Siresa y la Selva de Oza

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Fotografía de Eduardo Serrano, 2016

Lydia Morales Ripalda

El valle de Hecho es uno de los más emblemáticos del Pirineo. Este valle fue el primer germen territorial de Aragón e incluso la etimología mítica del viejo reino está asociada a él. El humanista siciliano Lucio Marineo Siculo recordaba en su obra De Aragoniae regibus et eorum rebus gestis (1509) que el reino tomó su nombre del río pirenaico homónimo que fluye por el valle de Hecho. Y el nombre de río y reino estaba ligado, a su vez, a los mitos de la presencia de Hércules en España. «Cuando Hércules pasó por España con muy grande ejército», relataba Siculo, «después de que la hubo tomada, conquistada y hecho en ella muchas y grandes ciudades, en memoria de su vencimiento acordó hacer sacrificios solemnes junto a un río que nace de los montes Pirineos. Y para esto puso altar y lugar de sacrificio en su ribera. Aquí mismo, después de haber hecho los sacrificios por orden y como debía, celebraron los griegos aquellos juegos de alegría que llamaban agonales. De suerte que por el altar, que en latín se llama ara, y por los juegos agones juntando dijeron al río y a la provincia Aragón». Historia y mitología aparte, el valle de Hecho ofrece también algunos de los parajes más hermosos de toda la cordillera pirenaica y suele despertar el interés de los amantes de la cultura popular por sus tradiciones arquitectónicas, folclóricas e indumentarias. El primer paso pirenaico del Camino de Santiago, antes de que se abrieran y popularizaran en la Edad Media los de Somport y Roncesvalles, estuvo en esta zona, a través de la antigua calzada romana del puerto de Palo y la Selva de Oza. Esta fue la vía de comunicación que unió en la Antigüedad Caesaraugusta con las Galias, o sea, Zaragoza con Francia.

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Fotografía de Pirineos 3000

El núcleo urbano más septentrional del valle, a escasos dos kilómetros de Hecho e integrado en su ayuntamiento, es Siresa. La aldea, elevada sobre un promontorio a la vera del río Aragón Subordán, tiene una imponente iglesia románica que es todo lo que queda del desaparecido Monasterio de San Pedro de Siresa, «el centro espiritual del originario condado de Aragón»[1]. El monasterio fue fundado por el conde Aznar I Galindo (809-839) en el año 833 eligiéndose para su emplazamiento el solar de una antigua iglesia visigoda. Pronto se convirtió en un enclave religioso importante entregado a cuatro grandes tareas: la primera, el hospedaje y la asistencia a los transeuntes de la calzada romana y a los peregrinos del Camino de Santiago, a quienes la dureza de la climatología y la orografía les hacía muy penoso el cruce de la barrera pirenaica; la segunda, «la conservación de la memoria de la familia condal» primero, real después, de Aragón; la tercera, «la organización del territorio, con sus poblaciones, su ganadería y sus cultivos»[2]; y la cuarta, el ejercicio como gran foco cultural de la zona. En el año 848 san Eulogio de Córdoba visitó el monasterio siresano, gobernado entonces por el abad Odoario, y en una carta dirigida al obispo de Pamplona dejó constancia de las numerosas reliquias y de la enorme biblioteca que poseía el cenobio. Hasta cien monjes trabajaban como copistas en su scriptorium. «Contaba la biblioteca con ejemplares de obras totalmente desconocidas en el resto de la Península y en buena parte de Europa, como libros de Avieno, Virgilio, Juvenal, Horacio o Porfirio»[3]. Tiempo después, en el siglo XII, uno de los grandes monarcas hispánicos de la Reconquista, Alfonso I el Batallador (1104-34), pasaría sus años de pequeño príncipe aragonés en el Monasterio de Siresa, donde fue educado bajo la tutela de su tía doña Sancha. Los restos que hoy se conservan de aquel gran foco religioso y cultural −sólo su iglesia− son precisamente de la época del Batallador, que le otorgó al monasterio siresano numerosos beneficios. El templo románico, de poderosa envergadura, tiene una única nave y un diseño de gran sobriedad. El ábside está levantado sobre una cripta «cuya función principal es salvar el desnivel del terreno y que no tiene comunicación alguna con el exterior»[4]. No hay en toda la fábrica del edificio ni un solo detalle escultórico, «lo que la emparenta con las construcciones lombardo-mozárabes del resto de la Jacetania». Un crismón trinitario en el tímpano de la puerta occidental es el único elemento simbólico que rompe la estricta desnudez decorativa del templo.

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Fotografía de Eduardo Serrano, 2016

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Fotografía de Antonio Macías, 2012

Desde Siresa en dirección norte la carretera va a morir tras diez kilómetros entre los espectaculares parajes boscosos de la Selva de Oza. Tras sobrepasar el barranco de Lenito, a la izquierda, y el de Agüerri, a la derecha nos encontramos con la puerta de entrada a Oza: la Boca del Infierno. Se trata de una imponente y agreste garganta encajonada entre las moles rocosas de Peña Forca y el monte Campanil por la que fluye, salvaje, el río Aragón Subordán. La carretera estrechísima se retuerce sin cesar, con precipicios por arriba y por abajo, ofreciendo en cada una de las curvas «perspectivas diferentes, a mitad terroríficas y sublimes», como describió gráficamente Cayetano Enríquez de Salamanca. El angosto desfiladero se extiende durante cinco kilómetros en los que las paredes rocosas verticales se combinan con un frondoso tejido arbóreo que se encarama por los riscos más inverosímiles. Al final de esos cinco kilómetros el paisaje se abre súbitamente en la amplia llanura boscosa de Oza, donde se encuentran las edificaciones de varios campamentos montañeros y militares y donde muere la vía asfaltada. Las densas masas de hayas, robles, pinos negros y abetos componen paisajes otoñales de una belleza cromática arrebatadora. Cruzándolos en dirección ascendente se llega a una gran pradera desde la que se sube a Aguas Tuertas. El ascenso se hace por canchales y pedrizas surgidos de los procesos de hielo y deshielo que han favorecido desde tiempo inmemorial la fracturación y el diaclasado de las rocas.

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El ecosistema de la Selva de Oza tiene una nutrida población de aves. Aquí podemos toparnos con el pito real, el pito negro y el pico picapinos; con el zorzal o con el mirlo negro, cuyo macho de pico amarillo tiene uno de los cantos silvestres más hermosos. También podemos ver rapaces como el azor, el halcón abejero, el halcón peregrino o el buitre leonado; y pájaros tan llamativos como el camachuelo, habitante de los hayedos, que tiene un plumaje rosa intenso en la parte inferior y gris ceniza en la superior. El senderista se encontrará también con animales terrestres como la gineta, la ardilla, el corzo y el ciervo[5]. En las cercanías del río no es extraño toparse con algún lución -conocido popularmente como «serpiente de cristal»- enroscado entre la vegetación. Este animal de cuerpo grueso, brillante y de medio metro de largo, responsable de los chillidos y los sustos de muchos excursionistas que se lo topan al atardecer, es un saurio extraordinariamente tímido que en el encuentro accidental con los humanos se asusta de nosotros todavía más que los humanos de él. El lución se mueve lateralmente, de modo rápido y convulsivo, y si se lo agarra por la cola, él mismo la secciona. A pesar de lo que pueda parecer, no es una serpiente, sino un lagarto sin patas que puede llegar a vivir entre cuarenta y cincuenta años.

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Aguas Tuertas, el punto de origen del Aragón Subordán, es una turbera surgida de la evolución de un antiguo lago glaciar, un terreno herboso y musgoso encharcado de agua. «Los procesos de erosión junto con la descomposición y acumulación de restos vegetales han acabado colmatando la depresión lacustre, generando una zona de turberas donde el río describe, por la escasa pendiente, meandros de acusada curvatura»[6]. Una vegetación de pastos alpinos y aves adaptadas al frío y a la falta de arbolado como la perdiz nival o el gorrión alpino son las formas de vida propias de este paisaje.

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Fotografía de Abel Muñoz, 2006.

La cuenca alta del Aragón Subordán está catalogada como Punto de Interés Geológico. Presenta el característico valle en artesa, con restos de circos e ibones, propio de su pasado glaciar. Los hielos cuaternarios formaron aquí una lengua de casi veinticinco kilómetros que llegaba hasta Siresa[7]. Es también una de las zonas de mayor concentración de restos megalíticos de todo el territorio nacional. El conjunto megalítico de Oza, Guarrinza y Lizara está declarado zona de interés arqueológico. Está formado por unos treinta puntos con dólmenes, menhires, alineamientos, cromlechs, dibujos geométricos en el suelo, pinturas rupestres y por «más de cien círculos de piedra (en el yacimiento de Corona de los Muertos de la Selva de Oza) difíciles de identificar, posiblemente correspondientes a fondos de cabañas que van desde el Epipaleolítico hasta la Edad Media»[8]La zona, en suma, tiene sobrados atractivos y elementos de interés como para merecer una visita.

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Fotografía de Pirineum

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NOTAS

[1] Luis Aurelio González, Dolores Palomares y José Pallarés: Por los orígenes del Reino de Aragón. Travesía a pie por el Pirineo oscense, Desnivel, Madrid, 2008.

[2] Domingo Buesa Conde, Rafael de Miguel González y Armando Serrano Martínez (coordinadores): La Jacetania, CAI-Prames, Zaragoza, 2006.

[3] De la obra citada en nota 1.

[4] Cayetano Enríquez de Salamanca y Navarro: Por el Pirineo aragonés: Rutas de la Jacetania, Enríquez de Salamanca Editor, Las Rozas (Madrid), 1988.

[5] Álvaro Silva y Mora: Bellezas naturales del Pirineo aragonés, Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja, 1978.

[6] Fernando Solsona: Setenta paseos por los ríos de Aragón. Puntos fluviales singulares, Prames, Zaragoza, 2005

[7] Fernando Lampre Vitaller, José Miguel Vicente Blasco: Parajes naturales de Aragón, Prames, Zaragoza, 2000.

[8] De la obra citada en nota 2.

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