La Alfranca: un jardín de rocas como camino de transformación

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Lydia Morales Ripalda

La Alfranca es una finca situada en el término municipal de Pastriz, en las inmediaciones de Zaragoza capital, que fue propiedad de los Marqueses de Ayerbe. Aunque en origen fue una gran explotación agropecuaria casi en la misma ribera del Ebro, en el siglo XIX sus dueños la convirtieron en la típica finca de recreo aristocrática y construyeron una mansión de estilo neoclásico rodeada por un gran jardín. La ruina económica de la Casa de Ayerbe hizo que los marqueses perdieran la titularidad de La Alfranca, que pasó entonces a manos de un grupo de bancos y de empresas. Actualmente es propiedad del Gobierno de Aragón y está integrada dentro de la Reserva Natural del Galacho de Pastriz, un meandro abandonado por el río Ebro al modificar su cauce tras una serie de crecidas en los años 40 y 50 del siglo XX. El galacho tiene un interesante bosque de ribera y una rica avifauna, especialmente en las épocas migratorias, ya que el humedal es usado como parada por especies que hacen su viaje entre Europa y África. En la antigua finca nobiliaria aledaña se encuentra el Centro de Interpretación de la reserva, un Museo de la Agricultura, el Centro Internacional del Agua y del Medio Ambiente, un centro de recuperación de aves silvestres, un centro de formación sobre cuestiones medioambientales y un área de servicio para los visitantes. Además de todo lo anterior, en La Alfranca hay un parque ciertamente singular: el Jardín de Rocas.

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Plano del Jardín de Rocas, (La Alfranca, Zaragoza)

El parque se inauguró en 2008 y fue diseñado por el arquitecto Carlos Martín Lamoneda y por Antonio Blasco Sancho, un estudioso de la geometría sagrada. Es un área de tres hectáreas y media que está al final de la vía verde de 16 kilómetros que une Zaragoza y La Alfranca. El arquitecto recibió del Gobierno de Aragón el encargo de crear un jardín de rocas en el que se integrara el espacio de un viejo laberinto del siglo XIX cuya existencia se conocía por planos antiguos, pero del que no quedaba nada. Martín Lamoneda acababa de hacer un curso sobre crómlech y laberintos en el Neolítico y en la cultura celta y eso encendió la bombilla de su ingenio. Estas estructuras circulares de piedra, emplazadas en lugares de poderosas energías telúricas, se usaban en aquellos lejanos tiempos como espacios sagrados. Y al arquitecto se le ocurrió la idea de emular a los remotos constructores de megalitos y diseñar el parque como «un espacio sagrado a través de los crómlech y de la geometría». Al ponerse a trabajar con su equipo y con Blasco Sancho la idea inicial se enriqueció y decidieron integrar los círculos de piedras en un enorme Juego de la Oca, que es lo que acabó siendo el parque. Partían del supuesto de que el tablero de la Oca es un juego, pero también mucho más que un juego. Fue Fulcanelli el primero que señaló una interpretación esotérica del tablero de la Oca, en el que se escondían, a su parecer, los principales jalones del camino de los alquimistas hasta la consecución de la Gran Obra. A partir de ahí otros autores vieron el origen del juego en el Camino de Santiago medieval, donde pudo aparecer como una especie de mapa en clave de un itinerario iniciático que seguían los gremios de constructores y las órdenes militares, en especial Los Templarios. Según esta hipótesis, el juego describía en su origen los jalones de un camino de transformación (con sus extravíos, retrocesos y fracasos) puestos en relación con ciertos lugares del Camino, adecuados por su energía y su programa simbólico, para trabajar esos jalones o purgar esos extravíos. Los diseñadores del Jardín de Rocas intentaron de modo deliberado reproducir este supuesto significado del tablero de la Oca en su parque.«El Juego de la Oca vincula lo sagrado, lo iniciático y lo lúdico», en palabras del arquitecto Martín Lamoneda[1].

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El crómlech de sal gema y la Torre, punto final del itinerario.

La mayoría de los visitantes del lugar, por supuesto, permanecen ajenos a este significado más profundo del parque. Sólo ven su aspecto lúdico (el diseño que reproduce un juego popular) y como mucho su interés geológico, que es lo que destacan los carteles interpretativos que se encuentran en este espacio. Y es que el parque es también una especie de catálogo de los tipos de rocas más habituales en las tierras de Aragón. Ofitas, cuarcitas, granitos, calizas blancas, negras y grises, areniscas rojas y cuarcititas, carbones, alabastros, cantos rodados y sales gemas se utilizan para componer los catorce grandes crómlech del jardín. Pero la intención de quienes diseñaron el parque iba más allá de este paisajismo descriptivo, si bien no se lo explicaron a la institución contratante en ningún momento. «El Gobierno de Aragón a día de hoy todavía no sabe nada de estas cosas­», aseguraron en una entrevista concedida en 2010. «El jardín contiene una doble información». Los diseñadores admitían abiertamente que el jardín fue concebido «como un espacio de transformación», dotándolo de un significado esotérico que en el despacho de la Administración de turno ni sospechaban. Es un hecho significativo que llama a la reflexión. Y es que en este proyecto concreto la intención fue benéfica, pero también podría haber sido todo lo contrario, y en ese caso nos encontraríamos con una obra pública cuyo significado profundo tendría un carácter siniestro. En cualquier caso, el nivel básico de información, que es el que capta «la persona no experta», es el de un parque de rocas de Aragón que reproduce en su diseño un juego popular. Pero el segundo nivel de interpretación es que «el parque entero es un mandala», como dicen sus diseñadores, una suerte de diagrama místico que oculta un mensaje esotérico. «Cada tipo de piedra está en un sitio dentro del gran mandala y, por tanto, tiene un tipo de energía concreto respecto al mandala grande. En cada espacio se generan energías diferentes a través de la geometría y de lo que sale del suelo». En el diseño colaboraron «radiestesistas expertos» que analizaron el terreno y determinaron «sus corrientes telúricas, sus corrientes de agua subterránea, sus vórtices, las redes energéticas…». Con ese conocimiento previo del lugar se podía crear un espacio sagrado «por medio de la geometría y la intención», o sea, operando como lo hacían los constructores sacros antiguos. «Cuando se proyecta con una intención, de alguna forma la geometría absorbe ese estado mental y lo hace realidad en el espacio vibratorio»

¿A quién puede interesar el parque en su segundo nivel de significación?  Puesto que esa segunda línea interpretativa juega con el supuesto de que existen energías que emanan de la Tierra, que personas con cierto conocimiento e intuición sensitiva pueden percibirlas y hasta catalogarlas y que esas energías adquieren una cualidad e intensidad especiales por efecto de una geometría constructiva y de una intención o dedicación (recordemos que esas eran las bases de la arquitectura sagrada en las culturas tradicionales), dicha línea de interpretación sólo interpelará a los visitantes con la flexibilidad mental suficiente como para no rechazar de entrada este supuesto.

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Laberinto del Jardín de Rocas

¿Cuáles son los elementos del parque con mayor potencial interpretativo? El primero, evidentemente, el jardín en sí, como totalidad. No tenemos que elucubrar al respecto de su significado, puesto que los propios diseñadores lo han dicho: representa el itinerario iniciático, de transformación, que supuestamente se oculta en el Juego de la Oca. La oca tiene diversos significados simbólicos, pero uno de ellos es la Sabiduría, que es el aspecto femenino de la iluminación (el masculino sería el conocimiento eminente). En el juego las catorce ocas representarían los catorce jalones del itinerario de transformación que llevan al buscador hasta las bodas alquímicas con la Sabiduría. En el jardín cada oca, cada jalón, es un círculo de piedra. Por lógica, y puesto que se trata de un camino ascendente, si el itinerario está bien diseñado la potencia vibratoria de los crómlech, su energía, tendría que ir de menos a más desde el primero hasta el último. No conozco de nada a los diseñadores del parque y no he recurrido a ninguno de esos innominados «radiestesistas expertos» que ellos utilizaron. Las observaciones que siguen, por tanto, son de mi entera cosecha. Los errores que pudiera haber en ellas, también.

Efectivamente, los crómlech y la torre son los lugares más potentes del recorrido y la energía va en aumento desde el primero hasta el último. Dejando al margen unidades radiestésicas, si usamos una escala imaginaria que otorgue al primer círculo una fuerza 1, el segundo tendrá una fuerza 4, el tercero 7 y así sucesivamente. Configuran un camino de espacios “sagrados” de potencia creciente que ya no operan sólo sobre el cuerpo físico, sino también sobre la corporeidad sutil (los diseñadores decían que «puedes sentir la activación de algún chakra») y sobre la mente, calmándola, sosegándola, vaciándola y aumentando su  agudeza. Los círculos están unidos por senderos. Tienen una energía neutra y representan el recorrido ascético que llevará a la transformación. En los senderos hay unas losas que reproducen las casillas del tablero de la Oca y que representan los trabajos interiores que hay que realizar entre jalón y jalón del camino. Estas losas están sobre vórtices de energía de pequeña intensidad que tienen un efecto revitalizador o depurativo.

El puente que permite pasar de la casilla 6 a la 12 tiene un nivel energético superior al sendero, pero ligeramente inferior a las casillas. En el itinerario es un atajo que permite saltarse el tercer jalón y cinco tareas. Puesto que las aguas son en todas las culturas el símbolo del inconsciente y de las potencialidades de la intuición, el puente que cruza sobre las mismas indica que el caminante ya ha desarrollado en cierta medida un forma de comprensión intuitiva y es capaz de reconocer la dinámica del inconsciente y embridarla, ligándola con su vida consciente. Por eso puede permitirse obviar el tercer jalón del camino.

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La Posada (círculo pequeño) entre los jalones quinto y sexto del camino

La posada es un círculo de madera más pequeño y representa la pausa para el reposo y el descanso. Tiene un nivel energético superior a las casillas del camino, pero inferior al del primer crómlech. No es un jalón del camino, sino una detención en el mismo para tomar fuerzas. Este punto es el apropiado para que el caminante descanse y deje en reposo la actividad mental.

Los dados aparecen dos veces en el itinerario. Representan esas intervenciones inesperadas de la fortuna, el destino o la providencia -a criterio de cada cual- que ocurren en el camino de todo buscador, independientemente de sus méritos o deméritos. Favorables o adversas, esas intervenciones repentinas hacen retroceder o avanzar en el camino de transformación sin aparente relación con los merecimientos personales. Le recuerdan al buscador las limitaciones del ser humano, sujeto a un engranaje cósmico que le supera.

El laberinto es, sin duda, uno de los elementos más destacados del itinerario. Construido en el lugar donde estuvo el laberinto que aparecía en los planos de la finca del siglo XIX, los propios diseñadores consideran que es «algo muy importante en este parque, porque se trata de un laberinto de sanación». Ellos mismos proponen una forma de recorrerlo: en soledad, despacio y cuando se noten «momentos de cierta densidad, como que el cuerpo pide parar, detenerse ahí para armonizarse». En su único ramal sin salida se concentra el punto de baja energía que tenían todos los laberintos antiguos. Simbólicamente, el laberinto es también una imagen del paso de la exterioridad a la interioridad, de un desplazamiento de la conciencia «de los mil caminos de las sensaciones, emociones y opiniones al centro de la intuición pura y de la luz espiritual»[2]. Cuando se recorre una estructura laberíntica de un modo lento y consciente, en efecto  puede estimularse ese desplazamiento.

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El Pozo seco en primer plano y el sendero descendente que lleva hasta él

De sentido contrario al laberinto son los elementos tenebrosos que hay en el itinerario. El primero en aparecer es el Pozo seco, con una energía de muy baja densidad que se percibe ya en el tramo de sendero descendente que conduce a él. Es imagen de uno de los extravíos típicos del camino de transformación: la acedia. Se trata de un estado de sequedad y hundimiento interior, de tristeza indefinida, de ansiedad difusa que impide sosegarse y fluir. El siguiente, inmediatamente después del laberinto, es el Círculo de carbón negro, un elemento que no tiene paralelismo en el Juego de la Oca. ¿Por qué los diseñadores lo añadieron al itinerario? No lo sé, pero tal vez fue para aprovechar un punto de telurismo denso que estaba en el terreno y que les “sobraba”. Su energía es de baja densidad en todo él, salvo en el vórtice de su centro, situado en el sendero limpio que cruza el círculo. La elección simbólica de la roca es coherente. El carbón es símbolo del fuego escondido de las pasiones y su carácter ambivalente: negro y frío, representa las pasiones que matan el espíritu por su naturaleza disipada, incontrolada o pervertida; como carbón ardiente (el centro del círculo), representa las pasiones positivamente encauzadas, un fuego interior que calienta y vivifica tanto el cuerpo como el espíritu. El tercer elemento tenebroso es la Cárcel. El nivel energético de este espacio es muy bajo, especialmente en el centro. Simboliza un estado en el que, por una vida de transgresión del orden natural o moral, se ha perdido la libertad de continuar el camino de transformación y hay que detenerse para hacer penitencia, purgar las faltas y enmendarse. En el itinerario será el punto de detención para quienes se encuentren en esta situación interior. Por último el punto de la Muerte, entre dos menhires, tiene un bajísimo nivel energético determinado por el agresivo telurismo del lugar (cruce de líneas telúricas, corrientes de agua, una falla…). Es un punto genuinamente “muerto” que evoca sensaciones de angustia y de miedo ante la destrucción del yo o de sus circunstancias. Es un punto final, cierto, pero en el simbolismo esa destrucción es ambivalente. «Si el ser a quien alcanza no vive más que en el nivel material o bestial, cae en los infiernos. Si por el contrario, vive en el nivel espiritual, la muerte le desvela campos de luz», explican Chevalier y Gheerbrant. En un itinerario de transformación ese estadio del camino significará el final para quienes hayan llegado hasta allí sin la pureza interior obligada (tendrán que volver al principio, como en el juego, y  no podrán dar un paso más). Para quienes hayan llegado con la claridad requerida, en cambio, el punto representa, no un final, sino un tránsito: el de la muerte iniciática y el segundo nacimiento. Se trata de un cambio profundo en el nivel de conciencia que supone la muerte definitiva a la vida profana, convencional. A partir de ahí, se puede entrar en la última fase del camino.

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El círculo de carbón

El penúltimo elemento con potencial interpretativo en el recorrido del jardín es la Torre que culmina el itinerario, con su escalera de caracol. Es la residencia de la Gran Oca, de la Sabiduría. Símbolo ascensorial por excelencia, la verticalidad de la torre expresa la idea de la comunicación de doble sentido (de arriba abajo, de abajo arriba) entre diversos niveles: las energías telúricas y las cósmicas, la materia y el espíritu, lo humano y lo divino. En cuanto a la escalera «designa no sólo la ascensión en el conocimiento, sino una elevación integrada de todo el ser», señalan Chevalier y Gheerbrant. Cuando tiene forma espiraloide, como aquí, remarca que esa ascensión necesariamente gira en torno a un eje: Dios, una enseñanza iniciática, un arte sacra, un erótica mística que sutura la escisión polar o varias de estas cosas a la vez.

Sólo cuando sube por la escalera y se acerca a lo alto de la torre el caminante descubre el elemento final, la pata de oca dibujada en un círculo de hierba, que no ve durante el itinerario. Es el símbolo del adepto de la vía iniciática, esto es, del propio caminante que ha completado el camino de transformación.

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En el centro de la imagen el símbolo de la pata de oca

Imágenes a partir de la grabación con un drone X5C de Antonio Lacueva. Vídeo completo en el enlace.

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NOTAS

[1] «El Jardín de las Rocas: Entrevista a Carlos Martín y Antonio Blasco», Athanor, nº 80, Abril 2010, pp. 78-83.

[2] Jean Chevalier & Alain Gheerbrant: Diccionario de los símbolos, Herder, Barcelona, 1995.

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