Benasque: baños y montañas

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El edificio de los Baños de Benasque enclavado en un espectacular entorno dentro del Parque Natural de Posests-Maladeta (Huesca)

Lydia Morales Ripalda

Imagine que dispone de tres o cuatro días libres en verano, que quiere emplearlos en descansar y recargar las pilas y que desea huir de la ola de calor que anuncian las predicciones del tiempo. ¿Dónde se puede ir? Pues por ejemplo a uno de los parques naturales del Pirineo aragonés, el Posest-Maladeta, eligiendo los Baños de Benasque como base de operaciones. La combinación de alta montaña y termalismo no puede ser más atractiva.

Si uno echa un vistazo a los muy bien editados folletos promocionales de los balnearios de Aragón, reparará en que en la mayoría de ellos los Baños de Benasque no aparecen.  De entrada llama la atención, porque se trata del establecimiento termal a mayor altura de España (1.720 metros), enclavado en un paraje espectacular rodeado de “tresmiles” y con unas aguas minero-medicinales que brotan a temperaturas de entre 30º y 37ºC. El motivo de esa exclusión es que la pobre calidad de las instalaciones impide colocarlo en la compañía de balnearios como los de Panticosa, Alhama de Aragón o Paracuellos de Jiloca. El establecimiento de los Baños de Benasque no puede ser calificado ni siquiera de “hotel”. Es un hostal de montaña totalmente elemental, viejo e incluso cutre. Al edificio principal de 1801, mantenido de cualquier manera, se le han ido añadiendo pegotes posteriores, incluyendo barracones prefabricados que hacen las veces de vestuario y escusado en la piscina termal. El motivo de que un lugar tan interesante turísticamente se mantenga en estado tan precario es que la propiedad es pública (del Ayuntamiento de Benasque), pero la explotación en régimen de alquiler para cincuenta años es privada (de una familia de empresarios hoteleros de la zona que tienen, entre otros establecimientos, un spa de tres estrellas dentro del mismo parque natural). El Ayuntamiento no puede permitirse el desembolso de una rehabilitación integral para un establecimiento que, además, está en manos privadas y los arrendatarios no tienen tampoco ningún interés en gastar en algo que no es suyo y que haría la competencia a lo suyo. Así que, unos por otros, los Baños de Benasque no se arreglan y siguen con esa pinta de escenario de película de terror, por fuera, sí, pero sobre todo por dentro. Al aspecto decrépito y desvencijado que tienen interiores y mobiliario se unen carencias impropias de un hostal de nuestros días (la mayoría de las habitaciones no tienen siquiera ducha o bañera, por ejemplo) y una limpieza bastante deficiente, ya que el escaso personal hace de chicos para todo y llega hasta donde llega. El precio básico del alojamiento no incluye el desayuno, pero sí el uso de la rudimentaria piscina termal y de la galería de bañeras (excepto de las de hidromasaje, por las que hay que pagar suplemento). Los tratamientos que se ofrecen son bastante elementales y pueden verse aquí. El establecimiento sólo está abierto en verano.

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 ¿Por qué alojarse en este lugar en vez de en el spa de los Llanos del Hospital o en cualquiera de los hoteles del mismo Benasque? Pues primero, porque las aguas mineromedicinales de verdad están en los Baños, no en ningún spa artificial. Segundo, porque al funcionar todo de aquellas maneras los huéspedes hacen también más o menos lo que quieren, sin demasiada vigilancia ni normas estrictas. El público está compuesto mayoritariamente por montañeros, parejas asilvestradas, abuelos que vienen desde hace décadas y extranjeros que buscan un turismo alternativo. Y la tercera razón es que la grandiosidad, la soledad y el silencio del paraje no admiten parangón con el pequeño bullicio urbanita de Benasque. El enclave es sencillamente espectacular y las vistas son una auténtica belleza.

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La historia del lugar es interesante. Aunque a menudo se alude a un supuesto origen romano de los baños (que es real en lo tocante a Alhama y Panticosa), en el caso de Benasque no hay de momento testimonios documentales o arqueológicos que apoyen esa hipótesis (ver la entrada “Aguas termales y religiosidad en la España romana”). La primera referencia documentada al uso de estas aguas mineromedicinales es de 1522. El edificio actual fue erigido en 1801 por iniciativa del ilustrado, militar y político benasqués Antonio Cornel y Ferraz y con financiación de su amiga y amante Teresa de Silva y Álvarez de Toledo, o sea, la XIII Duquesa de Alba que pintó  Goya. Cornel fue ayudante de campo del Conde de Aranda, militar ampliamente condecorado por su intervención en diversas campañas y gobernador militar de Valencia y Cataluña. En 1799 Carlos IV lo nombró ministro de Defensa, o ministro de la Guerra, como se decía entonces. Duró poco en el cargo porque sus relaciones con Godoy eran pésimas, así que fue cesado en 1801. La invasión francesa y el estallido de la Guerra de la Independencia lo sorprendieron en Zaragoza y fue uno de los organizadores de la resistencia de la ciudad durante el primer asedio napoleónico. La Junta Suprema Central lo llamó entonces para ocupar de nuevo el cargo de Ministro de la Guerra, cosa que hizo hasta 1811. Cornel fue también un miembro muy activo de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País. Una lápida de mármol blanco, apenas legible por lo desgastada, recuerda la memoria de este insigne desconocido para los españoles de hoy en la galería de bañeras del balneario.

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El edificio de los baños quedó prácticamente destruido durante la Guerra Civil de 1936-1939. Utilizado como cuartel por las fuerzas republicanas, estas le prendieron fuego cuando lo abandonaron y sólo las paredes de piedra sobrevivieron al incendio. En la década de 1950 el lugar se arrendó por primera vez a la familia Valero y se acometió una reconstrucción sin grandes sofisticaciones. Lo que vemos hoy es lo que se hizo entonces, sumándole el desgaste del tiempo, del uso y de la dura climatología. En este vídeo se ofrece un recorrido en imágenes por la historia del balneario.

Incluso en los días más calurosos del verano la temperatura experimenta grandes descensos tan pronto como se va el sol y son habituales los chaparrones nocturnos y las mañanas neblinosas y muy frescas. En lo más duro de la canícula, cuando buena parte del país anda sumida en sus habituales olas de calor, en los Baños de Benasque los huéspedes duermen con dos mantas y no sobran. A las nueve de la mañana, cuando se abre la piscina, el contraste de temperatura entre el agua termal y el ambiente exterior empaña las cristaleras.

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Los Baños son una buena base de operaciones para hacer diversas excursiones y visitas culturales. Por ejemplo, hasta finales de septiembre hay una interesante exposición fotográfica en el Palacio de los Condes de Ribagorza de Benasque que conmemora el centenario del refugio de La Renclusa, un lugar muy querido para los montañeros que intentan la subida al Aneto. El ciclo de Música en la cima lleva todos los veranos su programa de conciertos gratuitos por diversas iglesias de la zona. Y los amantes del románico tienen un amplio catálogo de templos y monasterios que visitar. Cerca de los Baños se puede hacer una andada por el Sendero Botánico o del Moral, que discurre paralelamente al río Ésera y que termina en el camino forestal que une los Baños con los Llanos del Hospital. Los clientes del establecimiento termal pueden apuntarse a un recorrido guiado de la senda en compañía de un intérprete de botánica.

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Desde el Llano de la Besurta, a 1.900 metros, se parte para la excursión clásica y obligada de la zona, la del Forau d’Aigualluts, un capricho de la naturaleza a los pies del Aneto que sorprende cuando se ve por primera vez. Desde los glaciares y torrenteras del Aneto y de la Maladeta descienden cursos de agua que crean hermosas cascadas y llegan, a los 2.074 metros de altitud, a una especie de sumidero de 40 metros de profundidad y 70 metros de diámetro donde las aguas desaparecen como por arte de magia. Hasta 1931 no se supo dónde iban a parar. Fue un espeleólogo francés llamado Norbert Casteret quien demostró que recorrían varios kilómetros bajo tierra para salir de nuevo a la superficie en un paraje conocido como los Ojos del Judío, en el Valle de Arán. Casteret apostó a observadores en diversos lugares del Pirineo y vertió seis barriles de un colorante, la fluoresceína, en las aguas del Forau. Unas horas más tarde, la fluoresceína dejaba ver su característico color verde en el agua que manaba en los ojos del valle de Arán. El capricho de la naturaleza está en que unas aguas que debían desembocar, a través del río Ésera, en el Mediterráneo, terminan muriendo en el Atlántico, a través del cauce del río Garona.

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Durante un primer trecho de la andada el camino desde la Besurta para ir al Forau y al refugio de La Renclusa es el mismo. Luego los senderos se separan. La excursión habitual es hasta la pradera y la cascada de Aigualluts, unos metros más arriba del sumidero. El desnivel es de poco más de doscientos metros y la senda es asequible. Durante la marcha se pueden contemplar estampas de gran belleza. El tiempo es extremadamente cambiante y hay que tener la precaución de llevar ropa impermeable y de abrigo. Se puede empezar con tiempo soleado y de manga corta, encontrarse poco después nubes y nieblas y necesitar jerséis, levantarse un aire helado que obliga a ponerse los tabardos y terminar remojados y llenos de barro después de una buena tromba de agua.

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Para reponerse de las inclemencias montañeras, una vez retornados a los Baños, lo mejor es una buena sesión termal en la galería de bañeras. De nueve de la mañana a nueve de la noche la galería está atendida por personal del establecimiento que desinfecta las bañeras después de cada uso y controla los tiempos (20 minutos justos en los ratos de más tráfico, algo más en las horas menos concurridas). Antes y después de esas horas las bañeras siguen abiertas para los huéspedes del hostal, aunque son ellos mismos los que tienen que coger el amoniaco, los guantes de fregar y el mocho para limpiárselas. A cambio pueden estar a remojo tanto como les plazca, sin que nadie les limite el tiempo. Esta enorme bañera para dos merece probarse y disfrutarse…

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Los tres o cuatro días de asueto pueden completarse con una visita a la estación de esquí de Cerler para subir en el telesilla del Aneto o con una excursión al santuario de Guayente, cuya acogedora iglesia está habitualmente abierta y desierta, cosa que permite entregarse sin ser molestado a un buen rato de oración, de meditación o de simple silencio. Un paseo agradable, y muy frecuentado por los lugareños, es el que une Benasque y la pequeña aldea de Anciles. Son veinticinco minutos por la carretera boscosa y luego se puede volver por el Camino de la Ribera, siguiendo el río Ésera. En Anciles vive una antigua compañera mía de la universidad -Luz Gabás- que se ha hecho famosa gracias a su novela Palmeras en la nieve. Viendo lo bonita que es la aldea no podemos sino alabarle el gusto de haber dejado la ciudad y la docencia para retirarse aquí y dedicarse a escribir. Afortunada ella que puede permitirse lo que otros sólo podemos soñar… De momento.

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Fotografías de Eduardo Serrano  licencia creativecommons

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