas del momento desde la sombra― no es muy distinto del de esos “ricos hommes del Reyno” que también medran y mangonean, lejos de la mirada y el conocimiento del español medio, en esta España de principios del siglo XXI. Sorprendentemente Termas Pallarés no hace demasiado por recordar en sus dominios a este personaje, que resume en sí mismo un pedazo de la historia de España. Un libro ligero sobre el balneario que compramos en el pueblo fue quien nos despertó la curiosidad por saber más del fundador del establecimiento[2].

Manuel Matheu Rodríguez nació en Barcelona en 1799 de padres comerciantes acomodados, pero no acaudalados[3]. Joven ambicioso con un deseo feroz de medrar, pronto dio los primeros pasos para labrarse su fortuna personal. Se acercó a la política a través de los círculos liberales, se unió a la masonería e ingresó en la Milicia Nacional al proclamarse la Constitución de 1820. Comenzó su carrera en los negocios tras el fracaso del Trienio Liberal y hasta la muerte de Fernando VII en 1833 se mantuvo prudentemente apartado de la política. A lo largo de la vida de Matheu los momentos turbulentos de cambio de régimen iban a ser ocasión para pequeños exilios dorados en París, Colonia y el norte de Italia en los que el empresario aprovecharía para ampliar su visión de negocios. En 1824 el joven Matheu se casó con una señorita de la alta burguesía, Magdalena Gibert Abril, con quien tuvo siete hijos que murieron todos antes que su padre. Cinco años después de su matrimonio Matheu abandonó Barcelona de modo definitivo para instalarse en Madrid, donde estaban sus contactos realmente influyentes. En 1833 un cuñado de su esposa Magdalena fue ennoblecido por Fernando VII con el título de Marqués de Casa Riera y es fácil intuir que ese triunfo social de su concuñado debió de abrir para Matheu una nueva vía de ambiciones -la del acceso a la aristocracia-, máxime cuando en 1836 se vio distinguido por la Reina regente con la cruz de la Orden de Carlos III y con el ingreso en la Orden de Isabel la Católica. La política de ennoblecer a hombres acaudalados próximos a los Borbones seguiría mucho más intensamente durante los reinados de Isabel II, Alfonso XII y Alfonso XIII. De hecho, uno de los hermanos de su esposa, Jaime Gibert Abril, llegó a jefe de la Intendencia General de la Casa Real y se convirtió en Marqués de Santa Isabel en 1856 por merced de Isabel II.

La Regencia de María Cristina de Borbón-Dos Sicilias durante la minoría de edad de su hija Isabel II fue el momento del gran despegue social de Matheu, que era amigo personal de los generales y políticos liberales Francisco Espoz y Mina y Baldomero Fernández-Espartero y contaba con buenas conexiones dentro de la Casa Real. Matheu creó diversas sociedades que obtuvieron la concesión de suministros a la Administración, en concreto a hospitales, cárceles, ministerios y el propio ejército, y que le reportaron grandes beneficios económicos. Fue también apoderado de la Compañía General de Pozos Artesianos y consiguió el privilegio real, durante cinco años y en toda España, para acometer en exclusiva perforaciones con un nuevo sistema a vapor. Participó en otras empresas como la Sociedad Española de Seguros, la Azucarera Peninsular, el Canal de Isabel II o la sociedad constructora del ferrocarril Madrid-Zaragoza. La Desamortización de bienes eclesiásticos acometida por el ministro liberal Mendizábal en 1836 fue la ocasión para que Matheu pegará un pelotazo de primera magnitud al quedarse a un precio muy ventajoso con los 3166 pies cuadrados del convento de Nuestra Señora de las Victorias, en pleno centro de Madrid junto a la Puerta del Sol. El enorme solar se extendía desde la calle Carretas hasta la calle de la Victoria y desde la calle de la Cruz a la Carrera de San Jerónimo y se revalorizó rápidamente por el diseño de un plan urbanístico que contemplaba la apertura de nuevas calles y la construcción de manzanas de bloques de viviendas en los terrenos adquiridos por el industrial. Buena parte de esos edificios se destinaron al alquiler, de modo que Matheu se convirtió en uno de los grandes rentistas de la Villa y Corte[4]. Una de las calles que se abrió en sus terrenos, y que desembocaba en la Puerta del Sol, lleva todavía su nombre. El Pasaje de Matheu fue en origen un suntuoso bulevar comercial que el empresario construyó entre 1843 y 1847 y donde se abrieron tiendas de moda, entre ellas las de su propia empresa textil La Villa de Madrid, que vendía su género en España y el extranjero. Hoy este pasaje es una calle peatonal abierta llena de bares y restaurantes. El imparable ascenso social de Matheu en la capital se rubricó con la compra en 1837 de la finca del V Marqués de Belgida en Carabanchel Alto, una zona donde bastantes aristócratas residentes en Madrid tenían sus quintas de verano. Matheu reformó la casa-palacio por todo lo alto, dándole un toque neorrenacentista. “En el interior creó salas de estilo neoárabe con arcos de yesería y vidrieras policromadas”[5].

                                       ODonnel-Espartero-

El potentado tenía también casa en el centro de Madrid, que hacía esquina con el pasaje de su nombre. Fue precisamente allí donde se alojó el general Espartero al triunfar la Revolución de 1854, la llamada Vicalvarada, que Matheu contribuyó a financiar con un millón de reales de vellón entregados a Espartero, una cantidad que en su testamento dejó consignada como irrecuperable. En el balcón de la casa de Matheu se produjo una escena que ha quedado para los libros de historia de la España contemporánea: la del abrazo de Espartero y su antiguo enemigo el general O’Donnell ante la jubilosa multitud del pueblo de Madrid. Ese abrazo fue el comienzo del llamado Bienio Progresista (1854-56), otro de los muchos períodos turbulentos de nuestra historia contemporánea que los españoles de hoy desconocen casi por completo. Las Cortes Constituyentes que abrieron sus sesiones pocos meses después de la escena del abrazo tenían a Matheu sentado en uno de sus escaños en calidad de diputado. Su influencia en la sombra creció cuando se convirtió en prestamista del Gobierno siendo ministro de Hacienda Pascual Madoz, el artífice de una nueva  Ley de Desamortización que otra vez benefició especialmente a los burgueses acaudalados como Matheu.

Matheu llegó a Alhama de Aragón a finales de su ajetreada década de los 50, riquísimo e influyente, pero con la salud quebrantada. La artrosis le había dejado las manos casi inútiles y el oligarca padecía terribles dolores articulares. Su estancia en el rudimentario balneario de Cantarero mejoró tanto su estado que allí mismo empezó a entretejer el sueño de crear en Alhama un elegante complejo termal del estilo de los que había visitado por Europa. Las aguas de Alhama eran excelentes para músculos y articulaciones, para las vías respiratorias y para el equilibrio psíquico, gracias a su carácter sedante y relajante. El empresario invirtió buena parte de su fortuna en materializar el proyecto y no se paró en barras a la hora de conseguir que se le vendieran fuentes y terrenos. Si algún lugareño no se convencía por la fuerza de dinero, Matheu pasaba a la presión, lisa y llanamente. En 1860 comenzaron por fin las obras. Garantizar unas comunicaciones fáciles para llegar a Alhama era una de las cosas que necesitaba el proyecto. Así que Matheu usó su condición de accionista de la compañía que construía el ferrocarril Madrid-Zaragoza y sus contactos en la Casa Real para desviar el trazado previsto de la línea y hacerlo pasar, literalmente, por las puertas de sus termas. El túnel de carretera que está junto al establecimiento era originariamente el del tren. Todavía hoy una línea de ferrocarril convencional atraviesa con un paso sobreelevado los terrenos del balneario.

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El actual balneario cuenta con tres hoteles, el Hotel Termas, el Hotel Parque y el Hotel Cascada. El edificio del Hotel Termas es el primero que mandó construir Matheu sobre la ladera de una colina rocosa y retranqueado respecto a la primitiva carretera. El zócalo corrido de su parte inferior albergaba la galería de baños provista de aguas minero-medicinales por dos manantiales caudalosos, La Mineta y el Termas. La galería sigue en uso hoy con el nombre de Aquaterma y mantiene la estética de antiguo baño romano que le quiso dar Matheu. Este edificio de cuatro pisos fue el primero de España que tuvo ascensor, una verdadera pieza de museo que está expuesta en la segunda planta del hotel. Una magnífica escalera imperial comunicaba las tres primeras plantas. A pesar del refinamiento perdido, los salones sociales del edificio permiten hacerse idea de la magnificencia y la elegancia originales.

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Mientras las obras de las construcciones avanzaban, Matheu se aplicó también a encargar el diseño de un parque que remedara un bosquecillo natural y que rodeara a la joya del establecimiento: el lago termal. Este capricho audaz y excéntrico del millonario pasó por la adquisición de la finca de un lugareño donde varios miles de surgencias termales brotaban del suelo encharcándolo. Todo lo que se hacía con ese terreno era usarlo como alberca dedicada al secado de cáñamo. Matheu, en cambio, vio su potencial. Durante dos años se excavó la cubeta para convertir aquello en un lago cuyas aguas -con una temperatura constante entre los 28º y los 34ºC- se renovaban por completo cada treinta y seis horas. El resultado no pudo ser más espectacular. Los agüistas decimonónicos usaban el lago para inhalar los efluvios de sus aguas minero-medicinales mientras navegaban por él. Hoy el lago se usa para el baño y es un placer único que sólo puede ofrecer en España este balneario.

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Matheu tenía la ambición de que el balneario le sirviera para estrechar su relación con la Familia Real, así que estaba empeñado en que los Borbones se convirtieran en los agüistas más ilustres de sus termas. Se embarcó en la construcción de una casa-palacio con un exterior de líneas sobrias y unos interiores lujosos cuyo único objetivo era, en palabras de Cristina Taboada, “ofrecer a los soberanos un lugar idílico para escapar del mundo”. Para ello ordenó erigir el edificio en el lugar más elevado de sus terrenos, desde donde se disfrutaba la mejor vista del bosquecillo y del lago. El palacete desgraciadamente está hoy vacío, descuidado y cerrado. En él se alojó el esposo de Isabel II, el rey consorte Francisco de Asís de Borbón –Paquito Natillas según el mote popular, que hacía burla de su falta de virilidad- y también el marido de la infanta Luisa Fernanda, el intrigante Antonio de Orleans, Duque de Montpensier. Montpensier, precisamente, acababa de llegar a Madrid desde las Termas de Matheu cuando mató en duelo a Enrique de Borbón, el hermano de Paquito Natillas y primo carnal de su esposa y de la Reina. Enrique había escrito varios artículos y panfletos con críticas virulentas a Montpensier, que aspiraba a hacerse con el trono español derrocando a su cuñada Isabel II, cosa que el progresista Duque de Sevilla también aspiraba a hacer. La ya vieja inquina entre los dos hombres se dirimió en un duelo en el que Enrique, caballeroso, disparó al aire para no herir a su detestado pariente, pero Montpensier disparó intencionadamente a matar. “Nadie en Madrid le perdonó a Montpensier la ignominia”, escribe Cristina Taboada en su libro sobre la historia del balneario. Para la Familia Real también construyó Matheu un suntuoso baño árabe que se llamó simplemente el Baño del Rey. Pero no llegó a usarse porque Isabel II fue destronada en la Revolución de 1868. El edificio está hoy abandonado y tapiado, de modo que muchos agüistas actuales ni siquiera se percatan de su existencia. Las dos bañeras de los monarcas están hoy en la galería termal del Hotel Parque.

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Con sus termas ya en funcionamiento, Matheu residió a caballo ferroviario entre Madrid y Alhama. El potentado estaba orgulloso de su proyecto y él mismo escribió una Reseña de las termas y establecimientos de baños de la propiedad de D. Manuel Matheu en el término de Alhama de Aragón, publicada en Madrid en 1865. “La idea de prestar un señalado servicio a la humanidad doliente nos lleva a escribir esta sucinta reseña”, decía Matheu. “Impúlsanos igualmente el cumplimiento de un deber que consideramos sagrado, puesto que todos estamos obligados moralmente a contribuir al alivio de los males ajenos, ya con los conocimientos científicos, ya con los adquiridos por la propia experiencia. La necesaria permanencia en estos sitios, motivada por afecciones que hemos logrado extinguir completamente por beneficio de estas aguas, nos ha hecho admirar las maravillosas cualidades curativas de las mismas”. Y seguía: “Hemos querido contribuir a hermosear estos sitios, y al efecto hemos construido varios edificios y restaurado un antiguo castillo romano, el cual se halla colocado en la cumbre de una elevada colina que domina los sitios donde están colocados los baños (…)  El fruto que esperamos de nuestras recomendaciones y nuestros esfuerzos es el bien de nuestros semejantes, el bien de la humanidad, al cual estamos todos obligados a contribuir…”.

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Los últimos años de Matheu, sin embargo, fueron amargos. Las turbulencias políticas hicieron decaer su influencia y no le faltaron disgustos y sinsabores. Y en 1870 perdió con unos meses de diferencia a los dos últimos hijos que le quedaban vivos, Magdalena y Manuel. Había perdido a otros cinco antes: Pelayo, a los cinco años; María, a los tres; Raimunda y Jaime, el mismo día de 1852, una en Granada y el otro en Madrid a los 23 y 22 años respectivamente; y Rafael, a los diecisiete. El rico oligarca, ya viudo, afrontaba sus últimos años solo y sin sucesores directos y de confianza a quienes legar su proyecto de Alhama y el resto de sus propiedades y su fortuna. Como tantas otras veces, la realidad de nuestra finitud y nuestra condición mortal y el carácter evanescente de todos nuestros logros y ambiciones debió quedar dolorosamente patente para quien había sido un triunfador toda su vida. En 1872 Matheu falleció en Alhama y en su testamento impuso a sus herederos la obligación de construirle, para él y su familia, un panteón en sus termas, mirando al lago. Un interesante artículo de Antonio J. Traid publicado por la revista cultural de Alhama –La masonería del siglo XIX en Alhama de Aragón– analiza el simbolismo masónico del templete: los siete escalones que simbolizan las siete virtudes masónicas, las columnas, las dos puertas orientadas a este y oeste, los cuatro óculos que representan los puntos cardinales, el alfa y el omega dentro de una estrella en cada puerta o la cruz patada dentro de una guirnalda. Matheu, cuyo nombre masónico era Régulo, posiblemente ostentó la dignidad de Teniente Gran Comendador (así figura en el obituario que le dedicaron unos hermanos masones y que se encontró en la librería Arús de Barcelona), es decir, de segundo del Gran Maestre, una posición elevadísima en la masonería española. Teniendo en cuenta la dependencia de la masonería hispana del Gran Oriente de Francia, y considerando como Francia usaba esa conexión para tutelar la política española, Traid se plantea la sugestiva hipótesis de si “fue Matheu un agente apoyado económicamente por Francia para defender un Estado liberal en España”. Lamentablemente, el singular mausoleo masónico de Matheu está en estado de abandono y no parece que la empresa que es la propietaria actual de Termas Pallarés tenga ninguna conciencia del valor histórico de este legado ni de cómo convertirlo en un atractivo añadido de su establecimiento.

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Fallecido Matheu su herencia fue objeto de disputas legales entre unos primos del potentado y las dos personas -un hombre y una mujer- a quienes éste había nombrado sus herederos principales. Las obras de conservación y mejora del balneario quedaron paralizadas y en 1911 las termas fueron vendidas a Ramón Pallarés, a quien deben su nombre actual. El balneario recuperó entonces su lustre originario y siguió creciendo. En 1915 se abrió el Hotel Cascada, que debe su nombre a la cascada de inhalación que alberga en sus instalaciones. El gran tenor Julián Gayarre, que se alojaba allí durante la inauguración, tuvo que asomarse a la ventana apremiado por sus admiradores e improvisar unas cuantas arias. Otros cantantes de ópera famosos como Miguel Fleta y Lucrecia Arana, o escritores como el poeta Juan Ramón Jiménez, eran asiduos de este hotel y de los tratamientos de inhalación de la cascada termal. También era un habitual el general José Sanjurjo, que iba a tratarse sus frecuentes bronquitis. Cristina Taboada cita a Ignacio Luca de Tena para relatar que en el balneario Sanjurjo participó en una reunión conspiratoria contra el gobierno liberal presidido por Manuel García Prieto, último presidente constitucional del reinado de Alfonso XIII.

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El último gran edificio de Termas Pallarés, el Casino, fue inaugurado en 1917. Se conserva una carta de Ramón Pallarés al Duque de Monterredondo, un agüista asiduo, donde el propietario le comunica con orgullo el final de las obras. Además de las salas de juego tenía salones de reuniones, una biblioteca y un teatro perfectamente equipado. Su terraza era amenizada en las noches de verano por la música de un cuarteto de cuerda. Los actuales gestores del establecimiento han recuperado esta tradición ofreciendo sesiones de jazz en vivo las noches de los fines de semana estivales.

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¿Y el balneario hoy? Vaya por delante que nuestra estancia fue sumamente placentera. Íbamos a celebrar nuestro aniversario y a darnos un poco de buena vida después de meses de problemas laborales y de estrés por sobrecarga de trabajo. Y el objetivo de descansar, relajarnos y gozar de un marco grato y tranquilo para darnos una buena ración de mimos se cumplió a satisfacción. El lago termal es una verdadera delicia y después de varias horas al día flotando en él no hubo estrés que se resistiera a sus poderes sedantes. El moqueo de la alergia primaveral desapareció, los dolores musculares y articulares se aliviaron y hasta la piel salía de las aguas suave como una nalga de bebé. Por el precio del hotel de cuatro estrellas -el Termas- nos alojaron en el de cinco -el Cascada- y dispusimos de una habitación grande, elegante y muy agradable desde la que veíamos esto:

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Pero dicho lo anterior, es bastante evidente que el establecimiento puntúa regular en mantenimiento y da pena el desaprovechamiento o el descuido en que tiene su patrimonio histórico. El sendero para subir al mausoleo de Matheu está medio comido por la maleza y el singular edificio se encuentra en mal estado de conservación por fuera y por dentro, como vimos aplicando el ojo a la cerradura. Que la Casa-Palacio y el Baño del Rey estén cerrados y cayéndose a pedazos es una tristeza. En este lugar patrimonialmente tan interesante no se está haciendo nada de interpretación del patrimonio. Esto demuestra falta de visión por parte de la empresa propietaria, que se conforma con tratar el lugar como un punto hotelero más, sin ver el valor diferencial que sus termas poseen. Y es que los clientes pasan por el lugar sin enterarse de los valores culturales e históricos que atesora. Un buen programa de interpretación patrimonial, con visitas guiadas, se podría incluir como atractivo añadido en el paquete básico de alojamiento, desayuno, lago y un circuito termal que el establecimiento ofrece. Y eso, además, lo haría diferente de todos sus potenciales competidores, porque no hay otro balneario en España que pueda ofrecer algo similar.

Puestos a revertir la situación, habría que empezar acometiendo la rehabilitación de los edificios históricos en estado de abandono, empezando por el mausoleo del fundador. Arreglar y abrir el templete funerario es obligado por su interés y porque es el mínimo homenaje que se puede rendir a la audaz obra de Matheu. En segundo lugar, habría que hacer un buen programa de señalización de toda la finca y colocar paneles explicativos en los elementos patrimoniales de mayor interés. Luego habría que disponer de buen material explicativo impreso, desde folletos hasta guías sobre el lugar. Podría trazarse un interesante itinerario interpretativo y, por supuesto, yo incorporaría a la plantilla a un profesional para ofrecer visitas guiadas. La última actuación sería abrir un centro de interpretación en alguno de los edificios históricos. El termalismo, su relación con la salud y la religión antigua; la historia termal del lugar; Matheu y su papel en la vida española del siglo XIX; la construcción de las termas modernas y la vida política, social e intelectual que estuvo conectada con ellas; el patrimonio arquitectónico y el natural; e incluso el presente del balneario: todo esto podría ser tratado en ese centro de  interpretación. Se podrían añadir también actividades participativas de los huéspedes relacionadas con el patrimonio del establecimiento, como por ejemplo concursos fotográficos, de relatos o similares. Y se podría organizar un programa de actividades culturales por poco dinero que pondría en uso el teatro o el casino y aportaría otro valor añadido más a la estancia en las termas. Y qué menos que tener una tienda en condiciones con productos de aseo, cosmética y bienestar propios del balneario o de alguna marca asociada…

Capítulo aparte, y final, para cierto tipo de huéspedes del establecimiento que no acaban de entender que un balneario debe ser un sitio de buen tono orientado a la calma y el descanso y no la piscina de una urbanización en Benidorm o un chiringuito playero. Los gritos y las conversaciones vociferantes, los niños maleducados chillando y molestando a todo el mundo, las entradas piscineras en el lago tirándose en plan bomba o los agüistas chupones que no sueltan ni a punta de pistola el chorro que más les gusta en los circuitos testimonian lo sabido: que los buenos modales, la cortesía y la corrección no son valores que coticen demasiado al alza en nuestros días.

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Fotografías de Eduardo Serrano  licencia creativecommons

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NOTAS

[1] Francisco Díez de Velasco: Termalismo y religión. La sacralización del agua termal en la Península Ibérica y el norte de África en el mundo antiguo, monografía I de Ilu, Revista de Ciencias de las Religiones, Madrid, 1998.

[2] Cristina Taboada: Memorias del Balneario, Termas Pallarés, 2007.

[3] Francesc Bacardit: “Manuel Matheu. Su vida, su obra, su legado “, Culturalhama, Revista Cultural de Alhama de Aragón, invierno de 2015, pp.13-18.

[4] Isabel Rodríguez Chumillas: Vivir de las rentas. El negocio del inquilinato en el Madrid de la restauración, Madrid, Libros de la catarata, 2002. El libro tiene un capítulo dedicado a Manuel Matheu.

[5] Quinta de Belgida, Manuel Matheu y el colegio de los Salesianos en https://karabanchel.com

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Una respuesta a Manuel Matheu y las Termas Pallarés: un oligarca olvidado y su balneario

  1. Esther dijo:

    Muchas gracias por su artículo, muy completo y documentado. Estaba buscando algo así para entender el origen de uno de los lugares más bellos y relajantes que conozco: Termas Pallarés. Acabamos de regresar de una estancia de 3 días y toda la información de su artículo ha sido exhaustiva y muy valiosa. Estoy totalmente de acuerdo con que la empresa que lo gestiona no sabe destacar lo que tiene entre manos. Y ahora nos explicamos el mausoleo, ¡gracias, de verdad!

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