Agüero: mallos y misterios

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Lydia Morales Ripalda

Agüero es un pequeño pueblo del Alto Aragón que se encuentra a 43 kilómetros de Huesca, en la comarca de la Hoya, y tiene 160 habitantes censados. Está asentado a los pies de unas singulares formaciones rocosas -los mallos- que constituyen el límite entre la montaña pirenaica y el somontano. Su emplazamiento es montaraz y extraordinariamente pintoresco. A pesar de hallarse retirado (la pequeña carretera provincial por la que se accede al pueblo muere en él), tiene un flujo regular de visitantes muy interesados en el lugar. La belleza paisajística, el arte románico, las posibilidades de senderismo y escalada en un entorno de gran valor natural, un ramal secundario del Camino de Santiago y su interés etnográfico (conserva el viejo aragonés y tiene un singular carnaval llamado As Mascaretas) son sus principales atractivos.

La palabra mallo procede del latín malleus (mazo, martillo) y se utiliza para dar nombre a unas formaciones geológicas características de la cuenca del Ebro. Son grandes farallones y agujas de conglomerado rocoso, formados por cantos de tamaño medio envueltos en arcilla y arena y cementados con materiales calcáreos y sedimentos depositados a lo largo del Mioceno por los afluentes del Ebro que bajaban desde el Pirineo. Al ser moldeados por la erosión se convirtieron en promontorios adosados a las laderas de las últimas sierras pirenaicas, con cumbres redondeadas por la acción combinada del agua, el viento, el hielo y el sol. Con sus paredes verticales de unos 200 metros de desnivel, los mallos marcan el límite entre el Prepirineo y el somontano. Aunque los más conocidos y espectaculares son los de Riglos, los mallos de Agüero y su vecino barranco de la Rabosera han sido declarados Punto de Interés Geológico y Monumento Natural de Aragón. Desde las pistas y senderos del barranco de la Rabosera, y desde el sendero circular que rodea los propios mallos, hay varios paseos que permiten observar diversas formaciones geológicas (farallones, capas, pliegues) inmersos en un paisaje de belleza espectacular.

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Fotografía de Desde la cima del rock

Agüero es una localidad de largo pasado. La primera referencia documental a ella se remonta al siglo X, concretamente al año 992, cuando con el nombre de Avero es citada en la larga lista de lugares que se cedieron como renta para el rico monasterio femenino de Santa Cruz de la Serós. La segunda mención conservada es del año 1036, en un documento donde el rey Ramiro I de Aragón dona a su esposa Gisberga varios pueblos, fincas y castillos entre los que se encontraba Agüero. El lugar era una villa de realengo dependiente directamente de los monarcas. La corona tenía la potestad de entregar la autoridad sobre el lugar a personas designadas por ella y se conserva referencia documental de varios caballeros que fueron seniores de Agüero a lo largo de la Edad Media. Otro documento de 1105 otorgaba los lugares de Agüero, Murillo, Riglos, Marcuello, Ayerbe, Sangarrén y Callén a la reina Berta, viuda de Pedro I, y de esa posesión proviene el que la localidad fuera llamada en el pasado Agüero de la Reina y que todavía hoy se conozca a este grupo de pueblos como Reino de los Mallos. A partir del siglo XIV, sin embargo, Agüero pasó a formar parte de las tierras de una de las grandes familias nobiliarias aragonesas, la Casa de Gurrea. En la Edad Media existió en Agüero un castillo del que hoy no queda absolutamente nada. Cuenta la leyenda que mientras se alojaba en él tuvo el rey Alfonso el Batallador un sueño griálico. De todo lo anterior se puede deducir que el lugar tuvo un pasado de relativa grandeza y esplendor que hoy cuesta imaginar en un pueblo tan pequeño (1). Por Agüero pasaba, además, el ramal secundario del Camino de Santiago que utilizaban los peregrinos que marchaban desde la ciudad de Huesca. El itinerario que seguían iba por Ayerbe, Agüero, San Felices, Longás, Urriés y Sangüesa, localidad esta última donde los peregrinos se incorporaban al itinerario principal del Camino.

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Fotografía de www,laspain.com

Agüero tiene dos iglesias románicas, la parroquial de san Salvador en el corazón de la localidad, y la solitaria e inconclusa iglesia de Santiago, enclavada en lo alto de una colina a menos de un kilómetro del pueblo y semioculta por la vegetación. En la Iglesia del Salvador hay un órgano del siglo XVIII, todavía apto para el uso, y un  interesante museo dedicado a este instrumento. Y en las inmediaciones de la localidad siguen en pie varias ermitas medievales como la de la Virgen del Llano y la de san Esteban. Pero es la enigmática iglesia de Santiago el elemento patrimonial que despierta, no sólo más interés, sino incluso verdadera pasión entre los amantes de la cultura medieval. Muchos viajeros vienen desde los lugares más diversos por visitar esta iglesia, cuya edificación quedó abortada cuando se había levantado sólo la cabecera. Los elementos que provocan tanto interés son el carácter majestuoso de la construcción, su indiscutible belleza artística y los enigmas históricos, simbólicos y constructivos que rodean al edificio. No hay ninguna referencia documental al templo, algo ciertamente extraño tratándose de un proyecto tan ambicioso. No se sabe ni quién encargó esta construcción, ni para qué, ni cuál fue la razón por la que el proyecto se abandonó, ni por qué no hubo voluntad en siglos posteriores de concluir la construcción. Además, hay en su programa simbólico e iconográfico elementos lo bastante enigmáticos como para despertar los más encendidos debates entre los interesados en el arte románico. A pesar de tratarse de un edificio inconcluso fue declarada monumento nacional en 1920.

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Fotografía de Antonio García Omedes. http://www.romanicoaragones.com

Los misterios de Santiago de Agüero no se limitan a su génesis, sino que alcanzan a elementos del propio templo. Por ejemplo, ¿a quién corresponde la cabeza coronada que aparece como único elemento figurativo en los capiteles del ábside central? Daniel Zabala (2) mostró que dicha cabeza recibe durante unos nueve minutos el asoleo directo en el mediodía del solsticio de invierno a través de uno de los vanos laterales, concretamente el número 5, orientado al sureste. Es este un hecho de innegable significado simbólico, porque el solsticio de invierno es la expresión del renacimiento de la luz de entre la oscuridad. Que el capitel reciba los rayos del sol justo en el mediodía del solsticio de invierno, además de testimoniar unos conocimientos aplicados a la construcción que asombran, marca a esa figura como una expresión de la naturaleza solar. A partir de este punto empiezan las polémicas. ¿La testa coronada es un puro símbolo del principio solar o representa a algún individuo concreto a quien se consideró repositorio de esa potencia luminosa? Como el símbolo es algo que resulta bastante ajeno al Hombre contemporáneo, a todos parece gustarles más la idea de que el capitel de Agüero retrate a un individuo concreto. Y aquí empieza a volar la fantasía, porque elementos fundados para pronunciarse a favor de tal o cual personaje no hay ninguno y todo son puras elucubraciones. Hay quien quiere ver en el capitel a un rey de Aragón y los más mentados son Ramiro II el Monje, que a lo mejor quería construirse un nuevo monasterio, o Pedro I, en cuya memoria su viuda Berta tal vez quiso erigir esta iglesia. Pero otros rechazan a los candidatos regios alegando que la corona que aparece en el capitel no es una corona de rey y que a lo que más se acerca es a una corona de vizconde.

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Si se piensa en un vizconde importante en el Aragón del siglo XII, alguien digno de este “misterio de la cabeza”, ciertamente hay uno y sorprende que nadie lo haya propuesto para este concurso de candidatos a míster capitel. El vizconde Gastón IV de Bearn, esposo de Talesa de Aragón, prima del rey Alfonso I, reconquistó Zaragoza junto a su regio pariente en 1118 y fue el primer señor de la ciudad tras la vuelta de esta al dominio cristiano. Zaragoza lo recuerda aún hoy incluyendo su figura en la popular comparsa de los Gigantes y Cabezudos y haciendo de Gastón un gigante cuyo rostro, curiosamente, se parece bastante al de la testa coronada de Agüero. Para cuando se produjo la reconquista de Zaragoza Gastón llevaba tiempo siendo uno de los guerreros cristianos más significados en la lucha contra el islam. En la Primera Cruzada para la recuperación de los Santos Lugares el vizconde de Bearn fue el encargado de las máquinas de guerra usadas contra los otomanos y  fue el primer caballero cristiano que entró en el perímetro amurallado de Jerusalén (año 1099) una vez rotas las defensas musulmanas. Excelente estratega militar y poderoso guerrero en el cuerpo a cuerpo, el vizconde era uno de los nobles cristianos más aborrecidos por los ejércitos islámicos de la época. Por eso, cuando cayó en combate en el año 1131, su cadáver sufrió el ultraje de la decapitación y la cabeza del vizconde fue paseada entre vítores clavada en una lanza por las calles de Granada. El fin de Gastón «devolvió la sonrisa al emir de los musulmanes, Ali ben Yusuf, que estaba en Marrakech», según escribió José María de Lacarra. El cuerpo mutilado del vizconde se trasladó a Zaragoza y fue enterrado en la primitiva iglesia románica de Nuestra Señora del Pilar. Pero aunque parezca increíble, los restos de Gastón se «perdieron» en alguna de las demoliciones y posteriores agrandamientos de dicho templo. Una desidia sorprendente, porque el olifante bizantino que el vizconde se trajo de la Primera Cruzada se ha conservado hasta hoy y está en el museo de la Basílica del Pilar. Los restos del primer señor cristiano de la Zaragoza reconquistada fueron cuidados con menos esmero que ese hermoso objeto. O al menos, eso es lo que la historia nos ha transmitido. Gastón fue, en fin, un gran promotor del Camino de Santiago y financió construcciones románicas a ambos lados del Pirineo, una vocación que siguieron también otros miembros de su linaje.

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El vizconde Gastón IV de Bearn en la comparsa de Gigantes y Cabezudos de Zaragoza

Los misterios de la iglesia inconclusa de Agüero no se limitan al capitel de la testa coronada. Decenas de llaves, finamente talladas en los sillares de piedra, están diseminadas por toda la construcción. Meras marcas de cantería para unos, signos esotéricos para otros, lo cierto es que fueron cinceladas con demasiada finura como para ser meramente lo primero. La llave ha sido tradicionalmente un símbolo de la iniciación, del acceso a conocimientos y estados de conciencia que escapan a la experiencia ordinaria. Referida a un lugar indica que hay en él «un misterio que penetrar, un enigma que resolver, una puerta a la iluminación»(2) y avisa de que estamos ante un axis mundi donde es posible para quienes sean aptos «el paso a otro nivel».  Asociar estos significados al templo agüerano equivale a colocarlo en un ámbito distinto del de la religiosidad credencial, ortodoxa. ¿Es forzado hacerlo? No podemos saberlo, y menos considerando que su programa iconográfico está incompleto. Pero lo cierto es que en otro capitel se ve a un niño desnudo a quien dos águilas reales le pican –le abren– la coronilla. El infante desnudo es símbolo del Hombre que ha experimentado la muerte y el nacimiento iniciáticos, del nacido dos veces. Y el águila, como dicen Chevalier y Gheerbrant, «simboliza la potencia más elevada, la soberanía, el genio, el heroísmo y todo estado transcendente. Es el símbolo de la ascensión espiritual, de una comunicación con el cielo, que confiere un poder excepcional». Es ese poder el que produce la «apertura de la coronilla», del chakra Sahasrara, que dirían en Oriente. A cualquiera familiarizado con la tradición yóguica no hace falta explicarle qué significa esa imagen.

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Grial de Agüero

La lista de misterios no se agota aquí. Un canecillo con el rostro del demonio, esquemático pero lleno de malignidad, marca el punto donde la construcción del templo hubo de abandonarse, enviándonos el mensaje de que aviesos designios impidieron que la obra culminara. El famoso verso de las Bucólicas de Virgilio «Amor vincit omnia» (el Amor lo puede todo, el Amor vence todo) aparece inscrito y desgastado en uno de los pilares. En otro pilar un nombre femenino -Decia d’Aresa- es acompañado por un «me fecit», «me hizo». Cuarenta y ocho sillares tienen grabada la inscripción ANOLL, que para unos pudo ser el nombre del arquitecto, para otros el de la cantera de donde se trajeron las piedras y para otros más una referencia a los becerros del escudo de los vizcondes de Bearn. En el ábside central por la parte exterior, allá por donde el templo mira a Jerusalén, muchos ven una referencia griálica en la mano divina que sale de entre las nubes y bendice una copa que le presenta un ángel. Este es otro asunto para el debate, porque las tradiciones griálicas primeras son distintas de la leyenda piadosa del Santo Grial que fue asumida luego por la Iglesia. René Guenon, Julius Evola y René Nelli analizaron la tradición griálica originaria y concluyeron que se trató de la expresión literaria de una vía iniciática caballeresca, heterodoxa y secreta. Tanto Evola como Nelli la asociaron a una concepción de la Cristiandad de carácter gibelino, a una espiritualidad de tipo heroico y sapiencial y a una erótica mística con ciertas concomitancias con el tantrismo. «Toda la literatura del Graal», escribió Evola, «se condensa en un periodo relativamente breve: ningún texto parece ser anterior al último cuarto del siglo XII. A partir del primer cuarto del siglo XIII, cesa de golpe, como si mediara una consigna; se deja de hablar del Graal. Sólo después de muchos años, y ya con un espíritu diferente, se volverá a escribir sobre él. Pareciera pues como si en cierto momento una corriente subterránea hubiera aflorado para volver a ocultarse enseguida» (5).

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Tímpano de Santiago de Agüero http://www.arteguias.com

El programa escultórico de Santiago de Agüero remarca el carácter de rey sagrado de Jesús. El infante de estirpe davídica (su madre porta corona) recibe la triple investidura de los Reyes Magos de Oriente que, como señaló Guenon, son una especie de trasunto de los tres jefes de Agartha. «El Mahanga ofrece a Cristo el oro y lo saluda como Rey. El Mahatma le ofrece el incienso y lo saluda como Sacerdote. Y el Brahatma le ofrece la mirra (el bálsamo de incorruptibilidad, imagen de la Amrita) y lo saluda como Maestro espiritual» (6). Esta escena es la que se representa en el tímpano de la puerta. En el interior se encuentran el sueño de los Reyes Magos, la huida a Egipto y la matanza de los inocentes.

En los dos modillones de la entrada una figura masculina con armadura que porta una espada y una maza y otra femenina desnuda con la mano izquierda sobre el plexo solar y la mano derecha alzada salen de la boca de sendas cabezas de león-dragón. Se podría sospechar en estas imágenes un eco a esa «iniciación al Amor y a la Mujer» que René Nelli y Jean Markale estudiaron en el eros caballeresco medieval. El objeto de tal ascesis amorosa era integrar en el guerrero solar la fuerza del principio femenino luminoso a través de una erótica mística que aunaba la pureza y la pasión intensa. La fusión andrógina así conseguida provocaba una exaltación de la potencia interior y una apertura a estados ampliados de conciencia. Esta erótica «muy misteriosa», al decir de René Nelli, «en algunos elementos se parece a la de los trovadores», pero no es la misma, porque excluye el carácter adúltero que tiene esa última. Los reyes y caballeros del Grial deben ser puros «y sólo pueden enamorarse de mujeres elegidas cuyo nombre sea designado por el propio Grial (¿por la propia organización iniciática?). Y deben casarse con ellas» (7).  Como señala Nelli esa unión es más una hierogamia que un matrimonio convencional y en ella el papel central de la mujer es el de inspiradora, compañera y amante del caballero, no el de madre. Es el mismo tipo de unión conyugal que Chrétien de Troyes presentó en Erec y Enid.

La iglesia agüerana tiene mucho más: animales mitológicos o de fuerte carga simbólica, escenas bélicas con combates entre cristianos y musulmanes, damas tocando música o bailando… Mención aparte merece el motivo de la bailarina acróbata, característico de los templos en donde intervino el taller del supuesto Maestro de Agüero. El bailarín acróbata es un símbolo utilizado en muchas tradiciones para expresar el éxtasis a la vez físico y espiritual. La figura en posición invertida significa, además, «la gozosa libertad de aquellos que están eximidos de las condiciones comunes», seres que se atreven a una «reversión del orden establecido, de las posiciones habituales, de las convenciones» no para caer en «una fase regresiva», sino para alcanzar un estado liberador (Chevalier y Gheerbrant).

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Fotografía de Juan Antonio Olañeta

Todo frecuentador de Santiago de Agüero tiene, en fin, su teoría fantasiosa sobre esta iglesia tan singular. Las hay para todos los gustos. Sin embargo, nunca he oído a nadie considerarla el frustrado templo iniciático de una sociedad secreta caballeresca, tal vez fundada por el vizconde Gastón de Bearn. No se dirá que no es un buen argumento para una novela ambientada en la Edad Media ¿no?

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Fotografía de Antonio García Omedes http://www.romanicoaragones.com

NOTAS

(1) Ricardo del Arco: «Informe sobre la inédita iglesia de Santiago en Agüero», Boletín de la Real Academia de la Historia, tomo LXXIV, cuaderno V, mayo de 1919.

(2) Daniel Zabala: “La iglesia de Santiago de Agüero y la Corona de Aragón: Entre luces y sombras”, revista La estela, nº 31, Jaca, invierno 2013-2014, pp. 22-27.

(3) Jean Chevalier,  Alain Gheerbrant: Diccionario de los símbolosEditorial Herder, Barcelona, 1995.

(4) Juan Eduardo Cirlot: Diccionario de símbolosEditorial Labor, Barcelona, 1991.

(5) Julius Evola: «La leyenda del Grial», en Varios: El Graal y la búsqueda iniciática, Monográfico Cielo y Tierra, Barcelona, primavera-verano 1985.

(6) René Guenon: El Rey del Mundo, Luis Cárcamo Editor, Madrid, 1987.

(7) René Nelli: «El Grial en la etnografía», en Varios: El Graal y la búsqueda iniciática, Monográfico Cielo y Tierra, Barcelona, primavera-verano 1985.


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